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Retratos urbanos

Una vieja solitaria en tacataca

Reside en Alicante desde hace 13 años. Pasea por el centro con su tacataca en busca de cuatro perras. Viuda desde hace años, ocupa un pequeño piso y no quiere asistencia de servicios sociales

Una vieja solitaria en tacataca

Una vieja solitaria en tacataca

Luisa Iglesias Pérez tiene 78 años. Vive sola en un pequeño piso de la calle San Leandro desde 2005, en las inmediaciones de la Plaza de España. Pese a estar impedida por sus maltrechas caderas, forma parte del paisaje urbano de Alicante. Dos veces fue intervenida en el Hospital Clínico Universitario de Sant Joan para que le implantasen prótesis en sus ancas. Se desplaza en andador por la ciudad, preferentemente por Calderón de la Barca, La Rambla, Alfonso X El Sabio, la Plaza del Ayuntamiento y la zona portuaria. Raro es el día que se ausenta de las calles.

Nació en Oviedo. Su infancia y su juventud trascurrieron en la aldea de Brieves, perteneciente a la parroquia de Trevías, en el Principado de Asturias. Pocos estudios y mucha faena en la finca familiar con cuatro vacas y plantaciones de patatas y maíz. Ya crecida trabajó como empleada de hogar para varias familias asturianas. Se casó y lleva viuda toda la vida. El matrimonio no tuvo hijos.

Se resiste a recibir ayudas sociales ni a internarse en asilos o residencias de la tercera edad. Paga 250 euros de alquiler y cobra mensualmente 600 euros de pensión de viudedad. Vive como puede, con lo justo. Siempre come y cena en casa. Guisa y asea el hogar. Cuando puede alquila la habitación que le sobra a cualquier transeúnte que busca techo humilde en la urbe lucentina. No tiene televisor ni radio. Tiene miedo a que le roben, pues, según dice, en la zona en la que reside es frecuentada por «gente complicada». No quiere líos.

Para llegar a fin de mes, la mujer estaciona su tacatá junto a cualquier banquillo o escalinata y saca al público un cartón que se encontró tirado en una esquina en el que pide ayuda a vecinos y viandantes. En la cesta del carrito, lleva varias bolsas de plástico bien plegadas por lo que pueda llegar o caer durante la jornada. Luisa es una mujer tan aseada como presumida: lleva una bolsa de pinturas que abre de rato en rato para cubrir de carmín sus labios y marcar sus pestañas con rímel espejo en mano. Apenas recibe propinas. Antes dice que obtenía hasta diez euros al día. Ahora muy poco. Sus jornadas empiezan a las ocho de la mañana y acaban al mediodía. Sólo sale de tarde si el tiempo acompaña. No sabe por qué se estableció en Alicante. Recuerda viajes de vacaciones desde Asturias. Lo cierto es que Luisa Vivió varios meses en la ciudad en 2001. Marchó no recuerda dónde. Y regresó. Desde hace 13 años es una alicantina más.

Independiente y segura, Luisa intenta no pensar más allá de cada despertar. Es una vieja solitaria.

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