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Razones para un pesimismo moderado

RAZONES PARA UN PESIMISMO MODERADO

RAZONES PARA UN PESIMISMO MODERADO

Si hace unas semanas apunté varias razones para un optimismo inteligente respecto a nuestra situación económica, hoy toca destacar la parte medio vacía de la botella, que también la hay. Empezando porque crecen las voces que posponen la recuperación al año que viene, a la vista de la más que probable cuarta ola de la pandemia, de los retrasos ya evidentes en la vacunación y de la lentitud con que se gestionan desde Europa los fondos Next Generation, en los que tantas esperanzas habíamos depositado y de los que recibiremos este año mucho menos de lo que figura en Presupuestos. Veremos un repunte del PIB en el segundo semestre, dependiendo de cómo se gestione el pasaporte sanitario, pero habrá que esperar a 2022 para poder hablar de una verdadera recuperación económica que, en ningún caso, nos devolverá al PIB de 2019 hasta finales de 2023. Esta perspectiva lleva a los expertos de Crédito y Caución a anticipar un fuerte incremento de las quiebras empresariales que podrían aumentar en España hasta un 49% si se suspenden las normas y ayudas extraordinarias puestas en marcha durante la pandemia.

El aumento de la desigualdad y la pobreza es otra herencia negativa. Asociado a la crisis, la renta media disponible de las familias ha experimentado una caída del 3,3%, la mayor en cincuenta años. Y, a pesar de las medidas excepcionales como los ERTE, los ocupados han caído en más de 200.000 personas y el paro registrado ha vuelto a superar los cuatro millones de personas. Con ello, nuestras familias han visto agrandarse la diferencia entre aquellos cuyos ingresos han mermado llevándoles, incluso, a incrementar las llamadas colas del hambre a pesar del Ingreso Mínimo Vital puesto en marcha por el Gobierno y, por otra parte, aquellos otros que han mantenido los ingresos y, ante la caída del consumo por razones sanitarias, han visto cómo sus ahorros ascendían hasta casi un 15% de la renta disponible, récord histórico en nuestro país.

Estos segundos están mejor preparados para apuntarse antes a la recuperación mientras los primeros deberán esperar hasta encontrar una posición competitiva en un mercado laboral cambiante. A pesar de los esfuerzos gubernamentales, se está quedando mucha gente atrás, sin más red de seguridad que la representada por las ONG. Por el lado de las empresas, constatar que las únicas que han creado empleo en esta coyuntura han sido las grandes (más de 250 trabajadores) que son las menos numerosas dentro de nuestro océano de pequeñas y medianas empresas, que es donde se concentra lo más débil de nuestro tejido productivo.

La cara B de las imprescindibles ayudas públicas a empresas y familias para hacer frente a la grave situación provocada por la pandemia ha sido un fuerte aumento del déficit público que, al cierre de 2020, ha alcanzado el equivalente al 11% del PIB. Este dato, en sí mismo, no debería preocuparnos por ser la consecuencia lógica de toda crisis. En esta, hemos tenido una caída de ingresos públicos en 25.000 millones de euros y subida del gasto en 53.000 millones de euros, un 85% de los cuales corresponde al esfuerzo extraordinario realizado por el covid. Y tampoco debería agobiarnos en la medida en que la Unión Europea ha suspendido la aplicación de sus reglas de control presupuestario hasta 2023, precisamente como consecuencia de lo excepcional del momento. ¿Por qué lo pongo, pues, en esta lista de razones? Porque casi la mitad de ese déficit es estructural, fruto de nuevas medidas de gasto aprobadas que continuarán más allá de la pandemia y, por ello, el descuadre de las cuentas públicas no se recuperará con el ciclo, solo con el regreso del crecimiento económico.

Antes de finalizar la legislatura deberán adoptarse medidas estructurales para incrementar ingresos y/o ajustes permanentes (recortes) en los gastos, para ir reconduciendo el déficit por debajo del 3% establecido. El gobernador del Banco de España ya ha señalado este asunto, cuya materialización se complica con la actual correlación de fuerzas parlamentarias y el contexto de creciente confrontación, el menos propicio para abordar este tipo de tareas. Recordemos que una eventual indisciplina en este asunto podría llevar aparejada una congelación de los fondos europeos para la recuperación, que, por cierto, también están supeditados al cumplimiento satisfactorio de un extenso campo de reformas de las que, todavía, apenas si sabemos nada.

Como en todo proceso de crisis, el endeudamiento es motivo de preocupación. La deuda pública ha ascendido hasta el 120% de un PIB disminuido, pero todavía mayor es la deuda privada (empresas y familias) que supera el equivalente a 143% del PIB, con un fuerte ascenso en la deuda empresarial parcialmente avalada por el ICO. Es cierto que vivimos tiempos de tipos de interés bajos y que la política monetaria expansionista del BCE implica que un tercio de toda nuestra deuda pública está en sus manos y que la mitad de las nuevas emisiones realizadas por el Tesoro lo han sido a tipos de interés negativos. Pero esas condiciones pueden cambiar. De hecho, empiezan a sonar tambores de alarma sobre un probable repunte de la inflación que obligue a los bancos centrales a endurecer sus condiciones de financiación. Mientras tanto, la partida presupuestaria de pago por intereses de la deuda está muy por debajo, en términos de PIB, de otros momentos recientes, con menor volumen de deuda, pero con mayores tipos de interés.

No obstante, el principal argumento para abonar un cierto pesimismo económico estaría situado en el clima de cisma político y confrontación identitaria irredenta en el que nos movemos. La lucha política ha cogido vuelo propio, endógeno, al margen de las necesidades del país y de sus ciudadanos/votantes. La política, moviéndose entre el marketing y un guion de serie televisiva, ha dejado de ser un instrumento para resolver problemas de los ciudadanos desde posiciones ideológicas diferentes, para pasar a ser un fin en sí misma, que utiliza los problemas existentes, no para resolverlos, sino para intentar ganarle la posición al adversario, convertido en enemigo, en una especie de absurdo juego de rol.

Ningún gobierno en solitario, aunque tuviera mayoría absoluta, puede hacer frente a las dificultades presentes y futuras. Las brechas reales abiertas en el país, y que la pandemia solo ha agudizado y precipitado, requieren para su solución un esfuerzo duradero de consenso transversal reformista mirando al futuro y un clima alejado de la actual confrontación sistemática que fortalece a los extremos, a aquellos que solo buscan culpables en lugar de soluciones. Este ambiente político, a veces irrespirable, nos debilita como sociedad y es el principal obstáculo para recuperar la confianza en nuestra capacidad de salir de esta. ¿Quién le pondrá el cascabel a ese gato?

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