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Todo empezó por un abuso en su hipoteca

Patricia Suárez se hizo conocida en las redes sociales por su nickname Wonder Woman, que le viene de un disfraz que tenía de niña cuando vivía en México

Patricia Suárez, presidenta de Asufin. | Foto cedida

Patricia Suárez, presidenta de Asufin. | Foto cedida

La dedicación profesional nace muchas veces de la vocación, pero en ocasiones surge también de un desagradable giro del destino. Ese es el caso de Patricia Suárez (Madrid, 1973), a quien un conflicto con Bankinter por su hipoteca le llevó a crear en 2009 y presidir desde entonces la Asociación de Usuarios Financieros, Asufin, a la que este lunes el Banco de España y la CNMV premiarán por su promoción de la educación financiera. «Estaba muy indignada porque sentía que el sistema había permitido que el banco me robase y que las autoridades te decían que tal vez tenías razón, pero que deberías haberte leído el contrato y que si no estabas de acuerdo acudieses a los tribunales», rememora.

Para entenderla bien, hay que rebobinar unos años. Entre 1982 y 1992, Suárez vivió en Ciudad de México. «Cuando vives fuera de tu país una década, lo idealizas. Yo venía de un sistema muy corrupto y pensaba que en España el Estado funciona y te protege. Y que las víctimas de injusticias tienen vías efectivas para reclamar. Me dije: yo no he venido a este país para esto, y me indigné todavía más», relata.

Tras regresar a Europa, Suárez trabajó de au pair en Londres y posteriormente se licenció en Filología inglesa y alemana como primera de su promoción. Para independizarse, entró como becaria en una empresa que construía casas para alemanes en Mallorca, en la que acabó siendo secretaria de uno de los socios, que le encargó que crease una página web. Ahí se abrió un nuevo mundo: «Una buena secretaria no tiene precio, pero es un trabajo muy esclavo. Decidí hacer un máster de diseño gráfico, me hice freelance y me fue bien, y además pude tener a mis dos hijos y conciliar. Fue una época muy buena».

Con su carrera y su vida personal encaminada, decidió comprarse una casa en 2004. Y comenzaron los problemas. Para que no cambiara su hipoteca a otro banco, Bankinter le ofreció pocos años después que contratase un clip, un producto financiero complejo que los bancos comercializaron como una especie de seguro para cubrirse ante subidas de tipos. El problema fue que la crisis que se inició en 2008 hundió los tipos, con lo que el supuestamente beneficioso seguro empezó a costar cantidades inasumibles a los hipotecados.

«Hay tres tipos de afectados: los que lo dan todo por perdido; los que ceden el trabajo a otro, sea un abogado o una asociación; y los que se obsesionan por la rabia. Yo pasé una fase de esto último», recuerda.

Desde un foro de internet

A través de un foro de internet, comprobó que su caso no era único y empezó a liderar de forma natural a un grupo de unas 700 víctimas. Los grandes despachos de abogados -con los que pudo contactar por las conexiones de su marido, catedrático de Derecho Administrativo- rechazaron representarles: «Nos dijeron que teníamos más razón que un santo, pero que tenían a los bancos como clientes».

Las dos grandes asociaciones de consumidores financieros de la época -Ausbanc (disuelta en 2016 tras la detención de su líder, Luis Pineda, recientemente condenado a ocho años de cárcel por estafa y extorsión) y Adicae- no les dieron buena espina, así que decidieron crear la suya propia.

«Nos definimos un poco como los adolescentes: no por lo que queríamos hacer, sino por lo que no nos gustaba de nuestros padres», explica. Al contrario que otras organizaciones, así, Asufin ofrece públicamente una base de datos con más de 8.000 sentencias, que ha comprobado que consultan afectados y sus abogados, pero también los grandes despachos, jueces y fiscales: «Lo que quería era resarcirme de todos los bancos, no solo de Bankinter. Lo importante era que los consumidores vieran que nos estaban dando la razón y que hubiera cuantas más reclamaciones mejor, daba igual que fuera a través de nosotros o no». Además, Ausfin pública sus cuentas auditadas en la web y el sueldo de sus directivos empleados (incluido el suyo: unos 70.000 euros).

La asociación fue creciendo, atendiendo conflictos en otros productos bancarios con miles de afectados, y de ahí dio el salto a la promoción de los conocimientos financieros, el área que le ha valido el reconocimiento de los supervisores. «Al principio veía la formación financiera con suspicacia porque pensaba que implícitamente culpaba a los afectados de falta de conocimientos, pero una amiga médica me dijo que un paciente informado es mejor paciente y me cambió. Ahora bien, la educación financiera no puede ir sola, tiene que ir acompañada de normas de protección al consumidor muy fuertes y de mecanismos realmente disuasorios para las empresas», exige.

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