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Contracrónica

El brazalete de capitán no es una tela

Gonzalo Verdú fue el triste protagonista del partido contra el Levante por su error que costó el 1-1. Su responsabilidad ahora es levantarse y ejercer de lo que es, un auténtico líder

EL BRAZALETE DE CAPITÁN NO ES UNA TELA

Gonzalo Verdú cometió ayer un flagrante error en el partido contra el Levante. Un fallo que seguramente le quitó alguna hora de sueño esta noche. Una pifia que posiblemente costó dos puntos, aunque vaya usted a saber qué hubiera ocurrido si ese balón, aparentemente fácil, que llegaba a los pies del capitán franjiverde en el minuto 55, hubiera sido controlado y abierto hacia la banda derecha, como parecía ser su idea inicial. Jugar a rehacer un partido con la mitad de tiempo por delante solo por una acción es básicamente eso, un juego. O, para quien crea en ello, brujería.

Lo físico, lo palpable, lo real son los últimos cuatro años de Gonzalo Verdú. Aquí hay dos opciones, matar al jugador por un error o por un irregular inicio de temporada (cinco amarillas en cinco partidos hay que reconocer que no es casualidad) u otear el horizonte y darse cuenta el camino que, de la mano del cartagenero, ha recorrido la afición del Elche desde el verano de 2017, cuando su actual capitán llegó a un club hundido deportivamente en Segunda División B y totalmente fragmentado socialmente.

El brazalete de capitán es algo más que una tela con el escudo del club o los colores de una ciudad o un país. Ese pequeño trozo de tejido es un lienzo simbólico cuyo valor no reside ni en saludar al árbitro en el sorteo inicial ni en hacerse fotos a la hora de levantar un trofeo. Ese brazalete se dignifica en los peores momentos. Cuando tu equipo está al límite del descenso a Segunda. Cuando tus compañeros tienen el miedo que todos hemos tenido en plena pandemia. Cuando tus amigos pasan por un mal momento. Y, también, cuando tú cometes un error de bulto que eres el primero en asumir.

No hace falta pedir perdón porque no hay nada por lo que pedir perdón. El ejemplo de Verdú en su etapa como franjiverde está por encima de este fallo y de los que estén por venir. Pocos futbolistas habrán ofrecido el rendimiento que él ha dado a un coste tan bajo. El capitán del Elche sufre en Primera División, sí. Pero una cosa parece segura. No va a bajar los brazos. No se va a rendir. Porque el brazalete que lleva en su brazo izquierdo no es una simple tela. Es una responsabilidad. Y la responsabilidad de un capitán es ser el primero en levantarse cuando se produce un error como el de esta jornada contra el Levante.

Kiko Casilla se postula para la canonización

Errores que vienen y van. Por lo que ahora pasa Verdú antes pasó Kiko Casilla, tras su tremenda pifia contra el Atlético de Madrid en el Wanda Metropolitano. Sorprendió por la talla del portero y las características que se le presuponían. Desde entonces, el catalán ha ido a más. Y contra el Levante se redimió por completo de aquella cruz que cargaba desde la jornada 2.

La doctrina católica exige dos milagros para realizar una canonización. Ayer Kiko anduvo cerca de ellos, desde luego. Cierto es que en el fútbol la exigencia suele ser mayor. Hay santos a los que se les ha exigido firmar milagros casi cada semana durante dos décadas de carrera. Casilla vivió a la sombra del más reconocido, de apellido casi homónimo al suyo. Cuando aterrizó en Elche este verano se encontró como compañero de otro. Un Edgar Badia que había sido relegado a la suplencia en el tramo final del curso anterior, pero cuyas actuaciones permanecían en la retina del aficionado franjiverde.

Acostumbrado a manejarse entre lo terrenal y lo paranormal, Kiko Casilla asumió el reto de defender la portería del Elche sabiendo que desde fuera le iban a examinar con lupa y que, a la mínima, se iba a reclamar la figura de San Edgar. Pasó en Madrid, pero no hubo cambio. Y, ante el Levante, ofreció su primer recital. Fue el único capaz de desesperar al Comandante Morales (si me lo permiten, el futbolista más infravalorado de España en los últimos años), con dos paradas espectaculares. Si el Elche sumó un punto fue gracias a Kiko.

Lucas y Pipa, cara y cruz

Sin Boyé, Fran Escribá dio galones a la delantera más cara que el Elche haya podido tener en su historia. Por Lucas Pérez se pagaron 20 millones de euros en su momento. Por Benedetto, 15. Mucha pasta sobre la mesa. Mucha ilusión por delante para un franjiverdismo que venía de un curso como el pasado, con escasa pólvora arriba.

Cosas del fútbol, los dos delanteros titulares contra el Levante mostraron las dos caras de algo que lleva ocurriendo en el fútbol desde que los primeros ingleses se juntaron para marcarse goles entre ellos: las rachas ante el gol. A Lucas Pérez le entra todo. A Benedetto no le sale casi nada.

Del gallego se sabía que tenía calidad, gol y diversidad de movimientos, sobre todo con espacios. Y que si es feliz se puede hinchar. De momento lo es. Que dure. Con el argentino se vivió un culebrón veraniego hasta desembocar en un fichaje de los de antes, anunciado casi de madrugada. No está bien, pero la competencia que hay debería ser el mejor acicate para ofrecer una versión, al menos, válida para este Elche. Si el Pipa se duerme, Boyé, Lucas y los demás le van a comer la tostada.

Media hora de música clásica

Debutó Pastore, treinta minutos. Hay ilusión y va a ser necesaria paciencia. En primer lugar porque «El Flaco» lleva tiempo sin disfrutar del fútbol. El primer objetivo debe ser ese mismo. Entre todos, conseguir que vuelva a disfrutar de su pasión.

Cuando se cumpla ese objetivo, Escribá ya dejó entrever ayer que será necesaria paciencia. Pastore no es el típico jugador que se gane a la grada con una carrera o una patada. No es un tribunero ni pintor de brocha gorda. No es «rock and roll». Pastore es música clásica. Habrá que sentarse, darle libertad y disfrutar de su arte.

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