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Dentro del Partido Comunista

Una élite política china masculina sin apenas cuadros femeninos

No hay ninguna mujer en el comité central y solo una entre los 25 miembros del Politburó

Una imagen de Xi Jinping en el museo del Partido Comunista en China.

En la Asamblea Nacional Popular, la sesión parlamentaria anual que los chinos desdeñan como “el gran salón del té”, cuesta ver a más mujeres que las azafatas que llenan las tazas. Desde aquella reunión seminal en Shanghái un siglo atrás con una docena de hombres mucho ha cambiado el Partido Comunista. Ha pasado de la clandestinidad a los mármoles del Gran Palacio del Pueblo y ha dinamitado dogmas reconociendo el derecho a la propiedad o abrazando el eufemístico socialismo con características chinas. Persiste, sin embargo, un techo de cristal para las mujeres.

La invisibilidad de la mujer en la élite política contrasta con sus conquistas en el resto de órdenes sociales y económicos. También con el vecindario: en Hong Kong manda Carrie LamTsai Ing-wen preside Taiwán e incluso Corea del Sur, con más deberes pendientes que China en la igualdad de la mujer, tuvo años atrás a Park Geun-hye. Sólo Japón, epítome del más mohoso patriarcado, exhibe un cuadro tan desolador.

Nunca ha tenido China una secretaria general del partido ni se la espera. Tampoco ha habido mujeres en el Comité Permanente, el órgano que pilota el país y hoy cuenta con siete miembros. Y hay una, Sun Chunlan, entre los 25 integrantes del actual Politburó. Chun, de 71 años, lidera el departamento propagandístico que extiende la influencia del partido. No es una misión despreciable pero tampoco nuclear. A Sun la acompañaba Liu Yandong hasta que se jubiló en el anterior congreso del partido.

Las había precedido Wu Yuan, con el previsible apodo de “mujer de hierro”, a la que igual se la encomendaba que engrasara la entrada en la Organización Mundial del Comercio o resolviera crisis como la epidemia del SARS o la leche contaminada con melanina. Hay que retroceder a la convulsa Revolución Cultural para consignar más mujeres en el Politburó. Fueron Jiang Qing, Deng Yingchao y Ye Qun, ahí colocadas por el libro de familia. Eran las esposas del presidente Mao Zedong, el primer ministro Zhou Enlai y el viceprimer ministro Lin Biao. 

Reclutamiento principalmente masculino

El desequilibrio empieza en el reclutamiento. Sólo el 28% de los 91 millones de miembros del partido son mujeres. En los niveles más bajos de gestión, barrios y pueblos, mantienen una presencia aceptable del 37,%, pero su huella languidece a medida que sube la escalera. En los niveles municipales y provinciales ya no alcanzan el 10% que prevén las cuotas. Es un impedimento insalvable en China, donde los presidentes no surgen de elecciones, sino de carreras a fuego lento. La conquista del podio pasa por haber ejercido de gobernador secretario del partido en una provincia y sólo dos de esas posiciones son ocupadas hoy por mujeres.

“A las mujeres en política se les ha dado tradicionalmente tareas consideradas de mujeres como la planificación familiar para ejecutar la política del hijo único, lo que las ha convertido en impopulares. También se les encomiendan políticas blandas como la educación pero no áreas relevantes como la economía. Se entiende que su rol es el de cuidar de la familia y educar a los hijos, por eso hay distinción tradicional entre las que sirven dentro (el término chino “nei”) y las que lo hacen fuera (“wai”)”, señala Stanley Rosen, profesor de Ciencia Política en el Instituto Estados Unidos-China de la Universidad de South Carolina. La falta de experiencia en niveles altos de gestión y áreas sensibles penaliza sus currículums cuando se reparten los puestos de poder.

La memoria también confabula contra las mujeres. Nadie guarda un buen recuerdo de Cixi, la última emperatriz, tan cruel como errática, y mucho menos de Jiang Qing, la última esposa de Mao. A la Banda de los Cuatro que lideró Jiang se la responsabiliza de los desmanes de aquella Revolución Cultural que persiste como un trauma en la psique nacional. En su juicio televisado vieron los chinos a una mujer desafiante, testaruda y orgullosa, en las antípodas de la tradición confuciana. Una mujer con poder, sienta el dicho, es como “una gallina cacareando al alba”. Ese viejo augurio de inminentes desastres sigue vigente en el supersticioso pueblo chino y explica la falta de presión social para arreglar el cuadro.

La doctrina revolucionaria sienta la igualdad de géneros como prioritaria y una revisión constitucional de 1982 exigía “prestar más atención a la selección de cuadros femeninos”. Los resultados son decepcionantes. El porcentaje de mujeres en el Comité Central ha bajado del 6,4% en la década anterior al 4,9 % actual. El partido se revitalizó cuando abrió la puerta a los empresarios y muchos juzgan que se esclerotizará si no las ensancha pronto a las mujeres.

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