No tengas miedo, pequeña -el policía trataba de ser amable con Inés y alargó la mano para que la tomase sin recelo.

Julia no se despegaba de su hija y caminó tras de ella, cuando entraron en la vivienda de doña Lupe acompañados de Tristán.

Contra toda sospecha, la casa parecía limpia y en orden. El pasillo lucía la armonía de siempre, no faltaba nada. Las paredes iluminadas con la claridad de siempre. Era la primera vez que la niña regresaba allí tras la desaparición de la anciana. Se le hacía un mundo recorrer los espacios andados junto a ella; acceder al salón y encontrar sobre la mesa, aún intactos, el lápiz, los sobres y los papeles.

-¿Hay algo que te llame la atención? -preguntó uno de los agentes-. Eres la única persona que la vio y parece que frecuentaba regularmente la casa.

Inés trataba de complacer a los policías con algún descubrimiento de interés, pero sus ojos veían el decorado de siempre con poderosa exactitud, como si doña Lupe, antes de marcharse, hubiera asignado su sitio a cada objeto, recuerdo y trozo de su vida.

Quien sí tenía algo que decir, en su idioma, con sus gestos elocuentes, era Tristán. Él condujo a los agentes con sus ladridos hasta la puerta de la alcoba. La niña no había atravesado nunca el umbral de aquel cuarto secreto que la anciana vigilaba y al que solo accedía para coger uno de los libros que le regalaba al final de la tarde. Siguiendo, el olfato de Tristán había llegado el momento de hacerlo.- Sin ninguna consideración los policías derribaron la puerta y se adentraron en aquella habitación que olía a eucalipto, a niebla húmeda y a moras del bosque.

La penumbra impedía contemplar la plenitud de la estancia y revelar el perfil de las cosas. La paz del lugar invitaba a guardar silencio y a convertir cualquier palabra y murmullo involuntario, en una profanación. El aire dormía los sentidos y trasmitía un delicioso estado de calma y sosiego. Tuvo que ser uno de los policías, un tipo estirado y afable, quien abrió de par en par las ventanas.

En cuanto escampó la niebla, Inés se tapó la boca para sofocar el grito de asombro que salió de su alma. Su madre parecía igual de perpleja. Se encontraban en el centro del mundo, en la encrucijada de la sabiduría, envueltas por muros de libros que cubrían paredes, quedando libre la chimenea que presidía la alcoba y sobre cuya superficie se apilaban decenas de fotografías...

La niña se giró hacia los agentes, miró a su madre y a Tristán, y se encogió de hombros. Nada sabía de aquella cripta secreta que guardaba tantos miles de obras.

Inés avanzó hacia un ala del cuarto y comprobó que en ella se apilaban cuentos y novelas cuyos títulos se repetían verticalmente en los estantes. Todos eran de la misma autora: Emilia Aldecoa. El hecho no despertó su atención, pero sí el curioso fenómeno de que todos los títulos encerraban el nombre de Lucas. La niña los fue sacando y llegó a contar más de treinta. En todos, el nombre de Lucas. Todos bellamente encuadernados.

Tristán se había sentado a sus pies con la cabeza apoyada en el suelo entarimado- Levantaba de vez en cuando sus cejas para observar a la niña e interpretar sus muecas de asombro, de desconcierto o de perplejidad Pero la respuesta a aquel hallazgo la tenía a su espalda, sobre el mueble de la chimenea.

-¡Acércate, Inés! -exclamó su madre -mira bien estas fotos.

La niña fue asimilando aquella revelación. En todas se veía a doña Lupe en plena juventud, bella y elegante, luciendo vestidos de auténtica princesa. En muchas aparecía junto a reyes o mandatarios recogiendo un premio y en otras, junto afamados actores de cine.

Aunque quizá la imagen que borró cualquier duda sobre el enigmático pasado de la anciana fue la portada de una revista de moda, encuadrada en un marco dorado, en la que se leía: Emilia Aldecoa gana el premio Nacional de Literatura Infantil 1960.

-¿Sabes algo de estas cartas? -el inspector policía señalaba el interior de un armario oculto entre los estantes.

Todas eran para Lucas y tenían un sello sobre el ángulo derecho. Todas con la letra pulcra de Inés.

-Supongo que no encontraron su destino -aclaró la niña-. O puede que Lucas nunca saliera de casa.

-Ahora resulta que la vieja, además de saber leer, fue una extraordinaria escritora -apuntó con retintín uno de los policías.

-Lo fue, pero todos dejamos de ser algo alguna vez, queramos o no, el olvido está al acecho de cualquiera -dijo la madre de Inés.

-¿Qué quiere decir? -inquirió el inspector.

-Lo que ha oído: que Emilia Aldecoa no dejó escribir por voluntad. Lo hizo cuando las palabras se empezaron a borrar de su cabeza y de su mano.

-Entonces apareció Inés, ¿no es así? -el agente presumió de astucia.

-Puedes estar orgullosa, a tus nueve años has sido la voz, la mano y hasta los ojos de una magnífica escritora. Esas cartas son un verdadero tesoro.

Inés sintió que una íntima alegría le trepaba por la garganta. Si antes admiraba a doña Lupe, ahora lo hacía emocionada y con una ternura más honda.

-¿Cuánto hace que vienes por esta casa? -preguntó el inspector.

Inés miró con risa a Tristán. Acarició su cabeza peluda con cariño, sabiendo que lo cuidaría para siempre. Luego se volvió hacia el policía y trató de responderle con exactitud:

-Hace por lo menos, cinco ratones que escribo cartas para doña Lupe.

Extraído del libro

«Cinco ratones»

Autor: José Luis Ferris

Editorial Anaya

ACTIVIDADES

1.- ¿Quién era Lucas, que aparecía como protagonista de unos treinta libros? Haz un dibujo de «La alcoba de los prodigios».

2.- ¿Quién crees que era Inés para que la policía le preguntara cosas sobre doña Lupe?

3.- Busca información de quién fue Emilia Aldecoa.

3.- Escribe un cuento en el que un ratón sea el protagonista del mismo y mándalo, acompañado de un dibujo, al Concurso Literario del Grupo Leo. Apartado de Correos 3.008, 03080 Alicante. Indica tu nombre, apellidos, curso, colegio y número de teléfono particular.