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¡Adónde vas, civilización!

Alain Finkielkraut reflexiona en Lo único exacto sobre las contradicciones civilizatorias que acosan a Francia y Europa hoy

Lo único exacto es el esfuerzo que Alain Finkielkraut emprende para pensar con la mayor exactitud posible, porque, como ya apuntó Camus, "nombrar mal las cosas significa acrecentar la desgracia del mundo" ("Malnommer un objet, c'est ajouter au malheur de ce monde"). Bien sabe el académico francés - acusado de neorreaccionario- que no es una mera lucha lingüística y que sus análisis le traen no ya adversarios ideológicos sino feroces enemigos dispuestos al anatema y a la caza del hombre. Por eso, tal vez, procura acompañar su pensamiento de voces amigas, que amplifiquen el sentido desde donde habla, y vemos, así, en cada uno de los setenta textos que componen el libro, aparecer a consagrados autores en los que toma resuello su lucha dialéctica, y entre ellos, algunos de manera preferente: Arendt, Kundera, Lévinas€ y Charles Péguy, quien resulta ser en la temática abordada su autor de referencia -socialista y católico, sí, pero sobre todo libre de pensamiento- y quien le presta la consigna: "Adelantarse, retrasarse, ¡cuánta inexactitud! Llegar a la hora es lo único exacto". El libro aborda setenta acontecimientos de la rota vida social francesa y el estilo es el de un periodismo filosófico pegado a los acontecimientos de los grandes titulares, pero hete aquí que algunos resortes de las noticias aparecen sin descanso una y otra vez, no por casualidad sino porque configuran el suelo de los problemas que Francia vive en la actualidad: el terrorismo yihadistas y el nacionalismo populista; la islamofobia y el odio al "cara de tiza"; los valores republicanos y la dogmática moral religiosa; judíos y árabes, orientales colonizados y europeos colonizadores; la derecha utilitaria frente a la derecha reaccionaria; la izquierda identificada con el Otro, respetuosa de su cultura, frente a la izquierda laica, con reglas de juego metarreligiosas; París, ciudad de la luz, frente a algunos de sus barrios "sensibles", lugares donde las segundas y terceras generaciones de emigrantes no llegan a integrarse.

Una problemática sencilla de entender en apariencia, pues las confrontaciones ideológicas bimembres funcionan con fluidez, pero que en realidad esconde una malla trágica de enconamientos a múltiples niveles. Sobre toda esta maraña de relaciones, Finkielkraut lleva a cabo un admirable esfuerzo intelectual, no solo para contornear concienzudamente los conflictos ni solo para situarnos ante una geografía de nuevas tensiones sociales€ porque se trata sobre todo de encontrar las raíces profundas causales -para desactivarlas- y se trata, en consecuencia, de denunciar también los falsos diagnósticos. Se trata de ser exactos describiendo los problemas, como primera medida para superarlos. Detrás del tema del velo en las escuelas, que enfrenta la libertad religiosa a la laica, o detrás del terrorismo en Francia llevado a cabo por franceses, no tanto por extranjeros€ no subyacen, según el filósofo galo y a pesar de todas las simetrías visibles, las mismas causas que a finales del siglo XIX dieron lugar al antijudaísmo que envolvió el caso Dreyfuss, o que en los años treinta del siglo XX pusieron al descubierto las reaccionarias bajas pasiones de millones de europeos conducentes al holocausto que los nazis llegaron a colmar. Aquella problemática y la actual no son superponibles, insiste sin descanso, frente a una poderosa corriente interpretativa que defiende que se trata de lo mismo, que se da una idéntica persecución racista en la que solo cambiaría el objetivo, antes el judío y ahora el musulmán.

Finkielkraut se niega radicalmente a aceptar esta versión, primero por detalles que resultan trascendentes: los judíos de entonces no amenazaban de muerte el librepensamiento ni defendían sus ideas con las armas del terrorismo. Pero también, en definitiva, porque los cauces a donde van a parar unas y otras aguas no intercambian sus proyectos de civilización. Pero los antirracistas de ahora, con sentimientos de ser la izquierda "mainstream", se alinean con la defensa indiscriminada del Otro oprimido aunque sea a costa de renunciar a la salvaguardia íntegra del espíritu republicano y laico. Y si, en nombre de la igualdad, hay que dar cabida a la "mediocridad para todos" en los planes de estudio y a una escuela republicana saqueada por reiteradas reformas demagógicas, sé- pase que se hace a favor de la integración, aunque esta comporte relativizar la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. A juicio de Finkielkraut, la visión binaria de la ideología "progresista" predominante se equivoca cuando para combatir al Opresor se pone de parte del Otro oprimido, pero relegando los verdaderos valores políticos emancipadores por los que presuntamente se lucha. La práctica de amalgamar con la buena intención de contentar a todos puede ser una buena táctica psicológica para conseguir reconciliaciones pero acostumbra a ser un camino hacia el precipicio de las opciones políticas. Si políticamente queremos situarnos en la trayectoria de la Ilustración, entonces ¿podemos homologar las culturas ilustradas con las que no lo son?, y si hemos de respetar escrupulosamente a los sujetos no ilustrados, ¿no hemos de hacerlo solo en tanto personas humanas pero no en cuanto reivindican un escenario antiilustrado? Todo ello conduce al profesor de la Escuela Politécnica de París a retomar, como cuestión de fondo, un problema de filosofía de la historia: no hay hoy un solo camino civilizatorio, al menos son visibles en Europa dos -la occidentalización del mundo y la islamización de occidente, porque aquí el infiel sigue resistiéndose ante el Profeta-, y son incompatibles, y hay que elegir, porque quien es proclive a la mixtura de los dos modelos se sitúa, aunque lo haga en nombre de los oprimidos, a favor de la alternativa invasiva e, indirectamente crea las condiciones para que la ultraderecha racista se constituya en portavoz de los valores republicanos franceses tradicionales, que proceden paradójicamente de pretéritos vientos revolucionarios. Hay que ser exactos: el islamismo radical no actúa contra el Occidente opresor sino contra lo que tiene de emancipador, y con esto cierra el filósofo uno de sus argumentos. "La Humanidad es una", y esta idea va de la mano de los ideales históricos de la izquierda, que según Finkielkraut apuntan a "esa promesa de abrir a la mayor cantidad de gente posible el tesoro de las humanidades y la herencia de la nobleza del mundo".

Pero si la Humanidad es una, en un profundo sentido ético, el Gran Todo es una trampa política que a través de un falso mestizaje nos lleva al olvido de la necesidad de elegir, en el momento en que está teniendo lugar un giro histórico. Y quien ingenua o perezosa o electoralmente crea que nos hallamos solo ante un capítulo de la historia repetido, ante una versión más del racismo, ¿no está dando cabida a consecuencias indeseables, quizá a la causa del próximo grave conflicto?

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