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El indignado burgués

El gatillo fácil de la querella

Eivir de la política es un sinvivir, aunque hay quienes se lo montan de vicio. Cierto es que un ser rutinario cual felino tiene que pasarlas moradas en un entorno tan cambiante y desquiciante como es el hábitat de un partido: proceloso como paso subterráneo y con más trampas que una peli de Indiana. Lo bueno es que entre estas arenas movedizas quienes tienen vocación de supervivientes hacen un máster para enfrentarse a un apocalipsis zombi (aunque quizá sea mentar la soga en casa del ahorcado mencionar eso de los másters; bueno y los zombis si me apuran).

Pero si moverse en las pútridas aguas de los partidos obliga a más precauciones que a los niños rescatados de Tailandia, por ahí fuera el mundo se ha puesto muy peligroso debido al gatillo fácil que algunos tienen a la hora de querellarse. Tampoco es que los jueces y la policía tengan un respeto reverencial por la casta política. Imagine que es usted juez (o agente de la brigada anticorrupción) y que le llega el caso de un político presuntamente pillado por el carrito del helado: ¿a que la baba le mojaría los belfos y se le pondría una carita sonriente por la que sus hijos, acostumbrados a un gesto adusto, le preguntarían asombrados? Ya les digo que si yo fuera juez y tuviese a un político sentado en el banquillo no me saltaría la Ley para perjudicarle, pero tampoco le pondría las cosas sencillas y facilitaría su impunidad, que bastantes mecanismos, influencias y mandangas tienen para salir con bien de cualquier apurillo.

No me extraña que ya que meterles en la trena resulte complicado se les condene a la llamada «pena de telediario», que consiste en avisar a las teles cuando les van a detener y grabarles cuando salen esposados con el bonito gesto del policía agachándoles la coronilla para que no se estampen el cráneo con el marco de la puerta del coche patrulla. Es aleccionador y a todos nos satisface que el orgulloso político que nos tomaba por el pito del sereno vaya caminito de la mazmorra, si bien su estancia entre rejas dura lo que tarda su carísimo abogado en acudir y mover los hilos. La pasta suele estar a buen recaudo y las pistas ocultas bajo un montón de mantas legales impenetrables, por lo que fuera de la relativa vergüenza de verse rebajados a la condición de mortales arrestados, la vida sigue y no es lo mismo vivir en un piso patera que en una carísima mansión.

Lo que pasa es que en España hemos entrado en una vorágine implacable de judicialización de la política, provocada por los escasos mecanismos de control que los partidos tienen para con los suyos y las inexistentes ganas de provocar conflictos internos, a la vez que un desprecio implacable por los electores. En otros países el que la hace la paga y si es de tu partido da casi igual que del vecino porque el sistema está pensado para expulsar automáticamente a los que se salen de la norma. En España no pasa eso y los partidos, como entes autónomos liberados de eso tan vulgar que es dar cuentas a los ciudadanos, hacen de su capa un sayo, barren bajo la alfombra y aquí no pasa nada.

La consecuencia ha sido que si quieres arruinar a un político -bien porque sea un delincuente o simplemente porque te cae mal- no hay más sistema que recurrir a la querella por la vía penal, que es la que pica, porque la vía civil pocos efectos prácticos tiene. Los partidos no han tenido más remedio y a su pesar que fijar las líneas rojas de la imputación, del procesamiento o de la apertura de juicio oral para que los españoles no acudamos con antorchas a quemar sus sedes ante la impunidad de sus correligionarios. El procedimiento es perverso, porque en vez de autorregular la actividad de los servidores públicos, se hace recaer en los jueces el derecho a decidir sobre la vida o la muerte política. Son muchos los inocentes que han caído simplemente por la admisión a trámite de una querella, que les ha expulsado sin posibilidad de vuelta atrás de la vida pública. Dará igual si el juicio se celebra o se sobresee el procedimiento o si la sentencia dice que es culpable o inocente porque el daño estará hecho de cualquier manera.

¿Ejemplaridad?, pues no creo que lo sea, pero los homínidos nos conformamos con la venganza si no obtenemos justicia. Los querellantes de gatillo fácil amenazan con eliminar por vía judicial a cualquiera que no haya llevado una vida ascética y no sólo cuentan en este apartado los políticos, sino que los famosos y famosillos son carne de cañón y objetivo fácil para particulares. Con estar acechante a la presa puedes obtener piezas de caza muy notables que luego colgar de tu chimenea previo paso por el taxidermista, porque nadie lleva una vida tan ejemplar como para abrirse en canal al escrutinio público. Quizá alguna monja de clausura en algún convento perdido de las Alpujarras puede decir eso de «a mí, que me registren», pero los seglares lo llevamos mucho más crudo.

Y que se lo merezcan muchos no quiere decir que se lo merezcan todos.

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