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Spinoza al alcance

Frédéric Lenoir nos presenta una aceptable divulgación del autor de la Ética

La cubierta de la edición española, a cargo de Planeta Arte & Diseño, ¿resulta apropiada? Un título contorneado por rayos que el imaginario asimila a la vida de los santos. Lleva a error. No es excusa que en el título figure la palabra "milagro", pura metáfora. Lo importante, con todo, es que Frédéric Lenoir ha conseguido un texto fácil de leer sin renunciar a los elementos esenciales de esta filosofía difícil, excelsa y necesaria. La vida de Spinoza, corta y disciplinada, y sus dos obras fundamentales, el Tratado teológico-político y la Ética, con alguna pincelada sobre el Tratado político y sobre la correspondencia, quedan al descubierto para el lector común.

No se espere, no obstante, los finísimos análisis de Vidal Peña o la jugosa comprensión de Albiac, y tampoco una biografía comparable con la de este último: La sinagoga vacía. Pero sí hay que reconocer una síntesis bien organizada de uno de los filósofos más singulares. ¿Por qué es importante la obra de Spinoza? Porque cambia el modo de entender la religión, transforma radicalmente la idea de dios y establece un análisis sobre la esencia del ser humano de la que será difícil desentenderse. Asimismo, y esto es en lo que más insiste Lenoir, su ética tiene la capacidad de mejorar la vida de quienes se lo toman en serio. Odiado sin piedad en los ambientes culturales de los siglos XVII y XVIII, pasa a ser un modelo de filósofo para muchos, como Goethe, Nietzsche, Bergson, Einstein, Deleuze o Bueno; o, dentro del ambiente cultural galo, Comte-Sponville, autor de la actualidad en la que Lenoir se mueve, con una de cuyas citas se publicita: "Hay varias estancias en la casa de la filosofía, y la de Spinoza es a mis ojos la más bella, la más alta, la más vasta. ¿Qué le vamos a hacer si no somos capaces de habitarla por completo!". Encumbrado de esta manera, en contraste, se recuerda que fue expulsado de la comunidad judía de Amsterdam y que se prohibió acercarse físicamente a él, después de ser abominado en los términos más extremos que se pudo idear. Y tuvo que vivir acosado y errante, de Amsterdam a Rijnsburg y luego a Voorburg y a La Haya. Lo poco que publicó en vida hubo de ser anónimo y cuando, muerto, su editor da a conocer su obra (todavía anónima), es condenada de inmediato por las autoridades religiosas y civiles -en el país que parecía practicar la máxima tolerancia de ideas, las Provincias Unidas de los Países Bajos- y al año siguiente, en 1679, declarado lectura prohibida por el Índice de la Iglesia católica por ser un "mal pestilente".

Junto a la intención clarificadora del libro, se advierte el propósito de reconstruir bien la compleja filosofía de quien fue coetáneo absoluto de Vermeer. Los dos nacieron en 1632, para vivir el pintor cuarenta y tres años y el filósofo cuarenta y cuatro, quien, como el genio en "La joven de la perla" captando la luz, alcanzó a distinguir la razón de la pasión -y a mostrar su intrínseca conexión-, y el papel del deseo y de los afectos y su entrelazamiento con el entendimiento, y el modo cómo llegar a ser libres, no mediante el libre albedrío que Spinoza niega, sino a través de operaciones racionales sobre los afectos negativos desde los afectos positivos. Esta es una de sus grandes enseñanzas, una idea no puede cambiar una pasión, pero sí una afección a otra: existe una afección capaz de mover a la afección que es una pasión esclavizadora. En esto reside el buen vivir, en aprender a huir al máximo de la servidumbre a la que la naturaleza humana está expuesta. Es verdad que Lenoir se aproxima a Spinoza porque quiere también poner de relieve las coincidencias entre el filósofo racionalista y sus propias tesis, de carácter espiritualista y de clara religiosidad, una especie de religiosidad que une el núcleo del mensaje evangélico con las principales tesis del hinduismo y del budismo -más en concreto, con la no-dualidad del Advaita-Vedanta-. Pero es suficientemente honrado como para no ocultar que Spinoza puede ser también comprendido como filósofo ateo.

Y, de hecho, creo yo, esta es una de las mayores potencialidades del autor de la Ética: haber redefinido brillantemente las tradicionales fronteras entre el espiritualismo y el materialismo, entre el teísmo y el ateísmo. Y haber sido un preclaro defensor de una concepción inmanente en la que cuerpo y espíritu no pueden ya ser separados y en la que no es preciso recurrir a otro mundo para explicar este.

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