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¿Y si fueran terroristas o en trance de serlo?

El independentismo siempre, aquí y afuera, ha sumado entre sus filas a violentos exaltados que han terminado convertidos en terroristas. No hay lugar en que no haya sido así y Cataluña no podía ser la excepción. Ya tuvo, no lo olvidemos, su grupo terrorista en los ochenta, Terra Lliure, autora de atentados mortales, juzgados y condenados. Pacifismo mayoritario no significa, en modo alguno, incompatibilidad con el extremismo violento, máxime cuando desde las instancias políticas se usa y abusa de los exaltados para conseguir objetivos concretos. El silencio o la complicidad de los partidos nacionalistas con el terrorismo ha sido también siempre un elemento común, pues los fanáticos han surgido de las filas de los partidos moderados que los han comprendido y defendido como hijos descarriados o, simplemente, como instrumentos útiles. La historia del PNV y ETA, desde sus orígenes, es expresiva para quien la conozca y esa ambivalencia del partido nacionalista, causa de muchas confusiones. Y la fe ciega en los ahora imputados camina en esta misma dirección, crea el caldo de cultivo y alienta a quienes, considerados héroes, pueden decantarse por el terror visto el apoyo cerrado recibido.

La semana pasada se detuvo a varios miembros de los CDR, grupo cuya radicalidad choca con el pacifismo que predica Torra y cuya tendencia hacia la violencia no era descartable. Tras casi un año de investigación se les ha imputado por delitos de terrorismo e ingresado en prisión provisional. Una decisión judicial fundamentada y basada en hechos constatables, algunos reconocidos, sobre presuntos actos de terror proyectados y elementos materiales dispuestos al efecto. Parece ser que la información es abundante.

No seré yo quien les condene sin un previo juicio; pero, tampoco quien acuse groseramente de falsedad y manipulación al Poder Judicial, la Guardia Civil y la Fiscalía. Que los partidos secesionistas, los de la demencial izquierda radical y populista y el gobierno y parlamento catalán, para nuestra vergüenza, hayan salido en tromba acusando de actos delictivos a los tribunales y las fuerzas de orden público es tan perverso como indigno y peligroso. De comprobarse en el futuro la veracidad de lo investigado, todos ellos quedarán equiparados a los terroristas, al menos en cuanto a su comprensión con la violencia, apoyo moral y quién sabe si de otro tipo. Han quedado expuestos al riesgo de ser excluidos o excluibles del juego democrático.

Lo normal en personas sensatas era pedir prudencia hasta que los hechos se clarificaran y afirmar el rechazo absoluto a cualquier forma de violencia de comprobarse como cierta. Pero, el apoyo mostrado a los imputados por delitos gravísimos, degradando las instituciones, revela la grave situación en la que se halla un independentismo que ha perdido el norte y que, vista su actitud en esta materia sensible, debe ser puesto bajo vigilancia severa sin perder tiempo. La semana pasada vimos, como en una especie de túnel del tiempo, una enfermedad, ya conocida en el País Vasco durante cuarenta años y que no debemos permitir que se repita bajo ninguna consideración. La tolerancia con el terrorismo debe ser cero. La tolerancia con quienes lo apoyan o comprenden, ninguna. Los pactos con formaciones surgidas del terrorismo alientan su repetición y, en todo caso, indultan a los asesinos atribuyéndoles auras de héroes antifascistas. Y el PSOE, este PSOE, no aprende.

No acuso a nadie de practicar o alentar el terrorismo. Habrá que comprobar los hechos. Pero, es obligada la crítica política a la comprensión febril, propia de los setenta, hacia un terrorismo que equiparan a la lucha contra el franquismo, aunque éste acabó hace medio siglo. Tanto antifranquismo de opereta lleva a estas cosas. Solo desde la falta de respeto a nuestro sistema, desde el infantilismo de calificarlo de autoritario, se puede entender esa tolerancia hacia posibles acciones violentas y la defensa de los imputados como víctimas del fascismo. Volver atrás y considerar, de ser ciertos los hechos, presos políticos no ya solo a los políticos presos, sino también a los violentos, nos transporta al inicio de experiencias ya conocidas y que terminaron como terminaron.

Jugar con el terrorismo reproduciendo discursos repugnantes que olviden el dolor causado por ETA es de una irresponsabilidad extrema. Pedir libertades de los imputados por terrorismo recuerda lo que sucedió hace décadas. Entonces se llegó a tal extremo que se pedía incluso para quienes tenían las manos manchadas de sangre de niños y ancianos. Los que lo recordamos sentimos náusea al ver la historia sangrienta rediviva en las misma formas e idénticas reivindicaciones que, al final, habrá que combatir igual si terminan igual o son apoyadas de idéntica manera.

Pongamos remedio inmediato, urgente y proporcional al riesgo, cueste lo que cueste. Los partidos constitucionalistas tienen la obligación de estar donde deben y llegar a acuerdos frente a los nacionalistas, de tradición e historia siempre parecida. No caigamos en el pudor de no reaccionar a tiempo por el miedo a ser tachados de autoritarios. Lo hicimos y costó casi mil muertos en plena democracia. No tengamos complejos. No olvidemos la historia y el dolor causado por vulgares asesinos que empezaron jugando a una cosa y terminaron con el tiro en la nuca. No volvamos a empezar otra vez, ni en Cataluña, ni el País Vasco, donde comienza de nuevo a intuirse un ambiente fétido. Alguien tiene que poner cordura y valentía.

Nota: La culpa del cambio climático para Irene Montero es de los fondos buitre. Aburrida y pesada es un rato largo.

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