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La anestesia de los días

El fútbol lo aguanta todo, es un contenedor infinito, en el palco lo saben y juegan bien sus cartas

Dejas de imaginar un mundo mejor, envejeces, guardas los sueños en un cajón y ya no crees que sea posible€ Efectivamente, te has hecho mayor. Y ha sido en un chasquido, en una siesta, en una visita al baño a media noche, ha sido mientras veías el televisor o mirabas la pantalla del móvil, mientras hacías el amor pensando en la reunión de vecinos. Vives el mismo día cada vez y te acostumbras a perder, a caminar entre la gente de puntillas, a no levantar la voz para que no te señalen. Al final, hicieras lo que hicieras, siempre ganaban los mismos. Ahora ya no importa, lo asumes, te resignas. Por eso pagas religiosamente un año sí y el que viene, también. Nadie oye tus quejas, tampoco te dejan escribirlas en una pancarta para compartirlas, piensan por ti, deciden por ti... y aun así vuelves con ganas de que al club le sonría la suerte, porque se puede renunciar a infinidad de cosas, pero jamás a tu equipo. El fútbol lo aguanta todo, es un contenedor infinito. En el palco lo saben y juegan bien sus cartas, las marcan, y hasta cuando pierden, ganan. Son formidables. Como sus puros.

La estrategia es sencilla. Llegas disfrazado de salvador. Una vez dentro, lo copas todo, anulas cualquier disidencia, toda oposición y, a pesar de que se ve a la legua que tú eres el verdadero problema, te vendes siempre como la única solución. El dinero lo tienes tú... así que el resto: oír, ver y callar. Ocurre en los estados, en las familias, en los partidos políticos, ocurre desde que el mundo es mundo. Tú, como abonado, como aficionado, tienes tantos frentes abiertos que has perdido las ganas de pelear por lo que es tuyo. Sí, tuyo. Es probable que en el Hércules actual se haya metido más dinero público del que aportará nunca el socio de turno y más del que invirtió en origen el máximo accionista. Hagan la cuenta: ayudas municipales, impagos a la Seguridad Social, préstamos sin devolver avalados por el Consell, publicidad institucional, ente autonómico, operaciones de compra, venta o alquiler del estadio siempre ventajosas... Hasta el marcador electrónico fue un regalo. Sumen el monto de los abonos, calculen y, díganme, ¿tienen o no tienen derecho a que se les escuche?

La resignación es contagiosa, se expande a la velocidad de la luz, es un virus que mata de manera silenciosa. Recibimos tantos estímulos en un solo día que no sabemos ante cuál reaccionar. Entiendo su postura. Dosifican la energía. Pero sepan que cuando se cruza el punto de no retorno ya no hay vuelta atrás. Protesten si lo estiman oportuno, muestren su malestar educadamente, las fórmulas para hacerlo son muy numerosas y muy diversas, sean inconformistas. No dejen de hacerlo únicamente por fatiga emocional, por considerarse un grito en la galaxia, un gramo de sodio en un desierto de sal, no asuman que no puede cambiar nada, que otro Hércules no es posible.

Si asumes tu insignificancia, aunque no sea real, te pierdes en esa amalgama sin peso específico a la que llaman masa social y que utilizan como estilete para ganar sus batallas, las que les benefician, las que les perpetúan en su delirante patadón hacia adelante. Y si les acusan -que lo harán- de ir contra los colores, contra el escudo, de no sumar, de negarse a empujar todos a una, de dinamitar la unidad, recuerden que no fueron ustedes quienes aseguraron públicamente «sentir vergüenza» por el comportamiento de los futbolistas. No sucumban a la anestesia de los días.

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