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José María Asencio

Vuelva usted mañana

José María Asencio Mellado

Paz a los hombres de buena voluntad

Hoy, de nuevo, como ocurre desde hace dos mil años, vuelve a nacer el niño Manuel. La vida comienza cada veinticuatro de diciembre otorgándonos otra oportunidad, una más, de renacer, de volver a ser, de rectificar el vacío profundo que una sociedad dominada por lo inmediato y frágil nos regala sin permitirnos entrar en nuestro interior y recuperar ese niño que fuimos, ese que nace hoy y que reclama reconocerse en su sencillez, en su espíritu, en su capacidad plena de saciar las ansias más exigentes. Basta mirar al portal, la nada aparente, la pobreza encumbrada de magia capaz de permanecer dos milenios, la majestad de la belleza serena que nos lleva a ser, a sentir, a amar, a soñar cada minuto, para reconocer el valor de lo sencillo, cada cual con sus creencias, su fe, sentimiento vivo en su esencia pura. Lo que perdura es lo más cercano a lo eterno y así es sentido por quien se aproxima al misterio del nacimiento que no cesa, presunto avance de lo que nunca fenece y se muestra en primavera.

La fe es un regalo o don para quien la tiene y nadie es dueño de controlarla, manejarla, censurarla o despreciarla. Menos por quienes la depositan en otros órdenes de la vida que llaman racionales, pero que llevados a los extremos y a la imposición, dejan de serlo y se convierten en pobres imitadores de lo religioso. Sostenía Unamuno que la fe es ajena a la razón y propia del sentir, mientras que la razón, si es de verdad, es siempre duda. Una razón sin duda deja de ser razón. Y una fe razonada es innecesaria. Una razón que anula la fe y se inviste de superioridad no es razón, sino fanatismo. Y una fe que necesita justificarse es síntoma de complejo o de ausencia de fe.

Mirar al niño me lleva a mi infancia allá en mi patria chica, mi Córdoba natal; me lleva a mi Benalúa de adopción, a la parroquia de San Juan Bautista, a los festivales navideños que allí se celebraban bajo la batuta del siempre recordado Antonio y del maestro Miguel Torres, del coro del Club Nuestro Mundo, bien armado de instrumentos y voces que hacía de la misa del gallo una fiesta de luz y sonido (qué maravilla cuando el ritmo y el tempo se arrancaban a los compases de «campana sobre campana»), de los dioramas que hacían los amigos de mi pandilla, mis eternos amigos, mis hermanos, mis compañeros de este viaje que es la vida. Me trae a la realidad que siento como presente a don Liberato, don Fernando y don Vicente, curas de toda la vida, curas que enseñaron a una generación entera que ser niño es ser libre y sentir y que ser niño, para un creyente, es creer cada día con la misma sencillez de siempre, con la misma naturalidad de siempre, sin importar los ataques de quienes confunden laicismo con prohibición de lo que no puede ser prohibido, pues la fe en el niño que nace es inmune a toda represión y menos a la represión de quienes argumentan con desprecio o falta de respeto o tratan de envilecer el acto más hermoso de la historia para muchos creyentes.

Qué diferencia hay entre la belleza, la exaltación de la paz, del amor y la siembra de la discordia, del rechazo a quien se considera rechazable por los que no solo no creen, sino que ven en su agnosticismo, respetable, una superioridad moral que solo se atribuyen ellos.

Seguro que muchos estarán ya calificando estas líneas como poco apropiadas a lo políticamente correcto. Y las enmarcarán en la siempre malhadada política y sus siglas. Están en su derecho como yo en el mío, en este espacio que gentilmente me cede el diario desde hace años, para expresar y expresarme y normalmente poco adecuadamente a lo correcto. Siendo así es normal o debería serlo, al igual que otros lo hacen con sus creencias o ideologías, que reivindique mi fe, que la defienda en el día de hoy con orgullo, que exalte el nacimiento y que llame a los hombres de buena voluntad a ser libres, creyendo o no, pero fieles a la esencia de los valores transmitidos por quienes antes fueron portadores de los propios de nuestra civilización cristiana. Hora es de hacer público lo que no debe ser ocultado y hora es, en esta fecha, de reivindicar la belleza del nacimiento, de la luz. La Iglesia ha hecho coincidir la Navidad con el solsticio de invierno, con la prolongación del día y de la luz, porque la luz es para nosotros el niño, no solo un acontecimiento astrológico. Hora es de proclamar públicamente lo que no debe avergonzar, sino enorgullecer. Hora es de recuperar el respeto y de defender públicamente al niño que se hace hombre y al hombre que es siempre niño. Hora es de defender la Navidad en su íntimo sentido. Feliz Navidad y paz a los hombres de buena voluntad.

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