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BlackRock, una gestora de inversiones demasiado poderosa

Me llama la atención un amigo sobre un documental firmado por Tom Ockers en torno a la mayor empresa de gestión de activos del mundo, Black Rock, que emitió la cadena de televisión franco-germana Arte y había escapado a mi atención.

Junto a Vanguard y State Street, que se dedican al mismo lucrativo negocio, forma Black Rock la "banda de los tres gigantes" del sector, que acumulan activos por un total de 13.500 millardos de dólares, una cantidad equivalente al PIB chino.

Entre las tres controlan un bloque mayoritario de acciones en el 90 por ciento de los títulos de las empresas del índice bursátil Standard and Poors 500, y tienen fuertes participaciones accionariales en Apple, Microsoft, Facebook, McDonald o Siemens, entre otras muchas de todo el planeta.

Una de las características de esos fondos es que invierten en sociedades que compiten en el mercado como pueden ser Bayer y Basf, DuPont y Monsanto o Adidas y Nike, sin olvidar las que se dedican a la fabricación de armamento o a la más feroz especulación inmobiliaria.

BlackRock, fundada en 1988 por el estadounidense Lawrence D. Fink, capta el dinero de sus clientes, tanto empresas como particulares, para colocarlo en cualquier lugar del mundo mediante los llamados fondos cotizados en Bolsa (Exchange traded funds).

En el documental de Arte hablan analistas, profesores de economía, ex empleados de BlackRock, activistas, así como periodistas, entre ellos la alemana Heike Buchter, corresponsal en Nueva York del semanario Die Zeit, que confiesa haberse topado con un muro de silencio al intentar investigar a esa empresa.

BlackRock aprovechó la gran crisis económica mundial tras la caída en 2008 del banco estadounidense Lehman Brothers para doblar sus activos mediante la compra de un banco británico quebrado, Barclays.

Se lanzó entonces a la comercialización de los Fondos Negociados en Bolsa (Exchange Traded Funds) bajo la marca IShares, que son, según sus promotores, una institución de inversión colectiva de gestión.

No se compran, pues, acciones de una determinada empresa sino el valor de un índice bursátil, que no se intenta batir, como ocurre con los instrumentos de gestión activa, sino replicar.

Esos fondos inundan actualmente los mercados bursátiles: BlackRock y los otros gigantes del sector permiten invertir incluso pequeñas sumas a millones de modestos ahorradores.

Aprovechan el hecho de que desde el estallido de la crisis económico-financiera, la gente confía mucho menos en los bancos además de que las cuentas de ahorro ya prácticamente no generan rentabilidad alguna.

En EEUU, millones de ciudadanos han optado por asegurar sus ahorros para la jubilación invirtiendo parte de su dinero en esos fondos, en la confianza de que una vez que dejen la vida laboral activa Black ock les garantizará una pensión.

Según Steven Davidoff Salomon, profesor de Derecho mercantil en la Universidad de Berkeley (California), BlackRock tiene una importancia "sistémica" en EEUU ya que garantiza una parte muy significativa de los ahorros para futuras pensiones de millones de ciudadanos.

Al mismo tiempo, ocurre que en ese país, BlackRock se enfrenta a un proceso penal por colocar el dinero destinado a pensiones en fondos mediocres, acusada de anteponer su afán de lucro a los intereses de sus clientes.

Hace ya tres años, el especulador norteamericano Carl Icahn advirtió de que BlackRock es una sociedad "extremadamente peligrosa" y acusó a su fundador, Fink, y a la entonces presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, de exponer al mundo a una nueva crisis financiera.

Si bien es cierto que BlackRock cuenta con los mejores expertos financieros, su instrumento faro, un poderoso algoritmo de previsión de la coyuntura llamado Aladdin, lleva, según sus críticos, a una peligrosa uniformación inversora, que podría amplificar el efecto dominó cuando estalle la próxima crisis.

Según Icahn, ese tipo de sociedades de gestión de activos son como un "autobús discoteca" que amenaza con despeñarse por un precipicio y estrellarse contra una "roca negra", haciendo honor a su nombre inglés.

BlackRock está mucho menos controlada que los bancos y la pregunta que hay que hacerse es qué pasaría si sus clientes, presos del pánico, decidiesen de pronto deshacerse de sus fondos cotizados en bolsa.

¿Quién salvaría entonces el sistema? Porque las sociedades de gestión de activos no tienen suficientes reservas, suficientes fondos propios en caso de desastre.

De ahí que muchos expertos, entre ellos David Schumacher, profesor de Economía financiera de la McGill University, de Canadá, aboguen por una regulación mucho más estricta de todo tipo de instituciones financieras, sin limitarla a la banca.

Algo que se presenta difícil porque BlackRock, como los otros gigantes del sector, ejerce una intensa labor de lobby, extiende sus tentáculos por los gobiernos y los bancos centrales del planeta y puede presumir en todo momento de los mejores contactos con el poder económico y político.

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