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Victimismos perversos

Joseph McCarthy, senador por Wisconsin, de 1947 a 1957, era un sujeto tan peligroso como pendenciero. En plena efervescencia de la Guerra Fría fue el principal promotor del Comité de Actividades Antiestadounidenses, que investigó a funcionarios, intelectuales y actores sospechosos de ser agentes soviéticos o simpatizantes comunistas, lo fueran o no, por motivos ideológicos y en contra de la Constitución. Tampoco tuvo inconveniente en emprenderla a puñetazos en público con los periodistas que criticaban su forma de actuar. Setenta años después inquieta comprobar cómo cualquier granuja en apuros se refugia en los pliegues más siniestros de la historia para ponerla groseramente de su lado. Trump, decidido a obtener un rédito político del fallido impeachment por el Rusiagate, invoca estos días el macarthysmo para presentarse ante los americanos como la víctima de una caza de brujas.

Nixon lo hubiera hecho también invocando esa misma cacería si no fuera que en el tiempo de su decadencia aún están vivos y con memoria los testigos de las fechorías de McCarthy, y porque el propio expresidente del Watergate mantenía una sólida amistad con el senador anticomunista. Al final ambos sufrieron una suerte: similar, MacCarthy fue censurado por el Senado y Dick el Mentiroso tuvo que renunciar a su cargo, asediado por el escándalo de las escuchas y sus reiteradas manipulaciones de los hechos.

McCarthy, Nixon y Trump practicaron el mismo método: el acoso a los medios críticos que les plantaron cara, intentando silenciarlos, y tuvieron baja consideración por la verdad. El actual presidente de Estados Unidos no necesita establecer analogías recurriendo como víctima a las cazas de brujas. Ya las tiene, como cazador, con sus mendaces inspiradores. En Cataluña, también Torra, cada vez que puede, se siente víctima de las persecuciones políticas cuando se dirige al Supremo para desmarcarse de las causas por desobediencia. El victimismo hace tiempo que habita en el círculo perverso de las peores conciencias.

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