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Daniel Capó

El escenario 2008

El escenario 2008 ya está aquí si no actuamos con contundencia y rapidez. Son las palabras que la presidenta del Banco Central Europeo, F. Lagarde, utilizó ante los lideres de la UE. Es el deseo Draghi, esa especie de sortilegio que ya funcionó una vez -"whatever it takes and believe it will me enough"-, la feroz artillería que dome los mercados rebeldes y recupere la estabilidad necesaria. ¿Será suficiente esta vez? Quizás sí, quizás no, depende también de los plazos: no a corto, pero seguramente sí a medio y largo, cuando la pandemia se encuentre bajo control entrado 2021. Porque resulta ingenuo pensar que los picos epidémicos se controlarán definitivamente antes -las mejores previsiones apuntan hacia un momento crítico el próximo otoño/invierno cuando el COVID-19 se sume a la gripe estacional- y también porque el shock económico que se avecina tiene causas y orígenes muy distintos a los que causó el crack financiero de la pasada década.

Hoy, una vez rescatados, los bancos se encuentran bien capitalizados y son solventes, ganan dinero incluso en un entorno extremadamente adverso de tipos de interés negativos. El actual evento sísmico puede acelerar, eso sí, la concentración bancaria, un proceso que ya lleva años en marcha, pero que no había finalizado su recorrido. El futuro a una década son unas pocas megacorporaciones financieras, de carácter transnacional. Uno diría que el Santander será un campeón europeo -tiene tamaño para ello- y que el Sabadell, en cambio y por poner un ejemplo, será absorbido o se fusionará con otro peso mediano. Pero estos son brochazos que no apuntan al corazón del problema que encaramos ahora, un doble shock de oferta y demanda que por poco que se alargue la cuarentena forzada provocará un efecto en cadena sobre la industria, el comercio y el trabajo. Un economía en semiparálisis, atenazada por un miedo contagioso, se acerca más a un escenario desconocido para la mayoría de nosotros que a los seculares ciclos económicos definidos por la dualidad del ahorro y el crédito.

Por supuesto, nadie sabe qué va a suceder en el futuro. Pero cabe plantear una hipótesis plausible: la mejor gestión política e institucional de la crisis del coronavirus en los países asiáticos -no sólo en China, un régimen autoritario, también en democracias consolidadas como Corea del sur o el Japón- va a acelerar el desacoplamiento económico de los dos mundos. Los vencedores de la globalización van a ser los orientales, mientras Occidente, como sucedía con las plagas de la antigüedad, prefiere cerrar los ojos a la realidad, sobrerreaccionando a destiempo y mal. Lo pagaremos todos, mientras se ponen velas al santoral de la ciencia, confiando en que la cura llegue antes de que sea demasiado tarde. Y así como estoy convencido de que las estrictas medidas que tendrán que tomar los gobiernos lograrán moderar los flujos epidémicos, reduciendo el riesgo del cuello de botella sobre los servicios sanitarios, también sé que nada es gratis.

Y que el coste de no haber tomado decisiones antes -los errores cometidos el pasado fin de semana por Pedro Sánchez formarán parte algún día de la historia de la infamia- tendrán consecuencias relevantes. No apocalípticas, claro está, pero sí muy importantes en términos sociales y económicos, culturales y políticas. Los equilibrios mundiales van a cambiar mucho más rápido de lo que podíamos prever hace apenas unos meses.

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