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Toni Cabot

Ni hay pelota ni juega «El Trinche»

Quién nos iba a decir que quedaríamos paralizados ante el televisor viendo un gol por la escuadra de la liga de Nicaragua. O que repararíamos siquiera un instante en el penalti malogrado de un delantero del torneo de Tayikistán; o que prestaríamos un mínimo de atención a la perfecta ejecución de una falta al borde del área en un partido de Burundi o a la entrada alevosa de un defensa en un estadio bielorruso. Está siendo tan larga la abstinencia que a cualquier futbolero se le iluminan los ojos, cual hambriento frente a humeante chuletón, en el momento en que el telediario recrea el menor movimiento de la pelota en alguna de las cuatro únicas ligas del mundo que la epidemia no ha detenido.

En estos dos largos meses de parálisis, la única pelota que vimos fue una que aparece por todos los lugares con tentáculos repartidos en su esfera. El fútbol pasó del estadio al despacho, lugar donde se jugó el nuevo encuentro con el erte como sistema de defensa para no encajar una goleada de números rojos.

Únicamente un par de acontecimientos, ambos luctuosos, devolvieron el protagonismo al balón: el fallecimiento de Michael Robinson y, una semana después, el crimen de Tomás Felipe «El Trinche» Carlovich. El destino quiso juntar a ambos en el definitivo adiós, años después de unirlos en un extraordinario documental que el inglés llevó a «Informe Robinson».

A través de aquel reportaje en su Rosario natal, conocimos la historia de Carlovich, un futbolista que solo jugó al fútbol para divertirse y que, a decir de muchos que le vieron jugar dado que no hay vídeo que lo registre, fue mejor que Messi y Maradona.

Su leyenda es, como describía Valdano, un lugar común en la provincia de Santa Fe. El cuento se remonta a la década de los 70. Por esa época, un joven corpulento rosarino, hijo de emigrantes polacos, comenzó a encandilar como mediocentro por las categorías menores sin más disciplina que acudir a los partidos cuando le apetecía. Cuentan que llegó a ser convocado por Menotti para un preseleccionado, pero ese día prefirió ir a pescar. Su momento de gloria llegó en un partido amistoso que la selección argentina disputó en Rosario ante un combinado de futbolistas locales, encuadrado en la fase de preparación de cara al Mundial 74 de Alemania. Aquel encuentro, que entró sin querer en la leyenda, alineó a dos jugadores que posteriormente pasaron por el Hércules: el guardameta Pepé Santoro, que defendía la portería de la selección argentina, y el delantero Mario Alberto Kempes, que formó en el ataque del combinado rosarino dirigido aquella tarde por Timoteo Griguol.

Entre la nube de estrellas que vistieron la albiceleste ese día en el estadio Parque Independencia figuraban futbolistas de la talla de Quique Wolff, Tarantini, Brindisi, Houseman y Bertoni, pero nada pudieron hacer frente al grupo rosarino, donde destacó desde el inicio un jugador de pelo largo y trote cansino, al que nadie conseguía quitar la pelota. «El juego arrancaba con Carlovich, todo pasaba por él. Hizo un partido espectacular», recuerda Santoro.

Tan espectacular resultó el «baile» con «El Trinche» al mando, que se llegó al descanso con victoria por tres goles a cero a favor de la escuadra local frente a la todopoderosa selección, incapaz de frenar las acometidas conducidas por ese corpulento hombretón con el 5 a la espalda. «Rompió las estructuras», recordó Kempes, autor del tercer gol rosarino a pase de Carlovich, «estaba en un gran momento, en su esencia, deslumbraba manejando la pelota».

«Los que lo vieron dicen que era buenísimo», agrega Dante Sanabria, autor del famoso gol herculano en el Bernabéu y rosarino como Carlovich.

Aquella tarde de abril de 1974, ante 30.000 personas, sin filmaciones que dejaran registro, Carlovich entró como símbolo en el imaginario argentino. Él, sin embargo, tras ser cambiado se quitó las botas y se fue a cenar con los amigos sin esperar a que acabara el partido. Ni su noche más maravillosa alteró sus principios.

Hace unos días, mientras paseaba con su bicicleta en una calle de Rosario cercana a su casa, sufrió el brutal ataque de unos delincuentes que quisieron robarle. Un golpe en la cabeza acabó con la vida del Trinche Carlovich, el mejor futbolista del mundo que casi nadie conoció.

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