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De ocio y salud

La tasa de nuevos casos se ha desbocado y ya duplica a la registrada al inicio del desconfinamiento

Se jodió el invento. Dos semanas de descontrol han sido suficientes para volver a las andadas. La tasa de nuevos casos se ha desbocado y ya duplica a la registrada al inicio del desconfinamiento. Los profesionales sanitarios lo advirtieron: menos aplausos y más mascarillas. Ni caso. Y así estamos, con nueve comunidades autónomas superando las cifras previas al inicio de la desescalada. Un aumento que en nada tiene que ver al observado en el resto de Europa. En fin, que mal que nos caigan británicos, belgas y cuantos desaconsejan veranear en nuestro país, habrá que reconocer que algo de razón llevan. Cuestión de rectificar y dejarnos de estériles lamentos.

Perdido el mando único -si alguna vez existió, por supuesto-, la España invertebrada que describió Ortega y Gasset ha vuelto a dar muestras de actuar como vaca sin cencerro. Cada uno ha tirado hacia donde le ha venido en gana. El cansino Torra utiliza la matraca independentista como medio para desviar la atención ante su incapacidad para frenar los rebrotes en Cataluña. En Galicia se desesperan -con fundamento, eso sí- y crean una suerte de control fronterizo entre comunidades que obliga a registrarse a quien visite aquellas tierras. Para no ser menos, Isabel Díaz Ayuso patenta un pasaporte inmunológico, sin soporte científico alguno, a modo de garantía de no contagio. Y, desde el Ministerio de Sanidad, Fernando Simón se alegra de que los turistas europeos se queden en sus casas. Acertado ha estado el presidente de la Diputación de Alicante, Carlos Mazón, recomendándole que cierre la boca y se dedique a ordenar el patio. Spain is different. Cachondamente diferentes, por supuesto.

Somos la leche. Ya que hablamos de jolgorio y alegría, tengan por seguro que ahí es donde hemos tropezado. No hacía falta inventarse un inexistente Comité de Expertos -¡coño, era mentira!- para prever la necesidad de controlar nuestra natural tendencia a la fiesta y la desinhibición. Tampoco para evitar ese punto de hipocresía con el que se establecieron las normas de regreso a la actividad laboral en este país. No deja de ser curioso que, mientras se sigue aconsejando el teletrabajo o la docencia on-line, nos faltó tiempo para abrir los establecimientos de ocio. Hay que aceptar que el médico te atienda por teléfono o que hagas gestiones de Hacienda por internet. Sin embargo, no hay problema alguno para tomarse unas copitas con la peña. Pan y circo.

Como sucede con otras tantas cosas de la vida, controlar una pandemia acaba rigiéndose por el principio de Pareto: con pequeños esfuerzos, algunas soluciones nos aportarán grandes beneficios. En esto sí se han hartado en insistirnos. Mascarillas, distancia y manos limpias. Poco más haría falta. La cuestión es asegurar que estas medidas son factibles en contextos donde se unen la aglomeración y la desinhibición que aporta el alcohol. Ahí hemos fallado porque, como bien dice la vicepresidenta valenciana, Mónica Oltra, lo de compatibilizar el ocio nocturno con las medidas sanitarias es una quimera. Cuestión aparte sería preguntarse por qué, siendo algo imposible de conseguir, su gobierno lo permite y se retrasa en restringir el ocio nocturno, tal y como ya han decidido otras comunidades. Y casi todos los países, por cierto.

No pidan peras al olmo. Tomarse unas copas en un local en el que se hace inviable mantener una distancia de metro y medio, es un factor de riesgo seguro para el contagio. Y para la temida transmisión comunitaria, por supuesto, porque ya me dirán cómo diablos mantener la trazabilidad en estos casos. Los carteles, mascarillas y dispensadores no evitarán que, cuando el alcohol suba, el españolito de a pie olvide taparse nariz y boca y mantenerse alejado de la compañía. Efectivamente es una quimera y, comprobada la asociación entre el ocio nocturno y los rebrotes, no queda otra que agarrar al toro por los cuernos. Nunca debieron relajarse estas limitaciones.

Cierto es que el problema no se restringe a los locales de ocio. Ahí aparece nuevamente el sempiterno botellón. Tiene narices que se despierte ahora el interés por el principal contexto de alcoholización de la juventud española. Es curioso que, incluso quienes defendieron la creación de botellódromos y sandeces similares, ahora se preocupen por el resultado de su propia inobservancia. Fíjense cuál será el grado de desinterés de algunos gobiernos que, incluso, algunos parecen desconocer sus propias leyes. El gobierno catalán y el andaluz han decidido prohibir este tipo de concentraciones. Genial. Ahora bien, lo llamativo es que el consumo en alcohol en la vía pública ya estaba prohibido en Cataluña desde 1998 y, en el caso de Andalucía, desde hace 14 años. Vaya, que se han estado pasando por el forro su propia legislación durante décadas. En otros casos, al menos no han caído en la misma patochada y, con mayor o menor acierto, algo van cumpliendo.

Me dirán que, si se mete mano a los locales de ocio, el personal acabará bebiendo y acurrucándose en la calle. Puede que en parte así sea. Ahora bien, esa es la cantinela que argumentan quienes intentan equiparar un pub o una discoteca a un centro sanitario, asegurando un status "COVID free" que tiene más de cuento que de realidad. Cuestión de cumplir las leyes -como, de hecho, están haciendo muchos ayuntamientos españoles- para evitar los botellones y asunto solucionado. Otra cosa es el perjuicio económico que se genere a este tipo de negocios. Un sector que, como cualquier otro, está en su derecho de acogerse a las ayudas disponibles para mitigar los efectos de la pandemia. Y si injusto sería criminalizarles, peor es priorizar los intereses económicos de unos pocos frente al derecho a la salud de todos.

Sí, el cierre es necesario. Ya tardan.

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