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Martín Caicoya

Resiliencia y estar en forma

El ejercicio como protección contra el estrés

Una mujer con ansiedad

Una mujer con ansiedad

Steven J Gould, un paleontólogo con ideas originales e interesantes, inventó la palabra examptación para designar aquellas funciones adquiridas a lo largo de la evolución que emplean recursos que habían tenido otro objeto ya perdido o menos notable. Por ejemplo, las plumas de las aves. Evolucionaron como un sistema de conservación del calor, más tarde sirvieron para volar. Hoy es esta la función que más presión evolutiva ejerce sobre ellas. Las palabras gozan de esa facultad.

La palabra resiliencia se incorporó no hace mucho a la lengua española, un préstamo de la inglesa, según la RAE. Ella la toma del latín “resilire”, que significa saltar hacia atrás, replegarse. Porque “salire” en latín es saltar, aunque en español lo utilizamos como salir ya en “Mio Cid”. En francés muy pronto, en el XVI, se emplea “résiler”, más adelante “résilier”, como la acción de volver atrás un contrato. Aunque ya estaba definida la acción, el acto, “résiliation”, faltaba saber si se podía o no “résilier”, gozar de esa capacidad. Resiliencia aparece por primera vez en inglés en 1824 para designar la cantidad de energía necesaria para provocar la ruptura de un metal. Se mide en julios/cm2. Sería parecido a resistencia.

Sin embargo, hoy día, más que la resistencia designa la capacidad de regresar al estado original tras sufrir un acontecimiento excepcional.

Ahora bien, según la RAE, resiliencia en un ser vivo, que es lo que aquí nos interesa, es la capacidad de adaptación frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Por tanto, no hay vuelta a la situación original, ya que la adaptación obliga a introducir cambios. Sin embargo, la resiliencia en el metal no implica cambios tras realizar el esfuerzo de soportar la carga. Puede sufrir lo que se denomina fatiga, pero no hay adaptación, al contrario. Es una especie de examptación.

Leo un interesante trabajo sobre la resiliencia de la respuesta al estrés. Precisamente esa respuesta es una adaptación urgente a un estímulo perturbador cuando el organismo se modifica internamente para soportar la agresión. Una vez resuelta, vuelve, teóricamente, al estado original. Pero no es así. Ese esfuerzo ha enviado una señal a los genes que se ocuparon de crear los medios para responder y, ante la posible renovación de la amenaza, se mantienen activos: fabrican las moléculas que hacen más resistente al organismo frente a ese estrés. Y por un principio de economía, si no se repite el estímulo, los genes se apagan. Pongamos un ejemplo visible. Si se someten los músculos del brazo a una carga alta, harán un esfuerzo para soportarla a la vez que se preparan para crear más músculo. Si el esfuerzo se repite, veremos el músculo crecer. Y si se deja de hacer pesas, el músculo adelgazará.

En el trabajo aludido, los investigadores dividieron ratas de las mismas camadas en dos grupos: uno, sin apenas opciones de moverse; el otro, con juegos que ellas disfrutan y haciendo carreras. Observaron que el segundo grupo producía más galanina, un neurotransmisor involucrado en el estrés. Por ejemplo, los niños que soportan peor el maltrato tienen menos receptores de galanina, y al contrario. Pues en las ratas que hacían ejercicio aumentan esos receptores, así como la actividad genética que produce galanina. Y cuando se sometieron a un estrés lumínico del que no podían esconderse, lo soportaron mejor: producían menos cantidad de hormonas y neurotransmisores relacionados con el estrés.

Los seres humanos no somos ratas, pero posiblemente en estas respuestas elementales nos parezcamos bastante. La posibilidad de que el ejercicio físico mejore nuestra capacidad de responder al estrés, o de soportarlo cuando no podemos evitarlo, es muy interesante. Porque la realidad es que pocas veces podemos cambiar las circunstancias que nos afligen. Cuando se puede, tener abundante galanina ayuda a movilizar todos los recursos. Y cuando hay que convivir con la amenaza, tener más galanina posiblemente ayude a adaptarse a esa situación indeseable.

Pero, claro, como ocurre con los músculos que visiblemente se adaptan a la exigencia y rápidamente se acomodan a la falta de ella, posiblemente para incrementar la fortaleza frente al estrés que pueda proporcionar el ejercicio se precisan dos condiciones: la primera, continuidad; la segunda, esfuerzo.

Casi todo lo que tiene que ver con la pandemia es malo para casi todos. Algunas cosas son buenas para unos pocos. Otras pueden ser para muchos o todos. Por ejemplo, ha estimulado, al menos aparentemente, la realización de ejercicio. Sus beneficios para la salud son de sobra conocidos. Además, si realmente incrementa la resistencia al estrés, en una circunstancia como la que vivimos puede ser un recurso muy valioso. Más aún si, como se cree, hace que las vacunas sean más eficaces. Porque además de la protección cardiovascular, de mejorar el metabolismo de la glucosa, de disminuir el riesgo de algunos cánceres, etcétera, parece que estar en forma fortalece el sistema inmunológico.

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