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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

Vacunas y ejemplaridad

Con estas jeringuillas se podrá aprovechar al máximo la vacuna de Pfizer

Con estas jeringuillas se podrá aprovechar al máximo la vacuna de Pfizer

Hay una lógica inexorable: llega una fase nueva, ahora la vacunación, y aparecen rasgos esenciales de nuestra época. 1) No hay experiencia de planificación estratégica y algunos dirigentes acumulan errores por su afición a la improvisación. 2) Emergen de las profundidades una caterva de logreros, suficientes para deslucir el paisaje y echar insulto sobre el dolor. 3) Crece la desconfianza: lo que causa desánimo no son unos imbéciles sino la repetición del esquema, que acrecienta la crisis de la política. A los partidos les vale con que nadie de los suyos se cuele y con que pueda competir con los otros en quién toma más medidas punitivas a posteriori. Súmese que una buena parte de los casos conocidos tienen caracteres zarzueleros: un matrimonio de alcaldes de distintos municipios, un alcalde que entretiene su ocio como médico deportivo, consejeros llorosos en el momento de los adioses, médicos confusos porque no saben si son políticos o, precisamente, médicos. Faltan unos picadores, una carmelita descalza, un concejal de fiestas y un carlista. Este año es el centenario de Berlanga.

Dicho lo cual parece de interés hacer una reflexión sobre porqué nos parece mal lo sucedido. No cabe duda de que, intuitivamente, la parte emocional de nuestro cerebro rechaza el comportamiento. Pero si tenemos que explicar las razones nos cuesta más. Sobre todo porque lo esencial del enfado deriva de que los sorprendidos con las manos en la vacuna son políticos. Si son “ciudadanos de a pie”, “normales”, el rechazo es menor. El que nunca se haya colado en el cine o en el supermercado que tire la primera piedra. Desde luego no es equiparable inmunizarse que poder asistir a una película o llegar a casa con un pollo deshuesado, pero el fondo moral de la cuestión -transgredir un principio jurídico que prioriza algún elemento concreto para establecer un orden comprensible- es semejante. Insisto: intuitivamente sabemos que no es así. Pero es difícil de argumentarlo. Afortunadamente.

La cosa sería más sencilla si la política no estuviera enferma de desconcierto grave. Si así no fuera, el primero en recibir pinchazo hubiera sido el Rey y luego la Princesa de Asturias, porque por encima de mis convicciones republicanas, debo poner -republicanamente- el respeto al sistema constitucional vigente. Y, luego, el presidente del Gobierno, algunos ministros, presidentes autonómicos, líderes de la oposición…. Porque si no se les considera indispensables para regir la sociedad en una crisis como esta, ¿cuándo lo serán? Puedo aceptar, hipotéticamente, que todos los que ahora ocupan esos puestos lo hacen mal y son peligrosos. Pero entonces habría que indicar quién lo haría mejor. Y por qué, en qué se fundamenta esa convicción. En todo caso habría que defender que, en una futura guerra, Rey, presidente del Gobierno, Puig o Ayuso se vayan a primera línea a pegar tiros en lugar de permanecer en un bunker bien comunicado y salvaguardado, recibiendo información y dando órdenes para ganar batallas y proteger a la población. No sé lo que han hecho en otros lugares, pero esta actitud de punición a los políticos debe ser muy común en las democracias. En el Vaticano, que ha comprado 10.000 vacunas, el primer día se vacunó al Papa, y el segundo al Pontífice Emérito (fuente: “La Croix”, edición digital en castellano).

Entonces ¿no debe el político ser “ejemplar”? Este es un lugar común. Tanto que casi no lo sometemos al escrutinio de la razón. La verdad es que tengo mis dudas. Depende de para qué y a qué precio. Un político muy ejemplar, empeñado en imponer sus creencias puede ser una carga muy dura. Sin ir más lejos: aquí, durante lustros, aceptamos y hasta jaleamos mayoritariamente a políticos ejemplares en enseñarnos que todo valía para acumular dinero y contratar hipotecas. A lo mejor sería bueno que los ciudadanos, y las redes en que se organizan, fueran ejemplares para los políticos y les dijeran lo que quieren que hagan en muchas materias. Si les dicen que hay que tirar al mar a los inmigrantes, ¿serían ciudadanos ejemplares?, ¿deben hacerles caso los políticos? Y hay otro pequeño problema: ¿dónde acaba la ética pública y comienza la privada en el político al que se pide ejemplaridad?

¿Significa esto que defiendo la amoralidad como fundamento político? No, aunque mejor sería hablar más de política -fines, medios y planificación- que de grandes principios morales inverificables. Lo que sucede es que políticos y ciudadanía no son realidades escindibles de manera radical, sino que comparten cultura y expectativas. Los políticos nos hieren cuando se saltan las colas de la vacunación porque se traicionan a sí mismos, porque sobrentendemos que “ellos” han establecido unas normas, por precarias que sean y que no deben abusar de su posición. Que se altere el orden en unas cuantas vacunas no va a perturbar demasiado las cosas. Pero que toda esperanza de mirar el futuro con algo de tranquilidad se disuelva por esos pocos sinvergüenzas -ninguno ha mostrado vergüenza por lo hecho- sí supone un atentado grave a la ética básica: la que debe garantizar la autonomía de la política ante las decisiones individuales conducidas por intereses particulares. En esto o en el diseño de un Plan General de Urbanismo.

La única salida restauradora es la dimisión porque garantiza que no pueda volver a hacer algo así. Discrepo, sin embargo, de la decisión de no aplicarles la segunda dosis. Porque se pierde una vacuna por cólera y eso es mal argumento ético; porque pueden contagiar y maldita la gracia; porque si enferma consume recursos públicos; porque si muere es como si se le aplicara la pena capital, y eso es excesivo.

En fin, lo dicho: planificación de las operaciones en marcha y más transparencia son buenas vacunas para reducir el sentimentalismo y restablecer alguna confianza en que las cosas pueden arreglarse de manera razonable. Próxima parada: fondos de reconstrucción: ya verán como con planificación y transparencia hay menos problemas éticos. Por ejemplo.

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