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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Primavera

De los sitios hay que irse el último y como queriendo volver... Otra cosa es la política

4M- Errejón cree que Iglesias "suma" y afea las críticas a García: "Los hombres no tienen que ser siempre protagonistas"

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Digo hola y adiós con el mismo entusiasmo, ese es mi único talento. Llegar es como correr, un deporte vulgar al alcance de casi todos, pero irse… irse requiere cabriolas y tirabuzones. De portazos está el corazón lleno. Se creía virtud lo de irse a la francesa, pero es más bien de horteras, como acercar la silla a las damas, cruzar los cubiertos sobre el plato o llevar la chaqueta al hombro enganchada con el índice. De los sitios hay que irse el último y como queriendo volver. La bailaora jerezana Soraya Clavijo dijo que «la bulería es un palo de replante. Hay que saber cómo recogerse, cuándo salir, cómo marcar y, sobre todo, hay que pararse». En la vida, como en las bulerías, hay que hospedarse en el vértigo. Frenarnos sin bocado. Estar como si siempre hubiésemos estado y no estar como si nunca nos hubiéramos ido.

Empiezan a pesar los días porque no hay un final. Hasta la más oscura noche muere iluminada, pero la pandemia no afloja y me siento como en un ascensor que se ha quedado en la entreplanta. Si el desierto no nos mata de calor o de sed, nos matará de aburrimiento. «Yo no soy un hombre vanidoso», le dije a Carmen. «Eso lo decidiremos los demás», me contestó. Un amigo combatía la ruina estando siempre tieso. Una amiga evitaba el fracaso no decidiendo nunca. Yo quise evitar la caída negándome a volar. Pero luego los días te ponen en la rama y te empujan; y entre el suelo y la vida, uno tiende a elegir la vida.

No siempre es así, pero esos temas hay que tratarlos. «Vete al médico», le gritaron a Íñigo Errejón, cuando dijo en el Congreso de los Diputados que entre el suelo y el vuelo, había quien sólo encontraba alivio en el pavimento, en la rotunda partida. Vivir, a veces, es terrorífico. No hablo de miedos peterpanescos, de problemas tiernos como raíces. Hablo de laberintos, de un puercoespín que usa nuestro esternón como madriguera. Albert Camus hablaba de la rutina de Sísifo, condenado a empujar montaña arriba una roca que siempre retornaba rodando hacia su lugar de origen. Un castigo divino por su voracidad existencial, por su humana intrascendencia. En cada nuevo descenso hacia esa roca, Sísifo redescubría lo absurdo de su tarea. Que siempre caminaría solo. Que la felicidad no le aguardaba en ninguna parte.

Hay un Sísifo dentro de todos nosotros. También en aquel diputado que jaleaba como un chiquillo. Y es en estos días de mierda, con la enfermedad rondando a nuestros padres, echando a gente de sus trabajos y taponando nuestro futuro, cuando más fuerte se hace. Cuando con más coraje empuja su roca y, con ella, hasta el precipicio, nuestro destino.

No veo mal que alguien se mude de partido. La política no es una cuestión de fe, sino de ideología. Y las ideas se transforman, se amoldan, crecen o se pervierten. Lo que no se puede es ir con un equipo en el primer tiempo, que el rival nos meta tres a cero, y cambiarte la camiseta en el descanso. La realidad a veces supera la ficción, es decir, a veces pasan cosas que no se les hubieran ocurrido ni a los guionistas del Cuéntame. La moción de Murcia ha sido como cuando en Lost no pusieron en el ordenador de Desmond los números malditos.

Digo hola y adiós con el mismo entusiasmo, ese es mi único talento. Llegar es como correr, un deporte vulgar al alcance de casi todos, pero irse… irse requiere cabriolas y tirabuzones. De portazos está el corazón lleno. Se creía virtud lo de irse a la francesa, pero es más bien de horteras, como acercar la silla a las damas, cruzar los cubiertos sobre el plato o llevar la chaqueta al hombro enganchada con el índice. De los sitios hay que irse el último y como queriendo volver. La bailaora jerezana Soraya Clavijo dijo que «la bulería es un palo de replante. Hay que saber cómo recogerse, cuándo salir, cómo marcar y, sobre todo, hay que pararse». En la vida, como en las bulerías, hay que hospedarse en el vértigo. Frenarnos sin bocado. Estar como si siempre hubiésemos estado y no estar como si nunca nos hubiéramos ido.

Empiezan a pesar los días porque no hay un final. Hasta la más oscura noche muere iluminada, pero la pandemia no afloja y me siento como en un ascensor que se ha quedado en la entreplanta. Si el desierto no nos mata de calor o de sed, nos matará de aburrimiento. «Yo no soy un hombre vanidoso», le dije a Carmen. «Eso lo decidiremos los demás», me contestó. Un amigo combatía la ruina estando siempre tieso. Una amiga evitaba el fracaso no decidiendo nunca. Yo quise evitar la caída negándome a volar. Pero luego los días te ponen en la rama y te empujan; y entre el suelo y la vida, uno tiende a elegir la vida.

No siempre es así, pero esos temas hay que tratarlos. «Vete al médico», le gritaron a Íñigo Errejón, cuando dijo en el Congreso de los Diputados que entre el suelo y el vuelo, había quien sólo encontraba alivio en el pavimento, en la rotunda partida. Vivir, a veces, es terrorífico. No hablo de miedos peterpanescos, de problemas tiernos como raíces. Hablo de laberintos, de un puercoespín que usa nuestro esternón como madriguera. Albert Camus hablaba de la rutina de Sísifo, condenado a empujar montaña arriba una roca que siempre retornaba rodando hacia su lugar de origen. Un castigo divino por su voracidad existencial, por su humana intrascendencia. En cada nuevo descenso hacia esa roca, Sísifo redescubría lo absurdo de su tarea. Que siempre caminaría solo. Que la felicidad no le aguardaba en ninguna parte.

Hay un Sísifo dentro de todos nosotros. También en aquel diputado que jaleaba como un chiquillo. Y es en estos días de mierda, con la enfermedad rondando a nuestros padres, echando a gente de sus trabajos y taponando nuestro futuro, cuando más fuerte se hace. Cuando con más coraje empuja su roca y, con ella, hasta el precipicio, nuestro destino.

No veo mal que alguien se mude de partido. La política no es una cuestión de fe, sino de ideología. Y las ideas se transforman, se amoldan, crecen o se pervierten. Lo que no se puede es ir con un equipo en el primer tiempo, que el rival nos meta tres a cero, y cambiarte la camiseta en el descanso. La realidad a veces supera la ficción, es decir, a veces pasan cosas que no se les hubieran ocurrido ni a los guionistas del Cuéntame. La moción de Murcia ha sido como cuando en Lost no pusieron en el ordenador de Desmond los números malditos.

Irse del partido que te encumbró sin decir adiós, tras un acuerdo clandestino en un restaurante, a cambio de un carguito, es a la política lo que el Pato Donald al Colegio Oficial de Logopedia. Hasta para sufrir uno debe tener vocación. Lo fácil, aunque lo disfracen de valentía, es entrar por la puerta y salir por la gatera. Los políticos, lo siento así, no nos está acompañando en este siniestro camino.

Las ciudades están selladas y nosotros con ellas. Cierro mi propia jaula con gusto si así puedo salvar la vida de gente a la que ni conozco ni conoceré jamás. Son días tristes. Un tiovivo que gira vacío. Una bicicleta sin ruedas y encadenada. Un bolígrafo roto, su estallido de tinta. La esperanza es gris como un gato que se arremolina en nuestro regazo; cálido y ajeno, nuestro y de nadie. Hoy empieza la primavera, pero viste colores oscuros. Somos un país de holas encendidos y adioses lúgubres.

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