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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Chusneo

Los girasoles también se pueden colocar en la cocina o en el baño

Los girasoles también se pueden colocar en la cocina o en el baño

Llevo años aprendiendo a decir que no, y ahora que por fin he aprendido a hacerlo, quiero decir que sí a todo. En Córdoba existe una palabra que define, perfectamente, mi ansia vital: Chusneo. Siete letras que se embalan y chispean sobre dos rieles: el de la indagación y el del júbilo. Chusnear es un verbo primaveral y bárbaro. Es salir a buscar la luz como un girasol desraizado. Echarse a la calle a reír y amar y dar los buenos días a los hermosos desconocidos. ¿Qué es el amor sino una curiosidad desbordada? ¿Qué es la vida sino profundizar en los demás para entendernos a nosotros mismos? Un mordisco de flores, una pisada fosforita, un viaje que es un lucero en la frente oscura.

Hacer el amor es rascarle lo quemado a las tostadas. Hacer el amor es llevar siempre en la boca este sí vasto y dorado como una duna. «¡No somos robores!», grita un amigo cuando la rutina es brea y la angustia nos clava sus colmillos tristes, nos abraza con sus garras ciegas. Y tiene razón. Somos carne alborozada y dudas. Somos una arquitectura de diamante y miedo. La vida es corta pero ancha. Los días son fugaces pero feroces. Yo, como León Felipe, quiero «ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos». Pasar por todo una vez. Y hacerlo ligero.

«Quiero morir muy viejita, mirando el mar, con las mejillas rojas por el sol, con mis nietos jugando a mis pies y una cesta de higos en el regazo», me dijo una amiga, y rezo porque pueda cumplir su sueño. En casa hemos sembrado amapolas. Por supuesto, queremos que nazcan; pero nos hemos manchado las manos de tierra y, ya con eso, creo que ha merecido la pena. Hay fracasos bellos. Hasta los descampados ocultan su arisca lindeza. De esta vida no saldremos vivos, pero hemos dejado un regadío de días felices. Parece que todo se va, pero es terca la alegría: Se abraza a los tobillos, quiebra las cortezas, nos hace únicos con su boba y empecinada luz. No subestimemos a la primavera.

Una carrera en la media esconde más misterios que un libro sobre la mesita. Los te quieros infantiles son teatrales y claros. Los te quieros adultos son graves y enmarañados. Que dios me libre de las cocinas que se incorporan al salón, convirtiendo nuestro hogar en un plató de Master Chef y no en lo que debería ser: Futón y tea. Un refugio contra las cosas pendientes. Quiero dormir la siesta sin escuchar el chisporroteo del ajo, quiero cortar cebollas sin que toda mi familia me vea esmorecido. Calentar cafés en el microondas. Hacer el amor, decía: Exprimir naranjas, entregar como una ofrenda un zumo fresco lleno de vitaminas huidizas.

Somos los pisos que habitamos. Ya no se llevan los atrapasueños, ¿verdad? ¿Es que acaso lograron capturarlos todos? Una vez amueblé un piso con una mujer a la que amaba. Discutíamos en los pasillos de Muebles Peralta. Los cuartos eran pequeños y yo quería una cama de 90 centímetros y ella pensaba que si venía algún invitado estaría más cómodo en una de 105. Fue a más. Alzamos la voz. Quizá la cama fuera sólo el periscopio de un submarino enorme, de problemas gigantescos que navegaban plácidos y nucleares bajo la superficie. «Estamos peleándonos por una polla de diferencia», dije, elevando los índices, calculando entre ellos la medida de un pene español estándar. Reímos juntos. Pero ya estaba todo el pescado vendido. Y ambos lo sabíamos. Aun así lo intentamos. Amar es intentarlo y fracasar con empapada y dorada dignidad. Compramos la de 105. Al año y medio la vendimos por menos de la mitad de lo que nos había costado. Vaciamos el piso y con él nuestros corazones. El mío se quedó así, despejado y funesto, durante algunos años.

Pero no son días de contarse penas. ¿No sentís como yo que este itinerario de sombras empieza a clarear? ¿No sentís que el futuro depende de nosotros? Como en el poema de William Carlos Williams: «Tantas cosas dependen de una carretilla roja lustrosa por el agua de la lluvia entre gallinas blancas». ¿No sentís que tenemos que avanzar por decoro y respeto a los adioses? ¿Que estar aquí es un latigazo y un destello y una oportunidad para demostrar eso tan cursi de que saldremos mejores de esta tiniebla?

Depender de las cosas sencillas. La cerveza es barata. Apetecen los altramuces y los besos. Hay un sí en los labios, que son como una flor que danza loca por el viento. Hay un sí las manos y en los ojos y un sí en el juego de los niños y hasta en las prisas hay un sí. En el andar ligero y en el tomarse algo rápido. Hay un sí en cada casa y mi pecho es un mueble bar lleno de síes enmarcados. Ahora sí. Quizá sea momento de lanzarse a las tardes azules y llevar la penas con honor y quizá, qué excentricidad, bajar el ritmo de insultos y sinsabores, del pavor y de los chismes, decir que sí y enredarse en otros cuerpos y pensar antes de hablar y aparcar esta terribilidad, esta sobreactuación, este infantilismo inmovilizador y comportarnos como los adultos que somos. Que deberíamos ser. Construir algo juntos. Esas cosas demodé. Será el sol, pero qué ganas de chusneo, qué mema y prístina esperanza.

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