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Ánxel Vence

La realeza sale del armario

La realeza sale del armario

Cuentan los noticieros del corazón que el duque Francisco, jefe de la Casa Real de Baviera, ha sido el primer miembro de la realeza europea en hacer pública su homosexualidad, al difundir días atrás una fotografía en la que posa con su novio. Lo ha hecho a los 87 años (de edad, no de noviazgo), detalle que sin duda le añadirá morbo a los y las cotillas interesados en estas cuestiones privadas. 

Si los cálculos de la prensa rosa no fallan, Francisco sería el primero de los royal que sale del armario sin complejos, aunque probablemente haya habido otros que no pudieron hacerlo debido a los prejuicios de épocas antiguas. O no tan antiguas, si se atiende a los exabruptos de no pocos machotes que todavía circulan por ahí. 

En España, sin ir más lejos, dio que hablar ya en el siglo XIX el caso de Francisco de Asís de Borbón, marido de Isabel II, al que la propia reina -su prima- atribuía una vocación erótica poco adecuada a su tiempo. Años después de su destierro y abdicación, ya en el exilio parisino, la exmonarca hizo al embajador de España esta confidencia nupcial: “¿Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes en el camisón que yo misma?”.

Todo esto carece de relevancia en el mundo civil de sangre roja, tan diferente de la azul a ciertos efectos. A nadie le importa o debiera importarle que un presidente o presidenta de República manifieste mayor interés por las gentes de su mismo sexo que por las del contrario. Son los electores y no el ADN quienes los legitiman para el cargo.

Los problemas se plantean con la institución monárquica, incluso en su actual versión modernizada y parlamentaria. La razón de que tal suceda está vinculada a la esencia misma de las dinastías. 

Sabido es que la indeclinable función de los reyes -ahora reducidos a un papel básicamente representativo- consiste en transmitir el ADN de la estirpe mediante la generación de herederos. Tarea complicada con una pareja del mismo sexo. 

Lo entendió muy cabalmente el pintor Salvador Dalí, famoso devoto de la monarquía que también en esto era un genio. “La monarquía”, argumentaba Dalí en su defensa de la institución, “es la prueba de la validez del ácido desoxirribonucleico (o ADN) por la que se demuestra que, desde la primera célula hasta la última, todo se ha transmitido genéticamente”.

Fue, sin duda, uno de los pocos monárquicos -si no el único- que abogaba por ese régimen apelando a razones estrictamente científicas. 

La explicación puede parecer algo surrealista, como su propio autor; pero no por ello deja de resultar verdad que las dinastías son la apoteosis del ADN desde el momento en que la función de los reyes es de orden crudamente reproductivo. El trabajo de un moderno monarca, ya desprovisto de poderes ejecutivos, consiste en leer discursos y asegurar la transmisión de su código genético a la descendencia.

De ahí que la homosexualidad, ya casi normalizada por fortuna en el ámbito social, siga siendo un tabú y desde luego un inconveniente en los dominios de la realeza. Quizá por eso haya sido noticia la salida del armario protagonizada en las revistas por el jefe de la Casa Real de Baviera. Otra cosa es que sus posibilidades de heredar el trono de un reino que se extinguió en 1918 sean más bien escasas; pero tampoco hay por qué quitarle su mérito al gesto. 

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