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Matías Vallés

Oblicuidad

Matías Vallés

Voy al cine a gozar, pero solo quieren instruirme

Familias enteras disfrutan del cine al aire libre

Ellos pagan para gozar, no para aprender”. Así se expresa Shakespeare en un cuento de Kipling. Solo puedo añadir que es cierto en mi caso, pero los malditos creadores se han inundado de pedagogía moralizante. Es imposible contemplar un espectáculo que no aspire a contener la versión definitiva de la migración, el feminismo o la guerra. Sin olvidar a la infancia, el refugio de los seres insípidos. El horaciano “instruir deleitando” ha sido amputado de la segunda mitad. La instrucción del populacho garantiza hoy el aburrimiento.

Voy al cine a gozar, pero solo quieren instruirme. La trampa opera por partida doble. En primer lugar, quién se negaría a ver una película sobre la matanza de Srebrenica (sí, estoy pensando en Quo Vadis, Aida?). Se necesita ser insensible para rechazar esta propuesta educativa, aunque debiera amoscarnos que en la sala solo haya media docena de espectadores, y que la mayoría no tengan muy claro el producto que han contratado. Pero sobre todo, quién se atrevería a confesar que no se ha conmocionado ni emocionado siquiera con esta cinta desgarradora. Podría enfrentarse al tribunal de La Haya, después de haber pasado por taquilla. A todo esto, los intelectuales elitistas que insisten en que necesitamos educarnos sobre las guerras portátiles contemporáneas se han quedado cómodamente en casa, presumiendo de que revisan a Godard cuando en realidad visan a Santiago Segura.

Si sostienes que Brokeback Mountain es un producto infecto, y me quedo corto, es peor que si le hubieras presentado al acomodador la papeleta de Vox. Te recriminarán tu insensibilidad hacia el drama humano quienes solo han visto algunos fragmentos de la película por el móvil, lo cual equivale a comer caviar después de arrojarlo al suelo. Y como siempre se puede empeorar, en casa tendrás que aguantar al protagonista explicando la sacudida intelectual que recibió al interpretar el papel, cuando lo seleccionaron por sus pectorales y no por sus hemisferios cerebrales.

No entiendo por qué habría de aceptar en el cine lo que no soporto en el telediario. Convendría acabar con algunos consejos para evitar a los moralizadores, pero son demasiado elementales. Evitar cualquier película con niños, descartar todo título que se refiere a una idea en lugar de una trama, asegurarse de que haya un asesinato y de que lo haya cometido el bueno de la película para evitarse una oda maniquea. En fin, las mismas recomendaciones que garantizan la supervivencia en la gran ciudad, ese conglomerado amoral.

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