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Luis M. Alonso

Las barras de los bares

Clientes en un bar de Sevilla.

Hemos llegado a desesperar aguardando por las barras de los bares. Y si hay algo desesperante es la espera. Puede ser a lomos de un burro melancólico, como escribía Ruano, o simplemente ejerciendo la más prosaica impaciencia. Pero la espera desespera. En una terraza, agota. Las terrazas se han convertido en la desconexión del bar y, además, tampoco se puede fumar en ellas. Son la desnaturalización de un producto de ocio y, sin embargo, nos hemos acostumbrado a verlas por doquier hasta el punto de que en las aceras solo hay terrazas pobladas hasta ahora de los impacientes que aguardaban como agua de mayo poder acodarse en una barra. 

Ha sido el otoño, que aparece una vez al año y muchas veces lo hace discretamente, el que ha devuelto las barras que algunos bares no tienen pensado seguir atendiendo. Las costumbres, aunque arraigadas, de no practicarlas se pierden y en las medias alternativas los hosteleros pueden que hayan encontrado la solución para reorientar sus negocios. Pero una caña de cerveza o una copa de vino en la barra de un bar es un placer común irremplazable en este país. 

El otoño, que es melancólico por naturaleza, parece como si quisiera liberarnos de tanta melancolía acumulada devolviéndonos al meollo de nuestros mostradores más queridos. En la etimología, bar proviene de barra, tanto si acudimos al latín como al inglés. Este último idioma nos enseñó precisamente que el que la atiende es un barman, por eso no es fácil de asumir que en el Reino Unido, a diferencia de otros lugares del planeta, los bares se llamen pubs.

Entre sus oportunidades infinitas la barra ofrece trago y hasta conversación con el de al lado. Pero también diván y recogimiento, además de pinchos. Es una alegría volver a recuperarla, probablemente el mayor signo de normalidad que ofrece la pospandemia. El más sincero y evaluable, al menos. 

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