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Juan Llorens

La tribuneta

Juan Llorens

Aquella formación en dibujo y pintura

La Escuela de Pintura del Hort del Xocolater. | INFORMACIÓN

En el curso lectivo 1974-75 se ponía en marcha la Escuela de Pintura del Hort del Xocolater, en Elche. Una escuela de arte al aire libre patrocinada por la CAAM de entonces. Feliz idea del delegado de Obras Sociales, Jaime Brotóns Guardiola, con el asesoramiento de los arquitectos Manuel y Tomás Martínez Blasco: «Confesemos que quisimos imitar a la escuela naturalista de Barbizón. Intentamos rememorar aquel grupo de pintores encabezados por Teodoro Rousseau, al que se añadieron Dupré, Díaz de la Peña, Daubigny… Porque aquellos iluminados fueron los primeros en entender que el bosque de Fontaineblau podría susurrarles la gracia de sus enseñanzas» (En catálogo conmemorativo de los 25 años de la Escuela, año 2000). Los profesores de la Escuela serían los pintores del ya famoso Grup d´Elx: Toni Coll para los niños, Alberto Agulló para los adultos principiantes y Sixto Marco para los más veteranos. Se hacía un examen de aptitud para entrar.

Toni Coll se trasladaría pronto a Palma de Mallorca y su puesto lo ocuparía el pintor y profesor de instituto Ramón Díaz Padilla, a quien más tarde sustituiría yo. Hasta este momento la enseñanza del dibujo y la pintura en nuestra ciudad se concentraba en la Academia Municipal de Dibujo y Pintura; los cursos de dibujo y pintura por correspondencia; la metodología Freixas, por láminas, y las lecciones de algún pintor local en su taller. Ver al respecto el magnífico estudio elaborado por el investigador ilicitano Vicent F. Soler Selva: Acadèmia Municipal de Dibuix i Pintura d´Elx (1919-1985), en la Cátedra Pedro Ibarra de la Universidad Miguel Hernández (2019).

En la flamante Escuela de Pintura del Hort del Xocolater se pintaba al óleo desde el primer día. El esplendoroso escenario natural del Hort del Xocolater, repleto de palmeras y plantas, parecía suficiente para aprender a pintar por sí mismo. Todo estaba en plan experimental. Había alumnos de un gran talento naïf a los que se trataría con exquisito cuidado. Las producciones de los niños eran todo un compendio de arte moderno. Los profesores mirábamos aquello sin tocarlo, sencillamente humillados por tanta valentía. Y daba gusto ver salir del Hort a los pequeños artistas con su maletín de pintor, manchados de pintura hasta los ojos y oliendo a aguarrás. Era una estampa maravillosa y sin precedentes.

El magisterio de Alberto Agulló se encaminaba a los fundamentos básicos del dibujo y la pintura, como perspectiva, composición, colorido, etcétera. Alberto daba la imagen del profesor paciente y amable pero de sentido recto, sin bromas. Se le veía a gusto transmitiendo sus vastos conocimientos de taller sin guardarse ningún secreto. La obra personal de Alberto se fundamentaba en maderas y arenas incorporadas al cuadro, de características abstractas o de la nueva figuración. Pero también hacía una obra bellísima, bajo seudónimo, para la industria de la decoración. Alberto contagiaba su pragmatismo enseñando las diferencias entre un cuadro auténtico y uno de pega. Admiraba a Sixto a más no poder y era feliz pasándole los alumnos lo más preparaditos posible. Alberto era un trabajador nato y merecía toda la confianza del delegado de Obras Sociales para los asuntos prácticos de la Escuela.

Las clases de Sixto Marco se desarrollaban con los alumnos más introducidos en la pintura. Sixto enseñaba por modelado, podía meterse en los trabajos de los alumnos y transfigurarlo todo a su manera. Al tiempo que desarrollaba su particular cruzada contra los «contornos» que rebordeaban las formas en algunos cuadros de la época, señas de identidad de otros pintores locales como José Cañizares. Los replicantes de Sixto se asemejaban en sus cuadros a las primeras obras del maestro, a caballo entre el cubismo y el expresionismo. Era de cine la cara de los alumnos cuando Sixto les cogía el trapo de limpiar los pinceles y embadurnaba todo lo que habían pintado con tanto detenimiento. De estas azarosas manchas, como por arte de magia, emergía de nuevo todo lo que se había borrado, pero resuelto ahora con cuatro toques de espátula. Se recuerda con admiración los días de lluvia en que Sixto cogía la paleta y pintaba un cuadro de principio a fin delante de todos.

Siempre será de la leyenda el lenguaje metafórico de Sixto y que tantos entuertos ocasionaba. Recuerdo a una insegura mujer que le enseñaba a Sixto lo que había pintado. Respuesta: «Y para hacer esto ha dejado usted a su marido en casa, en vez de estar haciéndole una buena tortilla para almorzar?» La mujer se puso de todos los colores y apenas pudo despegar palabra. El celo de Sixto con su enseñanza era incuestionable y se rechazaba cualquier otra información al respecto, incluso los libros de educación artística se consideraban «intrusos». Su mejor frase para el recuerdo: «antes que pintar comercial, cortaros las manos».

Continuará…

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