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Mari Carmen Díez Navarro

Crear al alimón

Crear al alimón

Mi amiga Mercedes es ilustradora, diseñadora, fotógrafa, panadera, «tallerista» y unas cuantas cosas más. Y todas ellas las lleva a cabo con un radiante brillo creativo, una gran alegría al inventar, un sentido deseo de belleza y un talante tenaz e ilusionado.

Hemos compartido muchas vivencias, porque fui maestra de sus hijos y eso conllevó que mantuviéramos bastante relación. Ella era una madre muy colaboradora, que igual venía a la clase a pintar con los niños una Menina, que a bailar sevillanas en el Mayo Musical. Por mi parte, yo siempre he sido una maestra innovadora y atrevida, que invitaba a los niños a expresarse, a explorar y a disfrutar. Y compaginamos bien.

Trabajar con Mercedes es ponerse a jugar, a imaginar, a estrenar colores, perspectivas, escenas y materiales. Es meter las manos en el barro o la pintura, confiar en la belleza que probablemente surgirá. Es ponerse a soñar, a recordar la propia infancia, y a revivirla con sus matices más emocionantes. Además, las dos tenemos ideas parecidas sobre la expresión subjetiva que emerge, libre, de las personas cuando se crea algo, sobre el acercamiento del arte a los niños, sobre la educación emocional, sobre el vínculo imprescindible entre maestros y alumnos, que lleva a que el aprendizaje sea un acompañamiento, un contagio de deseos, una guía y un placer.

Así que cuando emprendemos un proyecto juntas, nos dejamos ir y vamos aportando con naturalidad lo que se nos va ocurriendo. Y entre risas y desorden creativo, recorremos la tarea juntas y lo pasamos realmente bien, haciendo brotar vidas nuevas a los objetos que tenemos guardados en nuestras casas, a los juguetes de nuestros hijos (y nuestros…), a los cuentos que nos gustan, a las piedras, las telas, los pendientes y hasta a las cosas de comer, que aparecen en las obras de Mercedes cuando menos te lo esperas.

En estos momentos estamos enzarzadas en la ilustración de una pequeña colección de cuentos que escribí hace tiempo a partir de recuerdos de mi infancia, y que tienen resoluciones fantásticas.

Cuando le propuse a Mercedes ilustrar estos cuentos, me puso como condición que pensáramos juntas las ilustraciones. «Así lo pasaremos bien y seguro que, con las ideas de las dos, nos salen genial». No necesitó esforzarse mucho para convencerme, (esto es muy adictivo), así que enseguida empezamos. Nos reunimos en su casa, que es donde tiene su arsenal de artilugios y materiales. Mis cometidos suelen ser sencillos: pensar con ella las escenas, recortar o pintar algo, elegir letras y colores, aportar materiales, imaginar y divertirme.

Su trabajo, en cambio, es mucho más copioso: ella dibuja, pinta con acuarelas o témperas, fotografía, retoca, compone con el ordenador, y hace de los sueños realidades, como si tuviera una varita mágica en la mano. Vamos avanzando entre subidas y bajadas al trastero, acarreo de cajas, búsqueda de muebles en la casa de muñecas de su infancia, probaturas y encargos a los padres, sus primeras fuentes de inspiración.

Mercedes ha resultado ser la reina de la pistola de silicona, de lograr sombras y reflejos sugerentes en las fotografías, de dar armonía a los elementos de cada escena, de introducir comidas con cualquier motivo: fideos como rizos, coca de mollitas como nubes, panes, rosquillas, chocolate. Todo es susceptible de ser utilizado en nuestros cuentos. Vamos por calles y casas ojo avizor, y, efectivamente, encontramos tesoros útiles y bellos: una planta que parece una palmera, la caja de los cereales del desayuno, dátiles, tul de lunares, azulejos, cristales pulidos por el agua…

El otro día me dijo que trabajar conmigo le recordaba a cuando hacía los montajes del escaparate del horno de su familia con su tía, a la que quería mucho y que falleció hace unos años. Por lo visto, se llevaban muy bien y creaban hermosas escenas, que eran visitadas por todo el pueblo. Su padre hacía las cosas de hierro o madera, la madre cosía y cocinaba lo que iba a aparecer en el montaje y ella se implicaba de todo corazón, poniendo su inquieta y lúcida imaginación a trabajar. Los resultados, que me enseñó en fotos, eran realmente magníficos. Yo le conté que jugaba en la calle, en el zaguán de mi abuela, en el patio de mi tía, en el balneario de la playa, con la caja de botones antiguos de las modistas vecinas, con los pétalos de los geranios…

Convinimos en que nuestra manera de concebir la ilustración basada en el collage y utilizando objetos usados, no venía de la idea del reciclaje como activismo ecológico, sino pura y directamente del juego. «A nosotras nos salen estas cosas tan bonitas porque hemos jugado mucho», solemos comentar. Y así es.

Jugar es la clave para aprender a escuchar y compartir con otros, para elaborar lo que preocupa, para inventar, sentirse libre y disfrutar. Además, jugar hace que crezca la confianza en nosotros mismos. En nuestro caso, las dificultades nos sirven de reto, y como confiamos en que algo bueno nos saldrá, eso nos hace avanzar con energía y seguridad ¡Y todo esto viene del juego!

Demos paso a que los niños jueguen, así aprenden a pensar, a inventar y a compartir. Y después, seguramente podrán realizar sus trabajos con el sentimiento alegre y satisfactorio de estar creando algo nuevo.

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