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Francisco José Benito

Blindarse contra el calor, otra de las grandes asignaturas pendientes de nuestras ciudades

En los últimos 35 años han muerto 84.071 personas en Europa, es decir, unas 2.400 personas al año por el calor / La provincia de Alicante sigue sin estar preparada para prevenir la subida de las temperaturas

Un niña se refresca, a la sombra, en una fuente de Alicante Jose Navarro

Buscando las pocas zonas de sombra que existen si uno camina por la acera de la avenida de Dénia mientras iba a recoger el coche del taller a las cinco de la tarde, en plena tercera ola de calor del Sahara -sí, a quién se le ocurre-, me vinieron a la cabeza dos consejos que me dio mi padre hace ya más de 40 años, y que siguen vigentes como si me los hubiera dicho en este junio que ya despedimos, y que ha sido tan tórrido o más que mayo. En días de calor no se te ocurra beber de golpe un paso vaso de agua fría, y a la hora del baño en la playa entra despacio porque el contraste calor/frío puede matarte. Quizá mi padre le echó un poco de exageración, quizá con el agua del Mediterráneo (en aquella época yo me bañaba en el Cantábrico) a 25 grados ya, y cerca de los 30 el próximo agosto, la segunda recomendación esté un poco de más, pero lo cierto es que de unos años a esta parte el aumento de las temperaturas es un hecho. Ciudades y pueblos de la provincia de Alicante no han hecho los deberes para tomar las medidas oportunas. Y en el caso concreto de nuestro territorio en dos problemas clave: la lucha contra el calor y contra la inundaciones, aunque en esto último vayamos un poco más avanzados.

En la provincia nos faltan ciudades diseñadas para prevenir los escenarios de cambio climático. Zonas verdes, emisiones cero y movilidad sostenible, garantía de abastecimiento de agua y sistemas de drenaje sostenible, protocolos sanitarios adaptados al mayor calor de verano, ahorro de agua y ahorro de energía. No todo se arregla no saliendo a correr en las horas centrales, pasando la mañana en un Mercadona o vistiendo de blanco.

Un reciente estudio del Joint Research Center de la Unión Europea sobre el impacto del calor en la salud, muestra como en los últimos 35 años murieron por calor 84.071 personas en Europa, es decir, unas 2.400 personas al año y , sin ser ni médico ni científicos, no debiera extrañarnos que un un porcentaje más que alto de esos decesos se produjeran en Alicante, donde solo el pasado mayo fallecieron cuatro personas por el calor. El estudio apuntaba también que en ese mismo periodo las víctimas mortales por frío fueron 3.980. Es decir, como también me advirtieron mis padres allá a finales de los años 70 del siglo XX, combatir el frío es mucho más fácil que el calor, y Alicante pasa ya por ser una de las sartenes de España con veranos donde la a sensación térmica, impulsada por la humedad, provoca jornadas más sofocantes, incluso, que las del valle del Guadalquivir y, ojo, lo sostiene Jorge Olcina, director del Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante, que algo sabe de lo que se cuece por ahí arriba.

El cambio climático aumentará, por ejemplo, la mortalidad atribuible a las temperaturas en Europa si no se aplican medidas severas de mitigación, según advierte un nuevo trabajo de varias entidades europeas, entre ellas el Instituto de Salud Global de Barcelona, centro impulsado por la Fundación La Caixa. El descenso en las muertes atribuibles a las temperaturas bajas no compensará el incremento cada vez mayor previsto en la mortalidad asociada al calor. Para 2030 el número de personas que vivirá en entornos urbanos en el mundo ascenderá a 5.000 millones y para 2050 a 6.300 millones. Las ciudades y nuestros propios hogares consumen gran parte de la energía mundial y son responsables, según la ONU, del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

No obstante, también pueden ser la solución para disminuir la temperatura global y nosotros, desde nuestras propias casas, podemos contribuir a reducir los efectos climáticos. La pandemia nos ha avisado de forma brusca de la necesidad de cambiar nuestro discurso en la relación del ser humano con su medio, con su territorio. La apuesta por la sostenibilidad es un camino sin vuelta atrás. Lo que se haga para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en la ciudad debe serla hoja de ruta que se debe mantener en las próximas décadas.

Jorge Olcina se ha cansado de advertirnos en los dos últimos años de que el cambio climático es una evidencia científica, ya no es una creencia. Tenemos datos que lo avalan: el decenio 2010-20 fue el más cálido de la historia reciente, desde 1850, con un aumento 1,2° ya, por lo que solo quedan 0,8°C de margen según el Acuerdo de París, que busca mantener el aumento de la temperatura global promedio por debajo de los dos grados por encima de los niveles preindustriales, y perseguir esfuerzos para limitar el aumento a 1.5°, reconociendo que esto reduciría los riesgos y efectos del cambio climático.

El calentamiento atmosférico está afectando a los tiempos diarios, es decir, a la circulación atmosférica general, hay más gotas frías ahora que antes. Las proyecciones climáticas nos hablan de un clima menos confortable térmicamente hablando –especialmente en verano–, menos lluvioso en su conjunto, aunque con matices comarcales, y con desarrollo más frecuente de eventos extremos y casi habrá que apuntar ya que las proyecciones comienzan a ser realidades, pese a que todavía tengamos en al retina las lluvias de marzo y abril, cuando, incluso, en la provincia de Alicante tuvimos menos hora de sol que en Escandinavia.

El calor genera, además, pérdida de confort térmico y efectos sobre la salud humana. Hace unos años la investigación de los profesores de la UA David Martín y Jorge Olcina demostró, por ejemplo, la estrecha relación existente entre el aumento de afecciones cerebrovasculares con ocasión de la llegada de aire sahariano a Alicante.

Los extremos térmicos van a tener en España, con especial indicación de que el calor va a causar muchas víctimas mortales en las próximas décadas, de manera que la bajada de víctimas por frío no podrá compensar la cifra anual de víctimas por extremos térmicos de nuestro país. Es una consecuencia más de los efectos del calentamiento climático que ya se están manifestando de forma evidente en nuestro territorio desde 2000.

Hace unos años, aquellos que no creían en el cambio climático manejaban como argumento que las víctimas mortales por frío que se producían anualmente en el mundo superaban ampliamente a los muertos por calor. Una afirmación retorcida para justificar un argumento negacionista sin base científica ya. Cualquier muerte es un drama sea cual sea su causa, y máxime cuando hablamos de efectos de los extremos atmosféricos.

Desde que comenzó este siglo, las estadísticas de las muertes por extremos de temperatura han ido cambiando. Muere anualmente más gente por calor que por frío en el mundo. El año 2003 significó el inicio del cambio de tendencia. En la UE, donde las olas de frío de los años ochenta o noventa del pasado siglo traían consigo miles de víctimas en cada episodio, los muertos por calor multiplican ya por mucho a los fallecimientos por frío. Y hablamos de estadísticas, no ya de anuncios y predicciones de los científicos, entre los que, seguro, habrá de todo. Desde los que se lo creen a los, además de creérselo, busquen hacer caja.

Por término medio mueren en Europa 2.700 personas por calor al año. En 2100, sólo con una subida de temperatura de 1,5°C, serán 30.000. Y tal como evolucionan las temperaturas en Europa en los últimos años difícilmente podremos limitar la subida de temperatura a dicho umbral a finales de siglo.

El calor mata. Y puede hacerlo mucho más en las próximas décadas y, volviendo la principio. La primera medida para mitigar los efectos del calentamiento global es que los Planes de Ordenación Urbana (PGOU) no se prolonguen en el tiempo, y se revisen para actualizarlos y ponerlos al día. Geógrafos y climatólogos advierten que los ayuntamientos no son conscientes de los problemas locales que provocará el calentamiento global Los expertos plantean una reforma de la Ley del Suelo, y la incorporación en las ciudades de infraestructuras para prevenir inundaciones, los temporales en la costa y los incendios en zonas verdes próximas a las urbes, el denominado interfaz forestal.

A todo esto habría que añadir medidas más sencillas como contar con viviendas más luminosas, el aprovechamiento de energía solar y eólica, la movilidad eléctrica y construir avenidas más amplias. Todo, por supuesto, sin olvidar lo que los consejos de padres y abuelos: ojo con el agua fría y los cambios bruscos de temperatura corporal. Y también a los abuelos. Hay que beber agua aunque no se tenga sed. Feliz y prudente verano pues, que los expertos auguran más tórrido que nunca... y con otra dos oleadas del viento del Sáhara como la que nos ha achicharrado este junio.

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