Opinión | Tiene que llover

Un histrión con guadaña

José María Aznar analiza la incertidumbre de la política nacional e internacional en un acto celebrado en Alicante.

José María Aznar analiza la incertidumbre de la política nacional e internacional en un acto celebrado en Alicante. / ALEX DOMÍNGUEZ

 Tiene distinción. Le va lo clásico sin por ello desdeñar las nuevas tendencias. Es un liberal con enjundia que ha debido decantarse ante la urna por aquella opción que, tras repasar con sosiego el patio, más pueda aportar a dejar en condiciones razonables este enjambre. Solo le he visto perder el aplomo ante las irrupciones de un elemento, pero qué elemento: Aznar.

   La más reciente fue cuando el centinela de las armas de destrucción masiva proclamó que la estrategia que rige nuestros destinos en el recinto interior es «una declaración de guerra». Como yo andaba también apesadumbrado por la disposición que tenemos para infligir daño visceral en este viejo terruño me acerqué a la presentación de la última obra de Rafael Argullol, cuya capacidad de disección serena despliega por un tubo sin darse importancia. Tanto es así que detesta las clasificaciones y advierte que no es novelista ni poeta ni pensador y mucho menos filósofo, «en cuya materia solo se puede ser aprendiz». Recuerda al guardián de las Azores que, a los 33 años de producirse la supuesta anécdota y con la artífice fenecida, no tuvo empacho en revelar que en su primer encuentro Thatcher dijo sobre él: «Por fin un español que se entera de algo».

   Relata el autor en el libro cuánto le impresionó el inicio de «El séptimo sello». Ese donde en la anterior Europa medieval un cruzado se juega al ajedrez con la Muerte su alma, a por la que esta ha venido. Y cuenta que, tras unas vacaciones en Estocolmo, se le puso al lado el sueco que interpretó a la Muerte aunque no estaba seguro porque aquí no era conocido hasta que el copiloto se acercó a pedirle un autógrafo y al vecino de asiento se le disparó el escalofrío que sólo menguó cuando el del elenco de Bergman se quedó dormido hasta que se incorporó y sentenció «ya hemos llegado...» en referencia a París. Si en un vuelo Argullol se percata a día de hoy que lógicamente a la derecha va Josemari y que se ha posado a la izquierda el espectro sueco de La Muerte seguro que no albergará dudas sobre quién le da más cosa.