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Medio siglo de calvario por sus vecinos: “Tienen el demonio en el cuerpo”

Es el testimonio desesperado de Sara Guntín, una de las madres de la junta directiva de Érguete, de 74 años, que reside en el barrio vigués de Coia

Sara Guntín enseña el cable de su telefonillo, que se lo quemaron.

Sara Guntín enseña el cable de su telefonillo, que se lo quemaron. P. Hernández

“Me quemaron la puerta de casa con lejía y el telefonillo, me pintaron y rayaron el coche y le rompieron los retrovisores, pasan todo el día haciendo ruido, chillando y tirando cosas al suelo o golpeándolo con un bastón. Tengo que dormir con cascos, pero me cuesta igualmente conciliar el sueño”. Es el testimonio desesperado de Sara Guntín, una de las madres de la junta directiva de Érguete, de 74 años, que reside en el barrio vigués de Coia. Sufre un calvario desde hace casi 50 años. La razón: el comportamiento de los vecinos del piso de arriba que, según denuncia, “acarrean problemas con el alcohol”. “Me quisieron clavar un objeto punzante hasta en dos ocasiones, me pusieron silicona en la cerradura, me metieron excrementos de perro en el buzón y me insultan”, manifiesta.

Asegura que acumula “más de 300 juicios” por estas cuestiones, y todos con el mismo final. “Solo se presentaron a uno. Los jueces dicen que no hay pruebas suficientes para condenarlos”, explica antes de destacar que su vivienda también sufre las acciones de estos vecinos, que “no paran de dar golpes”. “No hay quien aguante esto. Los azulejos del cuarto de baño se caen y los techos están dañados”, concreta. Esta situación le genera “ataques de ansiedad”. Los médicos le han diagnosticado distimia, un trastorno depresivo persistente. Los mensajes de ánimo que le remite su gente más cercana la ayudan a seguir adelante.

Acumula centenares de juicios contra estos vecinos. P. Hernández

“Mentalmente, estoy peor que cuando falleció mi hijo. Esto es horrible, tienen el demonio en el cuerpo. Puede que se comporten así conmigo porque les hago frente”, apunta. En el confinamiento domiciliario del año pasado, tomó la decisión de mudarse a casa de una amiga para poner un paréntesis a este infierno. “Durante el aplauso a los sanitarios, me insultaban y me sacudían el mantel encima. La doctora me hizo un parte para que las autoridades me permitiesen salir a la calle y, así, poder cambiar de residencia. Las pasé canutas. Tuve que dormir cuatro meses en un sofá”, recuerda.

"No puedo más. Hace unos meses, subo la persiana de mi habitación y veo una cuerda colgando con un nudo gordo que impacta en el cristal. Eran ellos"

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Para desayunar, comer y cenar, no elige la sala de estar porque, según apunta a FARO, es imposible permanecer tranquila debido al ruido que generan: “Voy al dormitorio. Tuve que comprar un cable de 16 metros de largo para poder ver la televisión sin tanta molestia. No puedo más. Hace unos meses, subo la persiana de mi habitación y veo una cuerda colgando con un nudo gordo que impacta en el cristal. Eran ellos. Llegados a este punto, lo único que se me ocurre es ponerme en contacto con gente del Gobierno gallego. Ya he hablado con personas del Concello”.

Sara Guntín deja claro que no les dará a estos vecinos “el gusto” de irse. “Sí se me ha pasado por la cabeza, pero el piso es mío y de mi exmarido. Si lo vendemos, me tocaría la mitad del dinero, es decir, unos 15 millones de pesetas –unos 90.000 euros–. Con eso, no puedo comprar otra vivienda, tendría que vivir de alquiler. Mi pensión es de 500 euros y tengo que pagar todas las facturas. Que se vayan ellos, que deben muchísimo dinero a la comunidad, más de 8.000 euros”, apostilla con la esperanza de que, más pronto que tarde, se borren estos nubarrones de su vida de una vez por todas.

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