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Elías Rodríguez-Toral, biólogo: "Estamos surfeando todavía la gran ola de la inmunoterapia"

Elías Rodríguez-Toral lleva tres décadas en Pamplona y casi dos en el Centro de Investigación Médica Aplicada de la Clínica Universidad de Navarra, entidad a la vanguardia en investigación contra el cáncer, entre otras enfermedades

Elías Rodríguez-Toral, junto a una foto de las islas Cíes en su despacho del CIMA en Pamplona. CIMA.

Elías Rodríguez-Toral lleva tres décadas en Pamplona y casi dos en el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Clínica Universidad de Navarra, entidad a la vanguardia en investigación contra el cáncer, terapia génica, enfermedades raras y medicina personalizada. Su trabajo consiste en implicar a grandes compañías farmacéuticas y fondos de inversión para que los hallazgos del laboratorio lleguen al paciente.

–¿Ha mejorado la investigación en España en las dos últimas décadas, en relación a su traslación a las empresas?

–Se va mejorando, pero queda mucho por hacer. Si la pregunta fuera... ¿Ha avanzado la investigación en los últimos 20 años? Categóricamente, sí. Ahora tenemos terapias avanzadas, medicina de precisión, medicina personalizada, terapias dirigidas específicamente a la persona... Muchísimos avances en todo lo que es ingeniería de datos. En todos estos campos ha sido exponencial el avance. Sin embargo, en la parte de translación a las empresas y a la industria, la transferencia del conocimiento a la empresa para que produzca el producto final que llegue a la sociedad, el avance es mucho más lento, porque requiere un cambio cultural. Los cambios culturales son muy difíciles de producir, cuando además hay muchos intereses enfrentados.

–¿A qué se refiere?

–Inicialmente el científico investiga por una vocación de descubrimiento. Eso le lleva a publicar sus trabajos a sus pares científicos, a las revistas científicas y a la divulgación general en los congresos. Eso a veces dificulta o impide una cuestión muy necesaria para la traslación a la industria, que es la protección de los datos mediante patente. Es muy difícil que una industria biotecnológica o farmacéutica desarrolle nada que no esté protegido desde el punto de vista de la propiedad industrial y que a su vez le pueda garantizar la ausencia de competidores que impidan que rentabilicen su inversión en el desarrollo clínico, especialmente cuando hablamos de millones de euros. Para que una patente tenga lugar y una industria pueda asumirla y desarrollarla es necesaria la novedad, es decir, que no se haya hecho público ningún dato relativo a esa investigación previamente, y eso a veces va contra la propia vocación del investigador, cuya función es dar a conocer al mundo sus investigaciones.

–Es comprensible.

–Hay que decirle al investigador que a la vez que va a sacar algo que pueda ser de interés para la sociedad, también puede ser de interés para la industria que va a tener el músculo financiero necesario para llevarlo al mercado. Este cambio cultural es más lento, cuesta más. Esa es la primera gran traba, pero hay más.

–¿Cuáles?

–Cuesta mucho alinear las distintas perspectivas entre la academia y la industria. El investigador tiene una perspectiva de su trabajo y la biotecnológica o farmacéutica tiene unas necesidades que no encajan a veces en la academia. Esto ha sido así siempre. Un profesor de universidad puede ser un grandísimo investigador en su laboratorio, pero puede no ser nada bueno como investigador del departamento de I+D de una farma... El investigador dirige su investigación desde su ingenio, la búsqueda de lo desconocido, la serendipia, mientras que la farma va a la prueba de concepto, ensayo-error, y optimizar el producto final.

“Las empresas que salen antes de la crisis son las que logran mantener su departamento de innovación”

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–Lo que comenta recuerda a lo que dijo en una entrevista con FARO el científico gallego César de la Fuente. Contaba que donde trabaja, en la Universidad de Pensilvania, tenía una oficina de patentes. Allí investigan también Katalin Karikó y Drew Weissman, que contribuyeron a facilitar la plataforma de ARNm para las vacunas del COVID. ¿Ese cambio cultural del que habla está más presente en Estados Unidos?

–Sin duda. Lo que ha hecho la industria farmacéutica americana, que es de las primeras del mundo, es conseguir una integración con las entidades universitarias y académicas, poner un pie dentro de las universidades y establecer grandes alianzas. Hay un concepto que se lanzó en la primera década del 2000, que es la innovación abierta (Open Innovation): las compañías biotecnológicas americanas descubrieron que en algunos casos era mucho más eficiente, económico y beneficioso para la propia industria delegar en las entidades académicas sus departamentos de I+D. Eso lo hacían abriendo, dentro de los organismos, departamentos que temáticamente les interesaban o estableciendo acuerdos marco de investigación con esas mismas entidades. Primero, les salía más barato: una investigación académica nunca te va a costar lo mismo que un departamento de innovación. Y, segundo, combatían la crisis, porque en momentos de crisis lo primero que se cierra –lo cual es un error– es el departamento de I+D de la empresa. Está más que demostrado que las empresas que primero salen de la crisis y con más éxito son aquellas que han conseguido mantener el departamento de I+D abierto.

–¿Va calando esa idea?

–Ya ha calado en Europa. Las grandes farmas tienen clarísimo que la investigación académica les interesa muchísimo y han abierto grandes fondos propios de I+D para centros muy selectos, sobre todo para temas como el cáncer, terapias oncológicas avanzadas o inmunoterapia. Les dicen: “Si me das un proyecto que me interesa, estos fondos son para que lo que lo desarrolles”. Abren unas bases muy genéricas e invitan a los centros a que investiguen con una preferencia de resultados hacia la empresa, pero salvaguardando siempre los derechos de publicación del investigador. Es mucho dinero para el investigador y un enorme beneficio para la empresa.

–Acaba de mencionar la inmunoterapia, una de las grandes esperanzas de tratamiento del cáncer. También está entre las líneas de investigación del CIMA, en consonancia con la clínica Universidad de Navarra, que es un centro de referencia para estas terapias.

–Sí, de hecho, desde hace ya bastantes años, desde el Horizonte 2020, el programa de financiación europea, se ha visto una preferencia internacional por todo lo que es la fusión de la inmunología con el cáncer, generando nuevas estrategias de investigación de grandes grupos. Se ha derivado muchísima financiación de la Unión Europea hacia inmunoterapia. Estamos surfeando todavía la gran ola de la inmunoterapia, con sus avances y su financiación. Es un círculo virtuoso: las grandes farmas invitan a los gobiernos a investigar en estas líneas que son de interés para ellas y los gobiernos activan los grandes ejes de investigación para que vaya todo en sintonía. Que trabajen en coordinación la administración pública y la industria es fantástico. Los proyectos con células CAR-T, que están en desarrollo en las universidades, han sido un bum. Tengo tres empresas esperando para hacer proyectos de CAR-T y llevamos siete años con proyectos regionales de Navarra para investigaciones en CAR-T.

“Hemos abierto una línea de investigación en vacunas basadas en ARN”

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–¿Qué otras líneas de investigación predominan?

–También la medicina personalizada. Tanto a nivel de inmunoterapia como de genómica, de epigenética... Toda la búsqueda específica de las características del individuo para darle el mejor tratamiento con su nombre, apellido y huella genética. La inmunoterapia y la medicina personalizada son las dos grandes banderas de la investigación. Hay otra área que desarrollamos y somos un grupo bastante relevante en España y en Europa, que es la terapia génica: la generación de terapias dirigidas a enfermedades en las que se puede sustituir el gen defectuoso por el gen correcto y así interrumpir el proceso de la enfermedad. Ves cómo van cambiando las perspectivas de la industria por las cosas que te van pidiendo. Hace unos años trabajábamos con vectores virales de distintos tipos. Desde hace unos años –de hecho, tenemos un ensayo clínico en marcha con una empresa francesa que salió de una investigación del CIMA–. Trabajamos mayoritariamente con virus adenoasociados, los AAV. Los grupos punteros están empezando a buscar, gracias en parte a Moderna y sus famosas vacunas, la terapia génica no viral, basada en nanopartículas lipídicas, polímeros... transportar hacia el núcleo celular el vector terapéutico a través, ya no de virus, que es como funciona la terapia génica convencional, sino a través de nanopartículas generadas por la industria.

“Los grupos punteros están investigando la terapia génica no viral”

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–¿El éxito de las vacunas de plataforma de ARN mensajero contra el COVID (de Pfizer y Moderna) abre un nuevo horizonte?

–Sí, en este caso se ha producido una ruptura del ciclo natural de financiación y de investigación. La pandemia ha provocado que todos los gobiernos se conciencien para buscar medidas. A nivel nacional y regional han incentivado investigaciones dirigidas a lograr nuevas vacunas que de otra forma no tendrían tanta financiación. A nosotros nos ha servido para arrimar el hombro, abriendo nuestros proyectos de vacunas en el CIMA, pero también nos ha valido para abrir una nueva línea de investigación en vacunas basadas en ARN. Estamos buscando vacunas para otras patologías oncológicas a raíz de aquellas investigaciones que empezaron en 2020 con el COVID. Tenemos abierto un proyecto precioso para la búsqueda de una vacuna personalizada para el cáncer de mama. No es más que una esperanza lejana, porque está por demostrar que se puede hacer, pero buscar una vacuna para el cáncer de mama o de hígado, que es el proyecto BLANCA, gracias al Gobierno de Navarra, es una preciosidad. Están implicados varios grupos de investigación público-privados, empresas y la asociación de pacientes de cáncer de mama de Navarra.

–Del CIMA ha salido un “medicamento huérfano” para una dolencia rara, la enfermedad de Wilson, que afecta a una entre 50.000 personas.

–Es una de las áreas que dirige la subdirectora del CIMA, Gloria González Aseguinolaza, directora de terapia génica en enfermedades raras. Es experta en terapia génica en general, pero se ha especializado en enfermedades raras, especialmente las monogénicas, aquellas en las que la enfermedad viene producida por la alteración de un único gen. Por ello es más fácil desarrollar un vector viral y corregir la causa de la enfermedad. Esto ocurrió en 2016, encontramos un vector viral para la enfermedad de Wilson, lo patentamos y rápidamente se creó un sindicato de inversión de varios fondos y grandes compañías. Crearon la empresa Vivet Therapeutics, con base en París. El producto ha pasado todos los análisis necesarios para demostrar su eficacia y seguridad, que en un ensayo de terapia génica son mucho más exigentes que para un compuesto químico. Además, la compañía investiga en otras enfermedades con causas similares en colaboración con nosotros. Actualmente, Pfizer tiene una opción exclusiva de compra de la compañía para el futuro.

-¿Hay colaboración entre diferentes organismos de investigación?

-No es posible ser independiente. Las tecnologías te obligan a que colabores con otros grupos. En el CIMA, aunque somos un centro de la Universidad de Navarra, colaboramos activamente con centros públicos de investigación como el Navarra Biomed. También pertenecemos a una especie de “campus biomédico” donde reside el Instituto Sanitario de Navarra (IDISNA), con la singularidad de que es un instituto público-privado. Tiene una parte privada, la clínica Universidad de Navarra, el CIMA y la Universidad de Navarra; y por parte pública, la Universidad Pública de Navarra, el Hospital Universitario de Navarra, el Navarra Biomed y otros centros. Estamos encantados de colaborar y además al ser Navarra es una región muy pequeña, es muy ventajoso ya que el Gobierno de Navarra entiende que estimular la colaboración en el entorno público-privado, enriquece a la región. Los grandes proyectos estratégicos regionales te obligan a asociarte con tu vecino de la puerta de al lado, y eso es beneficioso para todos.

“Estoy orgulloso de decir que siempre he venido contento a trabajar”

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–Comenzó como investigador. ¿No le pica el gusanillo de la investigación?

–Cuando me fui del departamento de genética del Hospital Virgen del Camino [Pamplona], le dije mi jefa, que es una gran investigadora, a lo que me iba a dedicar, y me contestó: “Aciertas completamente y te va a ir muy bien”. Esta profecía se ha cumplido y estoy orgulloso de decir que siempre he venido contento a trabajar. Estoy encantado con el trabajo que hago, con la Universidad de Navarra y con el CIMA. Es un sitio donde la persona importa. El 2 de mayo contratamos a una chica gallega experta en modelos animales y con recorrido internacional. Me preguntaba antes de venir cómo era el CIMA, y yo le contaba que es un sitio donde hay concordia entre la gente, una base de armonía y de buen rollo. Me la encontré semanas después, ya trabajando con nosotros, y me dijo que era tal como le había contado, que estaba encantadísima.

-O sea, que de volver a Vigo ni le pregunto…

-Hay que volver a ver al Celta, a comer cocido, ir a la playa en verano… Tenemos casa en Vigo y no descartamos vivir a caballo entre Pamplona y Vigo cuando nos llegue la hora de la retirada profesional Tengo familia y amigos en ambas puntas de España, no voy a renunciar a ninguno de ellos por 750 kilómetros de nada [risas].

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