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Día Sin Coches

Hacia el fin de la era del coche: clima, subida de la gasolina e inflación aceleran su ocaso (pero no lo matan)

Las ventas de automóviles nuevos durante 2020 y 2021 caen más del 30% en España | El acceso a las ciudades, uno de los principales escollos de la transición

Zona pacificada de la supermanzana de Sant Antoni en la calle del Comte Borrell. JOAN CORTADELLAS

Durante la primera fase de la pandemia del coronavirus, cuando no había vacunas y todo estaba rodeado de incertidumbre, un optimista pensamiento recorrió las sociedades: de esta saldríamos mejores, más fuertes. Dos años y medio más tarde, el vaticinio se ha demostrado a grandes rasgos falso, con las emisiones de CO2 en todo el mundo batiendo récords en 2021 tras el parón de 2020 y la brecha social y económica en España siendo ahora todavía más ancha que antes. Pero hay un ámbito en el que tiene algo de cierto: el coche.

El automóvil, tal y como lo conocemos, se está convirtiendo en un objeto en extinción, casi como una reliquia de una época anterior. Es muy probable que el acto de estar sentado en un atasco dentro de un objeto de metal que pesa una tonelada, contamina y cuesta una fortuna sea visto por las próximas generaciones como algo no solo estúpido, sino también delictivo, y este cambio cultural se ha ido gestando a pasos acelerados durante los últimos tiempos.

María Baena, enfermera de 28 años en Madrid, tiene un turismo desde hace algo más de un lustro. Su relación con el vehículo ha cambiado en este tiempo. Sobre todo, a la hora de hacer planes con sus amigos. “Antes de la pandemia, todos me preguntaban si podíamos ir en mi coche, porque yo era de las pocas que tenía uno. Ahora ocurre al contrario. Ofrezco el coche y si hay alguna alternativa me dicen que mejor que no, que no está bien cogerlo si no es necesario”, dice.

El verano más caluroso

Los factores que explican esta transformación son en su mayoría muy recientes. Está el cambio climático, claro, pero ese solía ser un argumento etéreo, con el que resultaba difícil comulgar en el día a día. Lo ocurrido este verano, el más tórrido de una serie histórica que comienza en 1961, con 2,2 grados por encima de lo normal, ha llevado el fenómeno a un ámbito mucho más personal y tangible, imposible de obviar. 

El transporte por carretera supone el 26,9% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero en España, con los coches de gasolina emitiendo una media de 143 gramos de CO2 por kilómetro. Los vehículos eléctricos contaminan menos, entre 60 y 76 gramos de CO2, pero estos solo representan menos del 3% del total de turismos en España y tampoco son la panacea. La nueva ley de cambio climático, aprobada el año pasado, condena a los coches con motores de combustión, que no podrán venderse a partir de 2040 y no podrán circular a partir de 2050. Pero si la generalización de los vehículos eléctricos provoca que los ciudadanos conduzcan más (y no menos, como están haciendo ahora), el cambio no traerá consigo una reducción significativa de las emisiones.

Lo que sí permitirán estos coches es emanciparse del yugo del petróleo. La gasolina y el diésel llevan todo el año encadenando récords históricos, alcanzando en algún momento los dos euros el litro y desactivando por el camino la subvención de 20 céntimos en vigor desde el pasado abril. Con el coste de la vida cada vez más alto, debido a la inflación, los países de la UE han decidido tomar medidas para incentivar el transporte público, reduciendo sus tarifas, como en Alemania, o convirtiendo directamente en gratuitas varias rutas ferroviarias, caso de España. 

Ventas en picado

Las ventas de coches nuevos durante 2020 y 2021 cayeron en España más de un 30% respecto a los dos años previos a la pandemia. La industria no ha levantado cabeza en 2022, con aún menos vehículos comercializados en su primer semestre. Pero el coche sigue ahí, ocupando enormes espacios urbanos, colapsando sus calles, contaminando y matando, en un momento en el que casi todas las grandes ciudades toman medidas no exentas de polémica para limitar el acceso a sus centros urbanos, que es donde se encuentra el principal problema que traen consigo las cuatro ruedas.

Retenciones a la entrada de Barcelona por la Meridiana, este martes. FERRAN NADEU

La Organización Mundial de la Salud (OMS) está preocupada. A finales de junio, alertó de que cada año fallecen en todo el mundo cerca de 1,3 millones de personas por accidentes de tráfico, que ya representan la principal causa de muerte en niños y jóvenes de entre 5 y 29 años. En España, 1.510 personas perdieron la vida el pasado año, 140 más que el anterior, marcado por las restricciones frente al coronavirus. 

Todo esto sin contar las muertes relacionadas con la contaminación que producen los coches, un campo en el que las ciudades españolas aparecen especialmente mal paradas en comparación con sus equivalentes europeos. La prestigiosa revista científica ‘The Lancet’ publicó en 2021 una investigación que colocaba a Madrid como la ciudad del continente con más fallecimientos debidos a la polución provocada por los automóviles. Barcelona y su área metropolitana ocupaban el sexto lugar en esta clasificación, seguidas de Mollet del Vallès.

Pero los automóviles no son solo peligrosos y sucios. Tampoco tienen sentido desde el punto de vista espacial, como cada vez subrayan más urbanistas, al permitir trasladar a muy pocas personas y ocupar demasiados metros cuadrados de las ciudades, donde ya vive el 54% de la población mundial, porcentaje que se espera que se eleve hasta casi el 70% dentro de tres décadas. La geometría también contribuye a terminar con la era del coche. 

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