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Contracrónica

Acicalada para la ocasión

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Llevaba días, semanas, anunciándoselo a las presas con las que comparte módulo. Que se tenía que poner guapa para el juicio porque iba a salir en todas las teles. Y para las cámaras se acicaló. El pelo, con el color recién puesto y liso de varias pasadas de plancha. Las uñas, de una rosa pálido impoluto que contrastaba con el brillo del metal de las esposas que durante toda la sesión tuvo colocadas en las muñecas. Al igual que su «cuidador», presunto amante y acusado junto ella del asesinato de su marido quince días después de la boda.

Una relación sentimental, la de los dos encausados, que estaría en la base del supuesto acuerdo para acabar con la vida de la víctima y que ambos niegan aun cuando, entre otras pistas que van dejando, el intercambio epistolar entre rejas sea diario y las comunicaciones en el locutorio, semanales. «Y a solicitar un vis a vis no se atreven porque torpedearía su estrategia del defensa», apuntan quienes conocen de cerca el caso y a la pareja.

Medio adormilada, con los ojos entornados a ratos, escuchó Conchi la lectura de los escritos de las acusaciones (la pública y la que representa a la familia de la víctima) y las defensas. Un aperitivo de la sordidez que encierra este caso para quienes de los presentes, entre ellos las cinco mujeres y los cuatro hombres que conforman el jurado popular, no estuvieran muy al tanto de los hechos.

El juicio no ha hecho nada más que empezar y ayer ya se escucharon en la sala voces togadas que hablaban de policías mentirosos (que los hay) y de prensa carroñera (que también). No seré yo quien lo niegue. Ni lo uno ni lo otro. Pero los letrados dispararon sin citar en qué se apoyaban para lanzar tales exabruptos. Como si derecho de defensa lo permitiera todo. ¿O lo permite?

Y después, claro, cogieron el relevo los acusados, que hablaron de agentes que supuestamente tiraban comida a la cara gritando ¡asesina, asesina!, de presuntos pateos sufridos en los calabozos... «En eso no voy a entrar», respondió el acusador particular dispuesto a no permitir que los acusados le hicieran perder el rumbo. «Entran en lo que quieren», le espetó el «cuidador». ¿Quiere que entre?, le retó entonces el letrado al que el presidente del tribunal, el magistrado José María Merlos, tuvo que frenar con un «no, no, por favor».

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