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Las apps para puntuar alimentos provocan cambios en el consumo

Cientos de miles de consumidores ya se fían más de una aplicación móvil que de la tele o su instinto cuando eligen productos en el supermercado

Un comprador consulta en su móvil una app en un supermercado de Alcoy. juani ruz

En los últimos meses están surgiendo diversas aplicaciones (apps) que ayudan al consumidor a no confundir mensajes comerciales con la verdadera información nutricional de un alimento. Percibidas quizá como el primer remedio realmente útil contra la conocida información engañosa de la publicidad y la información casi cifrada de las etiquetas de los productos, el ritmo de descargas de su principal exponente, Yuka, y en menor medida el de sus competidoras, anuncia cambios en la manera de comprar y por tanto cambios en la forma de vender.

Mientras crecen los usuarios que escanean códigos de barras en tiendas y supermercados, los expertos sacan conclusiones previas: si las apps de consulta se consolidan pueden forzar importantes cambios en el consumo, lo que es muy positivo, aunque también se corre el riesgo de comprar de forma acrítica. El exceso de información puede llevar a la quimiofobia e incluso a la desconfianza en las entidades reguladoras. La industria, de momento, observa. Sabe que si la demanda pide mejores productos e información, adecuará la oferta a cualquier cambio.

Descifrar etiquetas

El DNI de cualquier alimento es su etiquetado, donde se tiene que explicar de forma clara sus características según unos parámetros estandarizados que, en muchas ocasiones, quedan diluidos por la picaresca de la industria alimentaria.

«Muchas veces no aparece desglosada la cantidad de azúcares de un producto o el precinto se dispone de tal forma que dificulta la lectura de los componentes. También se observan muchos ejemplos de alimentos que contienen grasas trans que no indican de dónde proceden, u otros que utilizan el reclamo de contener cereales no refinados pero, en realidad, suponen una mínima parte de la composición global del producto», explica la nutricionista alicantina Raquel Santacruz.

Descifrar el contenido de las etiquetas impresas en los envases no siempre es fácil para el común de los usuarios. Así lo reconocen otros expertos en la materia y agrupaciones como la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), que advierte del empleo de términos confusos para camuflar la verdadera composición.

Azúcar oculto, grasas y aceites malsanos, bombas de calorías vacías que se venden como «energía» para niños... Es ante este problema donde nacen y se reproducen las apps de calidad alimentaria. La más popular de ellas, «Yuka», ya ha supuesto toda una revolución en Francia que ahora se extiende por otros países europeos, entre ellos Bélgica, Luxemburgo, Suiza y Reino Unido. Llegó a España en mayo y ya la usan más de 350.000 personas.

Sistema Yuka

Creada por tres jóvenes emprendedores, acumula ya más de 12,5 millones de descargas y usuarios registrados en apenas dos años y medio y casi un millón de productos indexados en su catálogo. En nuestro país ya es capaz de reconocer el 70% de los productos que se comercializan en el mercado.

El funcionamiento de esta aplicación es del todo sencillo. Para analizar un producto basta con escanear el código de barras y, al instante, aparece una ficha que evalúa el impacto del artículo sobre la salud. Para ello se emplea un código de tres colores: rojo (malo), amarillo (mediocre) y verde (bueno).

La utilizamos en una gran superficie de alimentación y descubrimos dos cosas que serán difíciles de olvidar en la próxima compra: ni los productos más caros son siempre los más sanos ni todos los orgánicos son tan naturales como se indica en los envases. Este descubrimiento lo realizan cada día decenas de usuarios nuevos y lo trasladan a su comportamiento entre los lineales. La credibilidad a una app (gratuita o de pago) está superando a la de los símbolos tradicionales de calidad (marca, precio, publicidad, sellos e ingredientes), todos controlados por los fabricantes y la distribución.

«Lo más llamativo de estas aplicaciones es su potencial para transformar la sociedad en un ámbito concreto, como en este caso el sector de la alimentación. Son un factor más de presión hacia los fabricantes, para que modifiquen la composición de sus productos hacia formas más sanas», explica la socióloga y profesora de la UA Elena Llorca. No cree que los clientes «vayan a dejar de comer bollería industrial de repente» porque una aplicación «le ponga un sello rojo», pero sí es posible «que dejen de comprar bollos de chocolate de la marca A porque tienen sello rojo, y se vayan a la marca B, porque al menos el sello es naranja». «Si se extiende su uso entre los consumidores, es posible que algunas marcas sí se vean afectadas, y ese es el momento en el que el cambio puede producirse», analiza la investigadora de la UA.

Pedro Reig, director de la Asociación de Supermercados de la Comunidad Valenciana, asegura que «se habla y se reflexiona» en las directivas de Mercadona, Mas y Mas y Consum sobre esta tecnología «que crece exponencialmente». «El sector responde rápido a estas demandas. Ocurrió en positivo con la introducción de superalimentos y en negativo con la retirada paulatina de productos con aceite de palma. A veces circula información simplificada, pero nos adaptamos al cliente», asegura.

Salomónico, da la bienvenida a Yuka, MyHealth Watcher, CoCo o Scan4Chem a los lineales de Asucova pero exige a sus usuarios el mismo celo informativo con sus pantallas que con las etiquetas. Porque la información parcial no es patrimonio exclusivo de los envases de bollos, sopas, cremas o desodorantes.

Exceso de información

Junto al semáforo de puntuación, muchas apps despliegan una tabla con los valores nutricionales positivos y negativos que presenta el alimento en cuestión. En el caso de Yuka, el diagnóstico explica qué tipo de aditivos han sido añadidos y la evaluación sobre el riesgo que presentan para la salud.

Según explican los gestores de la aplicación, la app no acepta dinero de empresas y su método de evaluación es «totalmente independiente» al basarse en tres criterios objetivos: calidad nutricional (60% de la puntuación), la presencia de aditivos (30% de la puntuación) y la parte orgánica (10% de la puntuación).

La parte más importante de la nota, el 60%, se calcula con el método Nutriscore, diseñado como parte del Programa Nacional de Salud y Nutrición de Francia. Este método tiene en cuenta los siguientes elementos: calorías, azúcar, sal, grasas saturadas, proteínas , fibras, frutas y verduras. Y aquí es donde José Miguel González, nutricionista y profesor en la facultad de Ciencias de la Salud de la UA, levanta la mano para recordar que este sistema no es ninguna panacea, si bien cree que es positivo facilitar información al consumidor y permitirle ser «un cotilla de etiquetas, como somos los dietistas».

«Nutriscore es voluntario en España y no se termina de implantar porque hay dudas acerca de su fiabilidad», explica a este diario. Analiza los productos «de forma muy parcial y radical, hasta el punto de llegar a valorar mejor una Coca-Coca Zero que el aceite de oliva virgen extra» porque el segundo puntúa más alto en calorías, explica González. El tiempo de consumo no parece ser un baremo para este sistema.

Tampoco cree que el recuento de aditivos deba ser tan determinante, pese a estar basado, en Yuka, en la European Food Safety Authority (EFSA); French Agency for Food, Environmental and Occupational Health & Safety (Anses) y la International Agency for Research on Cancer (IARC), así como en múltiples estudios independientes. «La vitamina C puede ser un aditivo y la fibra también. Y si añadiesen otros ingredientes menos saludables, hay que recordar que nada de lo que la EFSA permite consumir es peligroso en las cantidades señaladas», aclara el experto de la universidad. Así, un uso frenético del escáner puede crear «alarma y quimiofobia», según González, y despistar del verdadero producto saludable: el que nunca lleva etiqueta.

Pero las apps que ayudan a seleccionar comida sana han venido para quedarse, respaldadas por «una utilidad innegable» en una sociedad «con nociones generales de nutrición y una vida más sedentaria, mayor estrés, menos tiempo para cocinar, familias que comen a destiempo y enorme y atractiva oferta», enumera Llorca. Para Reig, la confianza del comprador en el regulador es fuerte y cree que apps y control oficial son compatibles. E integrables. «Donde sí va a haber un antes y un después es cuando el análisis sea personalizado. Ahí las superficies tendrán mucho que hacer y que decir», vaticina. Quizá podría hablar con MyHealth Watcher, una aplicación barcelonesa cuyos creadores han intuido que el cambio va por ahí.

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