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Las pateras, el drama invisible

La sociedad ha normalizado la tragedia de la inmigración, que antes sacudía conciencias, debido según los expertos a la cronificación del problema, los mensajes insolidarios de los anteriores gobiernos españoles, la amenaza de una nueva crisis y la incertidumbre política

Rescate de una patera.

Rescate de una patera. Salvanmento Marítimo

Miles de cadáveres reposan en las aguas del Mediterráneo. Un mar que queda a pocos metros o kilómetros de las casas de cualquier alicantino. Altea, Orihuela, Torrevieja... cualquier orilla servirá para quienes quieren alcanzar la península. Después serán devueltos a Argelia o vivirán de forma ilegal, condenados a la más absoluta marginalidad. Las portadas de los periódicos ya no son para ellos. No importa si son 12 o 50, se pierden entre las miles de páginas de Internet, junto a temas menos indigestos y más atractivos que desviarán su atención.

El drama humanitario de la inmigración ilegal crece en las costas de Alicante sin que remueva conciencias de la misma forma que hace diez años, con la llegada de las primeras pateras. Los migrantes que alcanzaron la provincia por vía marítima se han multiplicado desde entonces hasta llegar a las 400 en lo que llevamos de 2019, una cifra récord. Pero el impacto social no resulta proporcional. ¿Acaso cada vez importan menos los hombres, mujeres y niños que naufragan o que llegan exhaustos hasta las playas? ¿Sólo la impactante imagen de los cadáveres en la arena puede hacernos reaccionar?

El doctor en sociología de la Universidad de Alicante, Carlos Gómez Gil, apunta a esta evolución que experimenta la sociedad: «Hemos normalizado un problema que se ha cronificado. Nos despertamos cada mañana escuchando tanta barbarie y caos que estamos anestesiados y ya no sabemos dónde poner el foco en toda esta vorágine que no acabamos de comprender. En el año 2015 Europa quedó sumida en la mayor crisis humanitaria desde la II Guerra Mundial y hemos podido ver cosas terribles».

Este experto aporta las claves para entender cómo este drama humanitario se ha instalado en el día a día de los ciudadanos, casi al borde de lo rutinario, como quien lee sobre las temperaturas. «No se han podido cometer más irresponsabilidades por parte de las autoridades europeas. Y eso ha alimentado una incomprensión muy grande sobre lo que ocurría y sentimientos de racismo importantes han sido aprovechados por grupos fascistas que han bombardeado a la gente con mensajes falsos», explica el sociólogo, quien también señala las faltas cometidas por el Ejecutivo español. «Los anteriores gobiernos españoles no estuvieron a la altura de lo que la sociedad esperaba, las cotas de realojamiento asignadas se incumplieron. Hubo ministros que hablaban de goteras, criminales o terroristas», subraya.

De este modo, la sociedad ha quedado sumida en el bucle de la «pedagogía del rechazo». «Las autoridades han alimentado sentimientos muy negativos. Han trasladado el «caos y disparate». Tenemos la tormenta perfecta para que, en las sociedades europeas, como una gota malaya, hayan calado mensajes que han cuestionado elementos esenciales como «el derecho marítimo obliga a socorrer a cualquier persona que está en el mar a punto de ahogarse».

Los estigmas de la crisis

Otro de los agentes que ha sumido a los ciudadanos en la pasividad es la propia situación del país: tres trabajos para no llegar a fin de mes, la subvenciones que no alcanzan a todos y los políticos que llaman a las urnas de nuevo, provocan que las miradas no se dirijan hacia el drama del Mediterráneo. «Cada vez es más complicado sobrevivir, con la ultraprecarización y el elevado coste de elementos esenciales. Nos están hablando de una nueva recesión cuando aún no nos hemos recuperado de la crisis anterior», sentencia Gómez Gil, al tiempo que se pregunta: «¿Cómo no va a dejar todo esto una herencia complicada? No podemos pedir a la gente que sean héroes. El comportamiento moral de la sociedad española ha estado muchas veces por encima del que han mostrado las autoridades».

Ante el caldo de cultivo conformado por la cronificación, el caos provocado por los gobiernos y la propia crisis económica, el sociólogo se enfrenta a la búsqueda de la clave para reconducir la falta de empatía que surge. «La Unión Europea ha sacrificado principios básicos como la solidaridad, el respeto a la legislación y la ayuda a otros países en momentos de emergencia. Pero hay que recordar a los ciudadanos que ellos sí tienen esos valores, para lograr nuevas relaciones con otros países y no generar más confusión de la que ya existe».

Sin duda la que se presenta como vía única para alejar a los ciudadanos de la crispación responde a una palabra: «Educación». «Junto a la información hace falta pedagogía, los datos son muy fríos y necesitan interpretación para poder situarlos dentro de un escenario tan complejo, que la gente no acierta a comprender», propone el sociólogo, que insiste: «Hay un trabajo muy importante de pedagogía y comprensión que hacer sobre los elementos que intervienen, su dimensión y complejidad».

La mentira del futuro ideal

En cuanto a las responsabilidades e iniciativas de las instituciones locales, Gómez Gil llama la atención sobre la necesidad de una mesa de debate que reúna actores sociales y políticos de las dos orillas. «Necesitamos campañas informativas desde las entidades diplomáticas, grupos sociales, asociaciones de vecinos y cuerpos de seguridad, para que los migrantes sepan que están siendo engañados al iniciar un viaje que no tiene futuro, arriesgando su vida. La gente dice eso de nos van a invadir, creen que llegan aquí, trabajan y ya está. Pero no. Lo que no saben es que son devueltos a Argelia y si no son detenidos, viven en la ilegalidad sin acceso a trabajo, vivienda o sanidad. Ahí reside el quid de la cuestión», sugiere Gómez Gil. En cuanto a las instituciones internacionales, el doctor en sociología apunta a la necesidad de «unas políticas donde haya mucho más respeto, comprensión y empatía».

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