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Vivir sin dejar huella (ecológica)

Tres alicantinos cuentan cómo utilizan su consumo cotidiano para reducir entre un 25 y un 50% su impacto ambiental

Rafael, profesor de jardinería, compra todos sus alimentos con garantía de origen cercano. ALEX DOMÍNGUEZ

Rafael, profesor de jardinería, compra todos sus alimentos con garantía de origen cercano. ALEX DOMÍNGUEZ

Si todos los habitantes del planeta vivieran como el español medio, el día 28 de mayo se habrían acabado los excedentes que genera la Tierra en un año y los ecosistemas entrarían en números rojos. El nivel de energía, transporte y consumo que demandamos agota la tierra y genera deuda ecológica, que pagamos en forma de nuevas enfermedades que salen de lugares vírgenes -como el covid-19-, sequías, incendios, aumento de temperatura global y escasez general. En una década, la insostenibilidad estará garantizada. Mientras la mayoría se encoge de hombros ante esta realidad que creen imposible de revertir, algunos se rebelan y actúan.

Desde lo cotidiano y sin hacer ruido, ciudadanos como Alberto, Djaphar y Rafael han conseguido mantener un estilo de vida que reduce la huella ecológica del español medio entre un 25 y un 50%. Así se han convertido en pequeños héroes contra el cambio climático luchando contra las emisiones de carbono y la generación de residuos con sus decisiones de compra.

Consumo de proximidad

Rafael Sogorb tiene 59 años, es profesor de jardinería y agricultura, vecino de Carolinas Bajas y una persona que contamina la mitad que usted. Para lograr que su huella ecológica sea de 2,1 hectáreas en lugar de 4, se ha centrado en optimizar el consumo de energía y de alimentos.

«Estoy en una asociación que compra fruta, verdura y otros productos ecológicos a una serie de agricultores de Elche, Alicante, Sax Monóvar y sitios cercanos. Así la mercancía recorre pocos kilómetros», explica por teléfono. Al comprar variedades locales y de temporada, la contaminación de los tubos de escape de los camiones que la traen hasta la tienda de Mercatrèmol es mucho menor que las de las grandes superficies.

Además, colabora con un banco de semillas para facilitar que los productores recuperen cultivos tradicionales, mejor adaptados a las condiciones del terreno y por tanto menos exigentes en recursos hídricos y químicos.

«Es cuestión de adaptarte. A lo mejor no consumes siempre lo que quieres pero luego tienes verduras de calidad impresionantes y características oreganolépticas que aumentan cada año. Normalmente vamos al mercado con una idea preconcebida de lo que queremos consumir, pero aquí sería mas ir a ver que hay», apunta el profesor y biólogo de formación.

También es consciente de que detrás de cada electrodoméstico hay una red eléctrica en la que más de la mitad de la energía se genera con combustibles fósiles. Por ello, y a pesar de usar «lo mínimo posible la calefacción» y otros aparatos de gran demanda, cambió de compañía hace diez años. «Me apunté a una cooperativa donde el 100% de la energía proviene de renovables, de fotovoltaica y eólica», cuenta Rafael, que además intenta «usar el transporte público» para desplazarse.

Este alicantino no cree que vivir una vida que demanda la mitad de recursos que otras sea un sacrificio. «Lo enfoco como algo personal. No me cuesta llevarlo a cabo, disfruto con ello. Al final, adquiero productos de calidad y a muy buen precio», asegura.

Para estimar su huella ecológica ha utilizado, como los demás participantes en este reportaje, la calculadora online de la plataforma Footprint Network.

Sostenibilidad para todos

A pesar de que tiene una tienda en Alicante y vive en Mutxamel, la actividad cotidiana de Djaphar Snacel tiene un impacto ambiental un 25% menor a la media española. Entiende su compromiso, que también es riesgo empresarial porque regenta una tienda de productos sostenibles, como «una forma de reducir o minimizar todo aquello que nos perjudica a nosotros y a nuestro entorno». Su estrategia de reducción de huella se basa también en el consumo, la más poderosa de las armas ciudadanas. «Realmente el consumidor es el que tiene la posibilidad de cambiar las cosas, quien marca qué se va a comprar y qué no. No tenemos que ser tan dependientes de ciertas marcas o productos que nos perjudican», asegura por teléfono.

Elige usar el coche lo mínimo y moverse en tranvía y bicicleta. En su casa, que comparte con su pareja, los productos que los supermercados venden en envases de plástico entran en recipientes reutilizables. Compra la leche y los detergentes a granel -«hay productores alicantinos de todo», asegura- y otros productos, como el champú y la pasta de dientes, en formato sólido. «Existe la pastilla de jabón de toda la vida y tiene la misma calidad que el que viene en envases de plástico. Podríamos ahorrarnos millones de envases si los fabricantes vieran que eso es lo que compramos», afirma.

Como empresario, tiene el objetivo de convencer al comprador de que lo ecológico no es solo para gente pudiente. «Una de las apuestas al abrir Greenlynx 360 era que fuera accesible a cualquier bolsillo. Los precios de los productos que ofrecemos son iguales a los de cualquier establecimiento», sostiene el empresario.

La batalla de Alberto, un jubilado recién mudado a Santa Pola, es contra los residuos. Con una huella ecológica de 2,3 hectáreas, un 50% menor que la media, trata de hacer un consumo responsable y optimiza las posibilidades de que sus residuos se conviertan de nuevo en materias primas.

Para ello usa cinco contenedores para separar la basura. «Vidrio, envases, orgánico, papel y otro de mezclados especiales» que semanalmente separa antes de sus viajes en bicicleta al ecopunto de la villa marinera, según explica.

En el supermercado, huye de los envasados. Cuando «no hay más remedio», los elige por su facilidad de reciclaje. Lleva la fruta y verdura «sin bolsa, porque la mayoría tiene su propia piel protectora». «Compro los envases que faciliten el reciclado o sean más sencillos de fabricar, porque requieren menos emisiones en la fábrica», cuenta Alberto. Conciencia de economía circular, bajo consumo y bajas emisiones son sus prioridades.

¿Vale la pena todo esto? Si todo el mundo viviera como ellos, el Día de Sobregiro o Sobrecapacidad de la Tierra llegaría hacia finales de septiembre y no en mayo.

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