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Análisis

Un Gobierno con flotador

En medio de la mayor crisis desde la Guerra Civil, el Consell logra sacar buena nota amarrado a un presidente de izquierdas para la izquierda y moderado para la derecha y a pesar de que sus miembros son desconocidos

De celebración. La consellera de Compromís Mireia Mollà hace una fotografía con otros miembros del Consell, el viernes, en la escalera gótica del Palau.

De celebración. La consellera de Compromís Mireia Mollà hace una fotografía con otros miembros del Consell, el viernes, en la escalera gótica del Palau.

La todavía presidenta regional del PP, Isabel Bonig, acogió el viernes con una exhibición de impotencia los resultados de la encuesta que Invest ha realizado para los periódicos de Prensa Ibérica en la Comunitat Valenciana. Antes de desacreditarla como intentó hacer, Bonig debería haber recordado el alto grado de acierto que los sondeos que viene elaborando la empresa demoscópica para INFORMACIÓN y Levante-EMV, y ahora también para Mediterráneo de Castellón, han demostrado a lo largo de los años. Habría sido lo más prudente, pero ya se sabe que la prudencia no es una de las virtudes apreciadas por la dirigente popular. También podría haber tratado de componer el gesto y llevar el agua a su molino: al fin y al cabo, aunque de manera insuficiente y, por tanto, inservible, tanto el PP como ella misma crecen algo en escaños y en valoración según la muestra. Pero el cabreo de Bonig es humanamente comprensible. Una encuesta tiene siempre dos lecturas: de un lado, es la foto fija del estado de opinión de la ciudadanía en un momento concreto; de otro, refleja tendencias. En ambos casos, el resumen para el PP es negativo: el PSPV se consolida como el primer partido en la Comunitat Valenciana, primacía que no tenía en 2015 aunque alcanzara el poder y que sí consiguió en 2019, pero que ahora aumenta de forma muy notable. Fruto de ello, la coalición de izquierdas que gobierna la Generalitat incrementa su ventaja sobre el bloque de derechas y la debilidad del PP, pese a mantenerse como segunda fuerza más votada, es mayor ahora que nunca, bajando incluso respecto al anterior sondeo, realizado hace un año. El hundimiento y/o el estancamiento de sus posibles socios de gobierno (Ciudadanos y Vox) aleja aún más a los populares de una posible recuperación del poder. Y, por último, pero no menos relevante, en plena crisis pandémica, la figura del president de la Generalitat, Ximo Puig, sale tan reforzada como para ser el único líder político aprobado por los encuestados. Pónganse en el lugar de María Isabel y sean compasivos.

Es cierto que el caso de Puig -un presidente autonómico que incrementa su crédito en medio de la mayor crisis desde la Guerra Civil- no es único: está ocurriendo con la mayoría de sus homólogos, con las sobresalientes excepciones de Ayuso en Madrid y el inhabilitado Torra en Cataluña. Pero también es verdad que en una comunidad como la valenciana, tan inclinada a seguir la estela política que se marca a nivel nacional, Puig consigue sobreponerse a la peor opinión que los ciudadanos tienen sobre la gestión de esta crisis que está haciendo el Gobierno central. Aquí no hay un «efecto Sánchez», sino un defecto, pese al cual los socialistas aumentan su predominio sobre el resto de fuerzas políticas de acuerdo con el informe.

Decía antes que un sondeo tiene dos lecturas: la foto fija (intención de voto, reparto de escaños...) y las tendencias que aflora. En realidad, cuando no hay en el horizonte una convocatoria electoral, lo sustancial de una encuesta como la que están publicando los periódicos de Prensa Ibérica no es lo primero, sino lo segundo: en roman paladino, por dónde van los tiros. En ese sentido, el estudio demoscópico tiene el valor de ponerle números a una percepción que coincide con la que cualquier observador no sesgado podía venir detectando desde hace meses.

Corrimiento

El Partido Socialista ocupa cada vez una mayor centralidad, esa posición que toda fuerza que gobierna aspira a consolidar para mantenerse en el poder. No era fácil que eso sucediera: el Consell es una coalición de tres fuerzas políticas, una de las cuales tiene un marcado tinte nacionalista mientras que otra gusta de autodefinirse como radical. Pese a ello, los gobiernos del Botánico han desarrollado hasta aquí una política moderada de la que claramente está saliendo beneficiado el PSPV-PSOE y perjudicado su gran rival en el mismo nicho ideológico, que no es Unidas Podemos sino Compromís, que sufre más que nadie la contradicción que siempre se da entre lo que dicen los programas y lo que la realidad impone cuando se gobierna. La encuesta no sólo refleja esa trampa en la que Compromís lleva atrapada prácticamente desde que en 2015 se desalojara del poder al PP, sino también el problema de liderazgo en que todo esto ha degenerado: Mónica Oltra sigue perdiendo valoración entre los ciudadanos y quien ha sido señalado como su posible sucesor, Vicent Marzà, tiene claramente un techo, el mismo que tiene el partido al que representa dentro de la coalición, el Bloc. Mientras Compromís no afronte ese damero maldito y lo resuelva, mientras no aclare cuáles son sus nuevos santos y sus nuevas señas, seguirá perdiendo fuelle y traspasándole apoyos al PSOE. Porque, aunque aún sea de forma contenida, lo cierto es que Compromís está centrifugando votos hacia los socialistas y también, en mucha menor medida, hacia Unidas Podemos, mientras que los votantes de estos últimos que hoy por hoy cambiarían de opción no se irían a la coalición nacionalista, sino que también optarían por votar al PSOE.

El dato no es menor, porque aunque la encuesta constata una situación de mayor confort para Unidas Podemos de la que muchos podían esperar, con su presencia en las Cortes asegurada, su fragilidad en esta comunidad, donde como movimiento político su actividad continúa bajo cero, hacen que su evolución futura esté muy condicionada por lo que ocurra a escala nacional. Si esa evolución fuera negativa, lo que la tendencia que refleja la encuesta dice es que, pudiendo elegir entre el PSOE y Compromís, serían los socialistas los principales beneficiarios de una pérdida de votos de UP, como ya lo están siendo de la de Compromís.

Pero la centralidad que va conquistando el PSOE no sólo le hace receptor de votos en el ámbito de la izquierda, sino que también le lleva a obtener buenos réditos del hundimiento de Ciudadanos que la encuesta recoge. Cerca de la mitad de los electores que votaron al partido que ahora dirige Inés Arrimadas en las pasadas elecciones no piensan en estos momentos repetir, pero esa fuga de votos, la mayor registrada por ninguna de las fuerzas políticas con representación en el Parlamento autonómico, no la capitaliza mayoritariamente el PP, sino que se reparte casi por igual entre los populares (13%) y los socialistas (11%). Así que el himno de Ciudadanos podría ser la popular jota navarra, esa que dice «si canto me llaman loco, y si no canto, cobarde». Tachar de aldeano, indepentista, bolivariano y no sé cuántas cosas más al primer Consell del Botànic no le sirvió para dar el sorpasso al PP, de la misma manera que mostrarse dispuesto a pactar ahora con esa misma izquierda que denigraba no le vale para evitar su descenso a los infiernos. Y resulta realmente difícil, por no decir imposible, encontrar la salida a ese laberinto: ninguna de las opciones que se proclamaron de centro o quisieron retratarse ahí a lo largo de la historia política española -ni UCD, ni el visto y no visto PRD de Roca que no llegó a dejar ni rastro en la memoria, ni el CDS, ni la UPyD- lograron hacerlo.

Aunque las dinámicas políticas son cambiantes, y más en medio de una situación inédita como la que estamos viviendo, la incapacidad del PP para rentabilizar el desmembramiento de Ciudadanos que a día de hoy señala el sondeo de Invest y la estabilidad del voto a Vox, que no se dispara como se podría temer, pero tampoco pierde apoyos, ni mucho menos se los transfiere al partido de Bonig, condena a los populares y confirma en sus expectativas de seguir en el poder a los socialistas. Y sobre todo plantea un difícil dilema de estrategia al PP: qué hacer cuando su extrema derecha se mantiene firme y por el centro la capacidad de competir del PSPV-PSOE cada vez es mayor en esta comunidad y todo indica que seguirá creciendo mientras Puig sea capaz de mantener una imagen autónoma respecto de Pedro Sánchez y del Gobierno de Madrid.

La clave

Porque la clave de todo esto sigue estando en Puig, capaz de presentarse como un presidente de izquierdas para el electorado de izquierdas y como un líder moderado para el de derechas. Esa habilidad de Puig, que además no es impostada, puede ser muy rentable a corto plazo para el PSOE, pero la enorme dependencia que conlleva no es sana, ni para el partido ni para el Gobierno, de cara al futuro. Ni siquiera con Lerma -que tuvo que convivir con García Miralles o con Cipriano Císcar, por citar sólo a dos de los muchos dirigentes cualificados que entonces tenía- los socialistas vivieron una situación como la que ahora se da. Como evidencia la encuesta de Invest, Puig preside un Consell cuya gestión los ciudadanos valoran positivamente (un 40,4% la considera muy buena o buena, frente al 36,3% que la tacha de mala o muy mala), pero cuyos miembros, salvo él, son unos perfectos desconocidos. Eso puede llevar a la oposición (tanto la de fuera como la de dentro) a concluir que no le queda otra que ir al desgaste personal de Puig, algo para lo que no está claro que ni el aparato de la Presidencia de la Generalitat, ni la muy disminuida estructura del Partido Socialista estén preparados para combatir. Hay otra fórmula, mucho más digna para la política y mucho más beneficiosa para los ciudadanos, que es exigir, controlar y plantear alternativas a un Consell que, pese a sacar buena nota, presenta fallas preocupantes: sólo hay que ver que su consellera de Sanidad aprueba, pero su departamento escala al margen de la lucha contra la pandemia hasta convertirse en una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos; que su conseller de Economía, con la que se nos viene encima, suspende; y que tampoco puntúa, un gobierno de izquierdas, en Igualdad y Políticas Inclusivas. Pero para esto segundo haría falta una oposición que trabajase y la mayoría de sus señorías (por supuesto que con honrosas excepciones) no son muy dadas a ello.

En todo caso, mientras el PSOE tiene un líder, el PP tiene un problema. No somos los periodistas, ni son los sondeos, los que ponemos interrogantes a Bonig. Es el propio partido el que siembra constantemente las dudas sobre ella, haciendo ver que si no la cambia es porque sus posibles sustitutos no están sentados en las Cortes, no porque no esté pensando en ello. La propia Bonig, con su facilidad para perder los nervios y para ganar enemigos y dinamitar puentes, contribuye a esa imagen de precariedad que, pese a ser el segundo partido en votos y gobernar alguna de las instituciones más importantes de la Comunidad, transmite el PP. No es de extrañar, por tanto, que a la vista de un sondeo en el que su compañero Carlos Mazón, que sólo hace un año que volvió a la actividad política, ya le supera en valoración ciudadana, Bonig sólo fuera capaz de responder con un exabrupto. «El que paga, manda», dijo cuando fue preguntada por los resultados de la encuesta, tratando de descalificarla y descalificar a los medios que la publican. Es la misma frase que pronunció Carlos Fabra cuando a principios de este milenio empezó a ser cuestionado. Allá cada cual con los maestros que elige.

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