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Luis Miñano, empresario

Entre helicópteros y viñedos

Luis Miñano, empresario

Aquel joven de 17 años que aprovechó los cuatro años de servicio militar para aprender el oficio de mecánico de helicópteros en la escuela de especialistas del Ejército del Aire en Cuatro Vientos nunca alcanzó a sospechar que esos aparatos con hélices que aprendió a reparar iban a convertirlo en un empresario de éxito tras una apasionante carrera jalonada de atrevimiento y trabajo. Para ello, Luis Miñano San Valero, nieto de agricultores y segundo de los seis hijos de un matrimonio de Manzanares (Ciudad Real) que sobrevivía con un negocio de transportes vinícolas, se lanzó a la aventura convirtiéndose en piloto nada más regresar a la vida civil.

Ese título recién estrenado le sirvió para incorporarse a Avicopter, una empresa dedicada a la fumigación aérea que acabó siendo contratada a principios de la década de los setenta por Nicasio Brotons, el gran patrón de Bonnysa, una sociedad alicantina que precisaba de esos servicios para sacar adelante su plantación de tomates.

El caso es que Miñano cayó de pie en Bonyssa. Dedicado en cuerpo y alma a fumigar por el día y a luchar contra las heladas con el aire del rotor en indispensables vuelos nocturnos, fue llamando la atención de Brotons, que no tardó en proponerle un negocio a medias. Así nació Helicópteros del Sureste, una sociedad que arrancó con dos aparatos y poco más tarde colocaba en el mercado una flota de veinte.

La apuesta había dado en la diana hasta el punto de que los socios optan por fusionar Helicópteros del Sureste con Helicsa, compañía madrileña del mismo ramo, para crear Inaer, la mayor operadora de helicópteros de servicios aéreos del país.

Entretanto, Miñano había diversificado el negocio. Además de fumigar cultivo, ofrecía los helicópteros para colaborar con la protección civil. Así, contando con el apoyo de la Diputación Provincial de Alicante y la Generalitat Valenciana, los aparatos multiplican su función haciendo rodar las hélices para dar servicio sanitario, apagar incendios, realizar salvamentos marítimos y operaciones de rescate de montañeros.

Valorada fue, asimismo, su contribución en el rescate de personas que quedaron desamparadas en los tejados durante las inundaciones del 82 y del 87 que arrasaron el barrio San Gabriel de Alicante y la Vega Baja.

El éxito empresarial de la sociedad, con base en el aeródromo de Mutxamel, coloca a la compañía a la vista de un fondo de inversión italiano, Invest Industrial, al que venden parte del accionariado, pero con el compromiso de permanecer al frente de Inaer, que con esa nueva inyección económica pasa en pocos años de 20 a una flota de 200 helicópteros, y de 100 empleados a 1.200.

Es en ese punto cuando un nuevo fondo, en esta ocasión inglés, Babcock International, realiza una jugosa oferta por Inaer, punto de inflexión de la carrera empresarial de Miñano, que, tras acceder a la venta, decide volcarse en la agricultura para sacar provecho de unas fincas adquiridas en Villena con parte de las ganancias obtenidas con el negocio de los helicópteros.

Luis volvía a sus orígenes, a la agricultura que dio sustento a sus antepasados y que siempre llevó dentro. De hecho, ya se había adentrado en ese terreno con un nuevo negocio familiar, Hermisán, dedicado al riego por goteo, para emplear a buena parte de la familia.

Desvinculado de Inaer, Miñano da un paso más en busca de la excelencia para sacar provecho de los viñedos y compra una bodega, Casa Corredor, entre La Encina y Caudete. Se trataba de probar con algo pequeño y comprobar el resultado antes de acelerar el paso y seguir adelante. El objetivo no era solo producir vino propio, sino comercializarlo bien.

La prueba fue satisfactoria, así que decide adquirir una nueva bodega: Sierra Salinas, de la familia Castaños, en Villena. La pasión creada alrededor del vino por la familia Miñano no se detiene ahí. La empresa, bautizada como MGWines, genera una estructura para vender 200.000 litros de vino profundizando la investigación con el monastrell y aumentando la propiedad con Bodegas Lavia, en Bullas, un lugar especial que produce esa misma variedad, al tiempo que extiende sus tentáculos hasta El Bierzo para hacerse con la bodega Tilenus a través de su prestigioso enólogo Raúl Pérez.

Con todo, la joya de la corona aparece cuando se cruza en el camino la bodega de Salvador Poveda en Mónovar, con el Fondillón como producto estrella, un tesoro que Miñano no estaba dispuesto a dejar pasar.

Eso sí, consciente de lo que negociaba, buscó la complicidad y el compromiso de toda la familia dado que, en este nuevo caso, el empresario quería dejar claro que no se compraba un negocio más, sino que incorporaba a sus bienes un patrimonio histórico. Por eso reunió a sus cuatro hijos -Gema, Eva, Luis y María- a los que expuso la situación:

-«Si vamos adelante, tomamos el relevo y el compromiso de cuidar y velar por un bien cultural (el Fondillón), eso es asumir una responsabilidad que no acaba en mí ni en vosotros, también incluye a vuestros hijos y a vuestros nietos, a los que tendréis que inculcar la misión de conservarlo y mimarlo».

Aceptado el compromiso, la familia Miñano se hace con la bodega de Poveda y su preciado Fondillón, y por último, para completar el proyecto con una apuesta por el cultivo ecológico, engorda la nómina vinícola con los viñedos de la bodega Venta La Vega en Almansa, el mayor territorio ecológico que existe en Europa con una extensión de 800 hectáreas con la garnacha tintorera como protagonista.

Del mismo modo, su pasión por la aviación, nunca desvanecida, le lleva a crear European Flyers, una escuela de pilotos con sede en Mutxamel y Cuatro Vientos, que cierra el círculo de su trayectoria vital, una apasionante historia de atrevimiento y trabajo que discurrió por cielo y tierra.

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