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Una narración iconoclasta

Con La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández, a estas alturas, consigue un estallido de la narración tradicional

Arte y denuncia José Joaquín Martínez Egido

Tuve noticias de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Literatura Random House, 2021) el pasado 24 de diciembre cuando escuchaba «El Consultorio» de Hoy por hoy en la SER y Àngels Barceló charlaba unos minutos con su autora, Laura Fernández. Me hice con sus 600 páginas, descubriendo pronto que no era lo que aparentaba su portada, como de cuento feliz de navidad con esos esquiadores descendiendo por una ladera. No. Ni era de navidad, ni era superficial o fácil, ni se ajustaba a ese relato tradicional que buscaba para las tardes de invierno, si bien he de decir que lo he disfrutado mucho, pero de forma algo «distinta».

Enseguida me sumergí en la siempre desapacible Kimberly Clark Weymouth donde siempre es invierno, con sus ventiscas heladas, el cielo siempre blanco, en una época sin informática y donde todos sus habitantes, con nombres complicados en los que se mezcla el masculino y el femenino, están pendientes de todo y de todos. Es una ciudad, cuyo nombre coincide con el de una compañía real de suministros higiénicos, que debe su éxito a la señora Potter, la protagonista de una novela infantil de éxito: una especie de bruja buena que concede deseos a los niños que algún día se portan mal, para que así, sus padres sepan apreciarlos plenamente. De ahí el título.

Laura Fernández hace desfilar decenas de personajes, desde personas no asesinadas, pasando por policías y escritores de éxito, hasta fantasmas de oficio. Entre ellos destacan Billy Bane, propietario de la tienda de regalos de la señora Potter, y Stumpy MacPhil, quien se establece en la ciudad como vendedor inmobiliario. Ambos se conocerán cuando el primero quiera vender su casa y acuda al segundo, pero con la condición de que no tiene que enterarse nadie, ya que, si esto sucediera, los vecinos no lo dejarían marchar porque, con su huida, se acabaría la tienda y con ella el sustento del pueblo.

La novela no es simple ni sencilla, pues el lector carece de referentes. Su tono y su estilo son, como poco, singulares. Se divide en 40 capítulos encabezados por lo que pretende ser un resumen, pero que se configura con una aparente falta de coherencia, mediante tres oraciones aparentemente inconexas que se convierten en metonimias del contenido. Me recuerda a la misma manera de titular de una conocida serie de humor nacional con muchas temporadas en su haber. A esto se une el empleo constante de los paréntesis y de las mayúsculas sin preceptiva ortográfica, ya que lo mismo se utilizan con onomatopeyas, con discursos aparte… o dentro del mismo discurso. Y se consigue un gran valor añadido, al igual que con el uso de las mayúsculas en los mensajes de texto. Además, en gran parte de la novela (si bien podría afirmarse que se ha redactado en momentos diferentes, tanto por la sintaxis empleada, como por el tratamiento de los párrafos) destacan frases y párrafos muy muy largos, aunque lejos del llamado estilo ornamentado, metafórico y difícil, y cerca de la modalidad del discurso narrativo oral al repetir palabras, expresiones, circunloquios, perífrasis, etc., siendo este otro valor de la obra.

A ese abrumador estilo, se le une un abrumador contenido con decenas de historias, algunas incompletas y otras narradas de forma fragmentaria, en capítulos con cierta falta de lógica semántica en ellos y entre ellos. Como unión de todo se encuentra el narrador omnisciente que presenta, describe, ordena, opina y juzga. También son abundantes los temas, que oscilan desde el sentido y el ser de una ciudad, verdadero ente protagonista en donde nadie es feliz, hasta las cuestiones más baladíes de algunos de sus habitantes. Entre todos ellos, destacan dos: la relación madre-hijo, tanto por la madre insatisfecha con el futuro de su hijo, como por el sentimiento de la madre ausente; y el desarrollo metaliterario, tanto en los personajes escritores, como en el propio estallido de géneros que la autora emplea.

Y ¿Por qué deberíais de leer esta novela? Porque es una sorpresa exitosa en el panorama literario español; es una voz narradora diferente que bebe del mundo audiovisual y de la cultura actual y utiliza un amplio abanico de géneros. Y porque, con el abuso y la ruptura de lo ya comentado, entorpece a propósito las reglas de la cohesión textual para transgredir también la propia coherencia semántica. Seguro que la releeré, pues conforme pienso en ella, observo y deduzco más y más cosas: «(SI LA VIDA FUERA JUSTA, MUCHACHO, LOS CEPILLOS A PILAS NO EXISTIRÍAMOS) Cap. 38».

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