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Opinión

Una rosa amarilla

La única vez que he estado hospitalizada me trajiste una rosa amarilla de algún rosal de tu terraza, esa que disfrutabas inaugurando cada temporada de verano y donde montabas las famosas cenas de sobremesas interminables con tus amigos, los de aquí y los del teatro. Media escena teatral española conoce esa terraza con vistas al castillo, y medio Alicante, también. Porque así eras tú, generoso y detallista hasta la médula con quien tú querías.

Te recordarán en estas páginas, las de tu periódico, donde escribiste durante los últimos años sobre tu ciudad, como el gran hombre de teatro que fuiste, fuera del escenario pero llevando las riendas de un coliseo que hiciste grande en una ciudad mediana y en una época donde nada era fácil y todo estaba por hacer.

Pero en mi casa de los años 70 en Alicante, para mis hermanos y para mí, eras el tío Luis, el que tenía una moto que se llamaba Rosita y un seiscientos que se llamaba Ernesto, en el que paseaste por Alicante a Núria Espert y a Rafael Alberti en una tournée de lecturas poéticas. El amigo moderno de mis padres que se dejaba caer por casa domingo sí, domingo también, y donde también traía a sus amigos. El que algunos sábados por la mañana nos metía en el seiscientos y nos llevaba al teatro infantil que había en Il Paradiso; el que me recogió una tarde después del colegio para ver Fama en el cine, yo encantada y tú avergonzado con alguna escena que no debía estar indicada para una niña de 11 años, algo que me recordarías toda la vida; el que nos traía carteles de obras de teatro de Valle-Inclán o de Els Joglars con las que empapelábamos las paredes de la habitación. Preguntabas cuántos años teníamos porque en tu subconsciente crecíamos muy deprisa y nos echabas diecisiete más. Nos despediste cuando nos fuimos a València, ciudad que no te gustaba nada, y ya dijiste que por allí no te íbamos a ver, así que la fuerza centrífuga hizo que fuéramos hacia ti.

Esta vez no te he podido llevar una rosa amarilla, símbolo de la alegría de vivir que tú me regalaste y que tan bien practicaste, pero cada vez que veo una me acuerdo de ti, Luis. Siempre.

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