Suscríbete

Información

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Joaquín de Luz

«Cada comunidad debería tener una compañía grande de danza»

El bailarín y director de la CND Joaquín de Luz. ALBA MURIEL

Director de la Compañía Nacional de Danza. Joaquín de Luz ha bailado media vida en Estados Unidos y13 años en el New York City Ballet, donde fue bailarín principal. En 2019 cambió de «tribu» para dirigir el mayor buque dancístico del país y este domingo imparte una clase magistral en el ciclo de danza de Fundación Mediterráneo.

Casi tres años al frente de la Compañía Nacional de Danza. ¿Qué balance hace?

Muy positivo, a pesar de la que ha caído en este año de covid. Hemos tenido suerte y sabido aprovechar el tiempo con optimismo. Siempre digo que cuando hay adversidad, hay oportunidad de crecer y reinventarse, y creo que hemos hecho cosas que han sido un milagro. Mis amigos de EE UU, que han estado un año y medio sin actividad, no comprendían cómo podíamos estrenar una producción nueva de Giselle y seguir girando y, de hecho, el New York Times nos hizo un artículo porque estábamos bailando en el Festival de Granada en julio de 2020. Hemos sido muy, muy cuidadosos, hemos sacado un protocolo de seguridad contra el covid con el Inaem que ha sido un ejemplo y lo han usado en muchos sitios. Hemos seguido remando y, afortunadamente, mis bailarines me han seguido.

Quiere crear la compañía que le hubiera hecho quedarse en España. ¿Ve el fin más cerca?

Es muy complicado hacer una compañía de primera división cuando no están los medios ni el apoyo. No tenemos teatro, que es una de las reivindicaciones históricas y que yo sigo haciendo. Hay un proyecto, pero aún no es realidad y eso es algo imprescindible para que una compañía sea de primera división: tener una casa artística, tener un teatro para hacer diferentes programas, temporadas, afianzar tu público y realmente construir un hogar para los bailarines. Es un tema muy importante, de primera necesidad, para que esa compañía pueda manifestarse y tomar forma. En cuanto al trabajo interno y la calidad de los bailarines, empiezo a ver muchos resultados, están saliendo de su zona de confort. Y estoy trayendo el repertorio que creo que una compañía debe tener, un gran abanico que va desde el ballet más clásico al más vanguardista.

¿Cómo es pasar al otro lado? ¿Cuesta dejar de ser bailarín principal y dirigir a otros?

Cuesta muchísimo (ríe). Es una montaña bastante empinada al principio, es cambiar de tribu, aunque te sigas sintiendo bailarín siempre. Eso es tan desafiante como comprender la parte de gestión y de oficina de mi trabajo. Los bailarines somos animales de estudio y meternos en una oficina nos da mucha pereza, pero sigo aprendiendo. Estar al frente de más de cien personas requiere muchas cosas y tengo un gran equipo que me acompaña en este cambio de tribu.

Ha desarrollado su carrera en EE UU. ¿Qué aprendió allí?

Mucho, espero. El New York City Ballet es una compañía de otra liga, comparado incluso con las europeas. Es un monstruo que hace 150 funciones, 38 producciones diferentes en dos meses, una máquina muy propia de la ciudad de Nueva York, que va a una velocidad impresionante y si no estás con las yemas de los dedos, te come. He estado preparado cuando me ha llegado el tren, también he sido muy disciplinado, y allí me han inculcado cosas como la rapidez que tienen al trabajar y la colaboración, que aquí no se hace mucho, somos muy sectoriales en los géneros artísticos. [Georgte] Balanchine decía que la música se ha de ver y la danza, oír. Y eso intento transmitir a mis bailarines.

¿Se ve identificado con los jóvenes bailarines de hoy?

Tengo un pequeño hueso que roer. No me siento nada identificado con esta generación, que creo está un poco perdida, en parte por culpa de la tecnología, y lo va a tener difícil para encontrarse. A mí me educaron con valores y estando más presente en la vida. En el ballet tuve suerte de tener grandes maestros que me hablaron claro y ahora hay un poco de miedo de hablar claro a las nuevas generaciones porque todo es mucho más ligero. Y eso lo siento en las nuevas generaciones, que van al atajo, que ven un vídeo en Youtube y creen que por imitar un salto ya saben bailar y están muy equivocados. Se pierden lo más bonito de la profesión y de la vida, que es el camino.

Eso de que la danza es la hermana pobre de las artes escénicas ¿es un lastre?

Es una gran verdad. Los bailarines tenemos carreras muy efímeras, a los 40 años no puedes bailar y la verdad es que no se cuida a los bailarines. Me parece normal que se vayan de España.

¿Los bailarines salen de España por obligación o por convicción?

Es por necesidad, no solo por nutrirse de experiencias. Desafortunadamente, aquí no podemos ofrecer grandes compañías, ni lo que te ofrecen en el extranjero. La carrera del bailarín es corta y se debe probar fuera, aparte de que en España solo hay una compañía nacional que no puede acoger todo el talento que hay aquí.

¿Faltan compañías?

Totalmente. En cada comunidad autónoma debería haber una compañía grande de danza que fuera permanente en un teatro. Tenemos unas infraestructuras impresionantes, como el Palau de Les Arts en València, el Liceo de Barcelona, la Maestranza en Sevilla y el Real o la Zarzuela en Madrid y ninguno es sede de compañías. Esto es impensable en otros países.

Pero público hay...

El público ama la danza y llena los teatros cada vez que vamos, en Madrid o en otras ciudades siempre colgamos el cartel de completo.

Lo último en INF+

Compartir el artículo

stats