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ANÁLISIS

Bikoro contra Bikoro

La sanción ejemplar a la que se expone el mediocentro del Hércules tras su comportamiento antideportivo en Buñol le resta crédito como líder del equipo

Bikoro recibe exultante la ovación del Rico Pérez después de marcar en el Rico Pérez.

Por desgracia, ocurre infinidad de veces. El ruido palpitante del aplauso engulle el estruendo chirriante de la falta. Cuando abandonas un campo jaleado por tu público después de dejar a al equipo en inferioridad –y perdiendo–, por una muy mala decisión tuya es normal que se te borre la perspectiva, que te creas por encima del bien y del mal, superior a todos, inmune a la ley de la gravedad. Los héroes mal entendidos, los jugadores desprovistos de la humildad que hace falta para alcanzar la cima, para ser, de verdad, el mejor futbolista del equipo, esos no suman. Un líder nace, pero solo es útil si se gana el respeto de sus iguales.

Federico Bikoro tiene unas condiciones fabulosas para ser en el fútbol lo que él quiera, para hacerse razonablemente rico, para meterse en el bolsillo a una nación entera. Es, seguramente, el mejor centrocampista del Hércules, el más completo. Sin embargo, entre el pivote que inició la Liga y el que ha regresado enaltecido de la Copa de África algo se ha perdido en el camino, un elemento básico: la empatía.

JUEGO COLECTIVO

Exceso de individualismo

El internacional ecuatoguineano es clave para Sergio Mora. Lo es hasta el punto de plantearse meterlo en una convocatoria después de una semana sin entrenar, envuelto en celebraciones y con solo unas horas de sueño. El técnico tiene en él a un interior diferente. Lo intuyó rápido, por eso le dio metros por delante de César Moreno para que dejara de ser el un jugador eminentemente físico, de pierna dura, y empezara a explorar y explotar su talento, su olfato, su instinto goleador cuando está cerca del área rival.

El tanto que le marcó al Pulpileño reúne buena parte de todas esas cualidades que le hacen destacar. Pero nadie consigue nada grande por sí solo en un juego de equipo, únicamente gloria personal, relleno de vanidad, uno que pesa mucho y te aleja de la meta coral, que es la que cunde de veras. Pasar el balón, no perderlo por querer ser más de lo que se es.

Bikoro voló a Malabo en diciembre siendo el jugador más en forma de un club en cuarta categoría (después de años de soldado sin fortuna infrautilizado por el Zaragoza) y regresó de allí en enero, más tarde de lo pactado con su Federación, convertido en gloria, en icono de la selección. Si a eso le sumas el interés de clubes extranjeros en su contratación en el mercado invernal, el cóctel se vuelve una mezcla explosiva.

METABOLIZAR EL ÉXITO

Tener los pies en la tierra

Cuando alguien es tan joven como Bikoro (25 años) y recibe el reconocimiento unánime a su tarea, a sus dotes profesionales, tiene dos opciones, morir por empacho de éxito o disfrutar del elogio sabiendo que todavía tiene que aprender muchas cosas de otros que han pasado por esa misma carretera antes y conocen bien las curvas, los baches y los cambios súbitos de rasante.

En el Hércules tiene para que se lo cuenten a Pedro Sánchez, a su entrenador, a Jesús Fernández... Abde estuvo 11 jornadas seguidas en el banquillo el año pasado siendo consciente de que nadie era mejor que él en el equipo y no se le notó, no lo cuestionó en público. Esperó del mismo modo que ha aceptado regresar al filial del Barcelona después de deslumbrar en el primer equipo.

La gloria siempre es efímera, lo que perduran son los logros colectivos. Sentirse invulnerable no es lo mismo que creerse indispensable, lo primero es un valor que ayuda en la lucha y lo segundo una condición que te aleja del grupo, de ese que tiene que partirse la cara por ti cuando tienes un mal día.

CONOCER EL OFICIO

Con uno menos se suele perder

Algo que se debe aprender rápido es a controlarse, a templar los nervios. Bikoro fue incapaz en Buñol, no supo. Se frustró. Le ocurrió igual en Socuéllamos. Se ofuscó porque las cosas no le salían como quería y su entrenador le dejó en el banquillo al descanso. Un líder –y él lo es cuando no le supuran malos humos–, ha de saber cómo ayudar siempre, incluso cuando está jugando mal.

Hoy se conoce su sanción, y lo más normal es que no baje de cinco partidos de suspensión. Eso significaría que su equipo le perdería el 50% de los partidos que restan hasta el final de la fase regular. Es mucho, muchísimo, una barbaridad. Nadie nace sabiendo, pero para aprender hay que dejarse enseñar. Bikoro contra Bikoro, los dos no pueden ganar.

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