Volé a Irán hace unas semanas sin idea de farsi y con la convicción de que, a juzgar por las imágenes de las protestas que circulaban por las redes, al régimen de los ayatolás apenas le quedaban un par de rezos. Quince días después he regresado farfullando hola y adiós en la lengua de la antigua Persia pero convencida de que las manifestaciones que desde hace más de dos meses jalonan la capital y otras ciudades del país, y que han provocado ya varios centenares de muertos y cerca de dos mil encarcelados (aunque los detenidos superan los 15.000), apenas son el síntoma de una enfermedad. Un estornudo. El aviso de una dolencia. Una suerte de diagnóstico de que, si bien el mal podría degenerar en algo grave, lejos está en estos momentos de llevarse por delante por muerte súbita a los sucesores de Jomeini y a sus leyes ancestrales.

Mujeres en el exterior de la mezquita del Imam Zadeh Saleh en la zona norte de Teherán. G. N.

Unas normas restrictivas más propias de la Edad Media (algo de eso tiene su calendario, que en estos momentos anda por el año 1401) que de un país rico en recursos y con una población joven, formada y emprendedora que en las cuatro décadas que lleva soportando los rigores de esta república islámica ha logrado desarrollar una capacidad innata para navegar entre dos aguas.

Durante las cuatro décadas que llevan soportando los rigores de la República Islámica los iraníes han desarrollado una capacidad innata para llevar una doble vida: la de exterior, donde se cumplen normas atávicas, y la que se hace de puertas adentro

La de a ojos vista, donde se cumple con normas anacrónicas y carentes de toda racionalidad, como la que obliga a las mujeres a cubrirse en público el cabello, los codos y el culo (las tres ces) para evitar, argumentan, provocaciones lujuriosas (sic) mientras las tiendas de lencería y ropa femenina nada tienen que envidiar a las más atrevidas de sus odiados  enemigos de Occidente.

O la prohibición, en este caso sin distinción de sexo, de beber alcohol o consumir cerdo, entre otras restricciones vinculadas al chiismo que desde que en 1979 Jomeini expulsara al último sha, aquel Reza Pahlaví casado con la glamurosa Farah Diba, se inoculó en vena a todos los iraníes por imperativo legal. Y aún así no son muchos los fieles a los que se ve orando en unas mezquitas que parecen reservadas casi en exclusiva a los escasos turistas, mayoritariamente rusos, que en estos tiempos convulsos se atreven a visitar el país.

Panorámica de la ciudadela de Shiraz una tarde de este noviembre. G. N.

Esa es una vida, decía, la del exterior. Y luego está la otra, más real pero condenada al ostracismo, que discurre puertas adentro, donde los hábitos y costumbres de los iraníes apenas se diferencian de los de cualquier español. Gente generosa, hospitalaria, a la que le gusta relacionarse, conversar… Amante de largas sobremesas que suceden a comidas regadas con algo más que refrescos, malta (cebada tostada) y dugh, una bebida a base de yogur, agua con gas y sal muy popular en Irán y otros países de la zona.

Una triste metáfora de los jardines persas, en los que la vida, la belleza, permanece oculta tras un muro infranqueable que la mantiene a salvo de las miradas del exterior. Pero de la que no se puede disfrutar salvo que se esté dentro.

Maniquíes muestran modelos de chador en una tienda de Isfahán. G.N.

Por ello, mientras en las calles la denominada «policía de la moral» anda ojo avizor afanada en garantizar el cumplimiento de estas normas atávicas, que llevan incluso a castigar a las mujeres que van en su coche sin el velo, en las casas se cuelga el pañuelo, se bebe cerveza, vino y otros alcoholes de mayor graduación, se come jamón y demás derivados del cerdo, se escucha música y se baila como si no hubiera un mañana. Y, en contraposición a otros países con gobiernos dictatoriales, se critica sin tapujos un régimen al que les gustaría poner fecha de caducidad pero del que admiten, con un sentimiento entre la resignación y la rabia, que le queda cuerda para rato.

Chicas en un restaurante de Teherán en el que un cartel indicaba la obligatoriedad del uso del velo. G.N.

Aunque en estos momentos, por citar un ejemplo de por dónde va la sintonía de los iraníes con los ayatolás, se sucedan las negativas a las llamadas para incorporarse a filas de miembros de las fuerzas de seguridad ya jubilados. Y eso pese a saber que con su rechazo se juegan la pensión, como está ocurriendo. 

Se les reclama para reforzar a una Policía exhausta tras dos meses de protestas, desde la muerte a mediados de septiembre de la joven de 22 años Mahsa Amini cuando se encontraba bajo custodia policial por llevar mal colocado el velo.

Dos hombres pasan en moto delante de lo que fue la Embajada de EE UU en Teherán. G.N.

Es el detonante que ha lanzado a las calles a miles de jóvenes y adolescentes que desde la muerte de esta chica kurda presuntamente a golpes de la Policía, lo que nunca se aclarará, se vienen manifestando un día sí y otro también tanto en Teherán como de otros puntos del país divididos en grupos más o menos numerosos, pero sin un líder que canalice ese malestar y pueda plantearse como una alternativa seria a lo que para el régimen es el líder supremo Jamenei.

No lo hay dentro pero tampoco fuera del país. Por mucho que el hijo mayor del Sha aplauda la revolución de las mujeres contra el hiyab desde su exilio americano, donde lleva desde que los ayatolás expulsaron a su familia de Irán hace cuatro décadas. 

Desde la muerte del joven kurda presuntamente a golpes de la Policía los jóvenes se vienen manifestando en grupos más o menos numerosos pero sin un líder que canalice ese malestar

A favor del ímpetu de la lucha que en la más absoluta orfandad y sin una estructura está librando la juventud, donde se grita con las mismas ganas «Mujer, vida y libertad» que «Muerte al dictador», cuentan, eso sí, con la temeraria valentía propia de su edad espoleada por el descontento que provoca ver, pese a los intentos del régimen por cercenar el acceso a internet, cómo su vida no puede ser igual a la de millones de chicos y, sobre todo, de chicas en buena parte del mundo. La lucha, pues, es conjunta. 

Periódicos en un quiosco de Teherán. Desde el inicio de las protestas se han ido cerrado los medios más críticos con el régimen quedando únicamente los afines. G. G.

Pero por mucha fuerza que tenga el cuerpo de la protesta, que al menos de momento y visto sobre el terreno tampoco es tanta, difícil es que sin cabeza se pueda conseguir dinamitar un régimen que algunos, los más optimistas, porfían a la capacidad de aguante de los manifestantes. «Si mantienen la tensión hasta febrero es posible que comience a resquebrajarse», aseguran sin argumentar muy bien por qué ese plazo ni si la grieta será tan grande como para que engulla cuarenta años de feroz islamismo.

El nuevo acto de lucha ideado por los jóvenes, consistente en la travesura de quitar el turbante al descuido a los mulás mientras caminan por la calle, da una idea del sesgo de estas protestas en las que con un pañuelo ondeando al viento, el arma más simbólica, las manifestantes se enfrentan a disparos de pintura y perdigones, pero también de munición real que hace que el número de víctimas no deje de crecer.

Un mulá camina por el patio de la mezquita del Imam Jomeini en Isfahán. G.N.

Sin perder de vista las sentencias que se esperan en un país que ha dado muestras de no temblarle el pulso a la hora de aplicar la pena de muerte y que no tiene reparos en utilizarla como un instrumento más para descabezar las protestas. De momento se han dictado seis y los juicios, así los llaman, no han hecho nada más que empezar. 

Baluchistán y el Kurdistán

Con todo, la situación no es la misma en la capital, con las concentraciones focalizadas fundamentalmente en la acomodada zona norte y en las universidades y otros centros educativos, que en regiones como Baluchistán o el Kurdistán, situadas al sureste y noreste del país, de mayoría suní, donde precisamente fueron detenidos los dos españoles que continúan presos sin ningún tipo de control judicial (el madrileño Santiago Sánchez, de 41 años, y la gallega María Baneira de 24) y en las que la represión está siendo especialmente dura. Zonas donde el régimen se está ensañando sin contemplaciones con muertos que se cuentan por decenas a la semana. 

Y es en medio de esta desolación donde brilla con luz propia el arrojo de miles de mujeres que, con o sin velo, no dudan en intercambiar con sus congéneres una sonrisa cómplice y la señal de la victoria colando los dedos en forma de una uve cerca del corazón. Como si con esos pequeños gestos se pudieran derrocar dictaduras. ¿O sí se puede?