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Ser un triceratops

El rey destronado Faruk lo detectó a tiempo y afirmó más o menos que al cabo de poco sólo habría trabajo de Rey para los cuatro de la baraja y la Reina de Inglaterra. Una más de las profesiones que se extinguen, aunque en España sigamos manteniendo una figura real que ni gana oposiciones ni ha sido elegida por ninguna persona humana, animal ni cosa. Bien es cierto que luego todos somos republicanos hasta que el Rey pasa a nuestro lado y entonces nos volvemos locos por pillarle una sonrisa, una foto o un estrechamiento de manos. Eso tiene más que ver con el respeto reverencial que mostramos por las estrellas del rock o el Papa de Roma y que jamás nos sucedería con un presidente de la República que se sometiera a las urnas cada cuatro años. Al fin y al cabo sería un señor particular, uno más, mientras un royal es algo así como un dios bajado de los cielos, ni humano ni mortal. Tiene su miguita.

Pero no les quiero hablar de monarquías sino de profesiones al borde de la extinción. Como la mía, por no irme muy lejos, porque ¿a quién le preocupa la credibilidad y la profesionalidad en un mundo de fake news y propaganda? Los periodistas «literarios» quedaremos sepultados por opinadores y blogueros y los gráficos por cualquier aficionado armado de un móvil de tres pesetas. A no mucho tardar un periodista será como un triceratops, un bicho que daba miedo en su momento, pero ha quedado reducido a unos huesos y a historias pavorosas.

¿Quién me lo iba a decir a mí cuando subía lleno de orgullo las vetustas escaleras del diario Ya? donde me cruzaba de igual a igual (es un decir) con Josefina Carabias, o ascendía, de visita, en los ascensores sin puerta de Pueblo, por si acaso alguno de los monstruos periodísticos se dignaba mirarme o me tropezaba con Emilio Romero y me decía: «Hala, chaval, ¡vete de corresponsal a Nueva York!». No me imaginaba yo que fueran, como yo, bichos condenados al museo de ciencias naturales.

Pero no soy el único que va camino de la extinción o de la reconversión o que pereció por el progreso. Mira que era bonito el uniforme de los húsares, con su dolmen lleno de bordados, cordones, botoncitos y chismes varios o el del Séptimo de Caballería con el pañuelito amarillo y los caballeros medievales en su brillante armadura. Todos, todos, arrasados por los nuevos tiempos y las ametralladoras. Malamente (tra-trá).

O los taxistas queriendo el monopolio del transporte privado en las ciudades porque probablemente no se hayan querido enterar de que el mundo va por otros derroteros y que, si podemos elegir entre un vehículo inmaculado con un chófer con americana en vez de algunos horrores en los que me he subido, elegimos sin dudar. Pero es que la tecnología no para de retirar dinosaurios extintos; acabo de ver mi tarjeta de visita y aún tiene apuntado el número de fax: ¿alguien me ha mandado un fax en los últimos veinte años?, porque si es así no lo he recibido. ¿Y las cabinas de teléfono?, con el juego que daban para películas de espías o de secuestros. Ahora mismo secuestras a una rica heredera y ¿cómo llamas para pedir rescate? ¿Por teléfono? Te pillan seguro. Un poco de respeto, que los pobres secuestradores de herederas y los espías de gabardina también tienen derecho a vivir de su profesión ( Villarejo, no, menudo piernas).

Y no se crean que todas las extinciones profesionales están en las ciudades, en el medio rural desapareció por ejemplo el «matachín»: el verdugo que actuaba en las matanzas del cerdo y luego destazaba los cadáveres para gloria de jamones y chacinas. Le recuerdo en fría madrugada trasegando a morro una botella «Anís del Mono» para matar el gusanillo y afilando con la chaira sus cuchillos bien guardados en paño de cuero. ¿De qué va a vivir ahora ese hombre?

Seguro que si me pongo a pensar me salen mil y un oficios que tienen los días tan contados como el de Rey que, entre otras cosas, es, por su propia naturaleza, escaso y con abundantes requerimientos sanguíneos, que no intelectuales o de mérito. A los carpinteros se los cargó el bricolaje e Ikea, de forma tal que se te rompe el marco de una puerta y estás frito. ¿Y qué fue de aquellos señores que con cesta de mimbre subían hasta el cuarto piso sin ascensor de mi antigua casa a vender mantequillas, miel y chorizos al grito de «?de la Alcarria, mieellllll??». ¿Y el afilador o el lechero? ¿Y el paisano que vareaba colchones de lana? Este era curioso porque en plena ciudad, por lo menos en Madrid, la mía, montaba su chiringuito en cualquier plaza, desmontaba los mamotretos de colchones, daba de palos a los vellones de lana y cosía con una aguja larga las fundas habitualmente a rayas rojas y blancas (como la camiseta del Atleti, por eso son los «colchoneros»).

Pero de mi infancia lejana el oficio que recuerdo con más cariño era el de «la chica de los yogures» que nos los traía de la farmacia (entonces se vendían en farmacia). Mil años después recuerdo el clin clín de la bolsa de rejilla con los yogures en frasco de cristal de la chica subiendo las escaleras. Es el sonido de mi infancia y tan antiguo como la berrea del triceratops.

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