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Palabras huecas

Los políticos negocian cómo llamar a las cosas, no sobre cómo son y cómo cambiarlas

Nación, nación de naciones, nacionalidad, nacionalidad histórica, Estado supranacional, Estados plurinacional, Estado de las autonomías, Estado federal, Estado confederal, región, territorio, pueblo. Llámalo equis. Es una mera cuestión de palabras. Las negociaciones políticas de las últimas semanas dan la sensación de que lo que se discute no es una cuestión de fondo, sino de mera terminología. Si se encuentra el nombre adecuado, cuestión resuelta. No se persigue solucionar asuntos de fondo, sino acuerdos en que figuren palabras sonoras, eufemismos, términos comodín, que no ofendan a los seguidores de cada cual. Que dejen a todos contentos. Siguiendo la paradoja gatopardiana, hay que cambiar todos los nombres para que nada cambie. En una entrevista publicada estos días, Josep María Pou aseguraba que "la palabrería, la charlatanería, se ha impuesto a la palabra". Pou, que representa por los teatros de España la obra de Ernesto Caballero "Viejo amigo Cicerón", se refería a la verborrea de nuestra clase política. "Ojalá los líderes políticos leyeran a Cicerón", ansiaba el actor como solución a "ya no su escasa capacidad de elocuencia y de organizar un discurso, sino a la escasa calidad del lenguaje. Incluso de no encontrar las palabras justas." Tanto Confucio como Sócrates, da igual civilización occidental que oriental, coincidían en la necesidad de que las palabras debían responder lo más precisamente a las ideas: "para poder entender algo debes llamarlo por su nombre". Al no llamar a las cosas por su nombre, el debate político se enfanga y el diálogo resulta imposible. Así ocurre con muchos términos comodín, que, dependiendo donde se utilicen, tienen un significado u otro. Que a alguien le califiquen de nacionalista en Cataluña o el País Vasco es un orgullo. Que llamen nacionalista español a alguien en Madrid es un estigma. En la periferia, hay incluso partidos que llevan en sus siglas el término nacionalista. La palabra es la misma, pero no significa lo mismo según el contexto. ¿Alguien puede imaginarse un Partido Nacionalista Español? Por no hablar de las palabras huecas, de esas expresiones que, de tanto usarlas, acaban por no significar nada. Pau recordaba la reciente ocurrencia de llamar "felón", sin ton ni son, a todo el que pensara de forma diferente, sin tener la más mínima idea de lo que era una felonía. Y a la lista de palabras, y también expresiones, comodín se podrían añadir el poco piadoso "cordón sanitario" para los apestados, la imprescindible "sostenibilidad" para un roto o para un descosido, o esta "dinámica" nuestra que nos va a llevar a la ruina, Manuel Hidalgo, en una columna publicada la última semana en "El Mundo", daba con la perfecta analogía para definir lo superfluo de nuestro debate político. "La grasa -escribió- impregna por doquier el lenguaje de los líderes: esas ingeniosidades, esas demagogias, esas maledicencias, esos aforismos tuiteros (€). Todo eso es grasa, Nada de eso es músculo, ni carne magra, ni proteína." La cuestión no es nueva y ha sido hasta objeto de reflexión de la cultura popular. Hace 25 años, "Los Rodríguez" de Andrés Calamaro ya cantaban sobre el lenguaje vacío en su "Palabras más, palabras más, palabras menos: Palabras viejas,/ palabras sólo como pasatiempo,/ palabras que soplan en el viento,/ palabras fáciles de olvidar". Por no hablar del "Parole, parole." Esa verbigeración, ese hablar por hablar, ese hablar al sabor de la boca de nuestros políticos sería un mero divertimento para los cazadores de gazapos en las redes sociales, sino fuera por la gravedad que esconde, por lo que dice de nosotros mismos y de quienes nos representan. Cada vez respondemos más a la descripción platónica: "Los hombres sabios hablan porque tienen algo que decir; los tontos hablan porque tienen que decir algo". Ya lo decía mi madre: "Con lo guapo que estás callado".

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