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Postales del coronavirus

Ortiz y la caverna

«El impacto de un meteorito contra el planeta hubiera sido una causa más creíble, menos remota y con mayor número de probabilidades en cualquier cálculo científico». La frase es una copia más o menos textual de la reacción de un seguidor del Hércules nada más conocer que un decreto federativo suspenderá la competición evitando el casi seguro descenso en el año más nefasto de su centenaria historia como consecuencia de la pandemia desatada en China.

Tras una imparable caída en picado iniciada el pasado mes septiembre, la ya de por sí maltrecha entidad quedó a las puertas de la Tercera División, cuarta categoría del fútbol español, a solo diez jornadas de consumar lo que hubiera significado la mayor humillación sufrida por esa emblemática institución de Alicante que en breve cumplirá un siglo de existencia. ¿Qué número de probabilidades podían existir que apuntaran hace un mes a una pandemia como protagonista de evitar el descalabro deportivo? ¿Algo así como una posibilidad entre un trillón? Pues todo señala que se va a dar, así que probablemente el Hércules no descenderá, logrará la permanencia en Segunda B, un ridículo objetivo que no evita el sonrojo y que llega servido por una desgracia, por un shock de dimensión planetaria.

El vigésimo aniversario de la «era Ortiz» en el Hércules resultó un compendio de todas las carencias y defectos acumulados a lo largo de dos décadas, trufadas de decisiones equivocadas. El cénit del deshonor alcanzado esta temporada ha vuelto a dejar claro que todo lo que no sea profesionalizar la entidad solo sirve para mantener a oscuras esa peculiar caverna por la que deambulan las sombras figurantes de siempre avivando una hoguera cuyas llamas queman la más mínima esperanza de esplendor.

Este último año echó a andar de la mano de un secretario técnico inexperto, cargo al que accedió en calidad de yerno del propietario, que, solo al frente del reto, acumuló graves errores (cambió un delantero de referencia por un jubilado, un lateral derecho por un lisiado y un central lesionado por nadie).

Por esos agujeros fue entrando agua al aparente «Titanic de segundabé», un buque que costaba un riñón y que llegó a diciembre medio hundido, aunque con la posibilidad de reflotar a poco que se enderezara el timón, dado el pobre nivel del resto de la flota.

Para la renovada misión, el mando pasó del yerno al socio-accionista, un aficionado con ínfulas de Pancho Puskas, que aguardaba su momento de gloria confiado en ser capaz de convertir con unos cuantos retoques de bajo coste un equipo incompleto y depresivo en la selección magiar de los años 50. Tamaño despropósito eliminó los leves anclajes que sujetaban la quilla y aceleró el naufragio merced a un alto porcentaje de errores en la elección de los nuevos miembros de la tripulación, incapaces de remar con sentido.

Y así se cimentó el desastre, borrado del césped por un virus, pero vigente en la mente de miles de simpatizantes herculanos, hartos de descalabros e incendios dentro de la caverna.

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