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Vicente Magro Servet

Cuando la muerte no tocaba

Imagen del cementerio de Alicante durante la pasada celebración de Todos los Santos.

Imagen del cementerio de Alicante durante la pasada celebración de Todos los Santos.

Uno de los grandes males que nos está dejando el coronavirus es el relativo al adelantamiento de la muerte de muchos seres queridos que en muchas familias les han dejado y se han marchado de forma precipitada y anticipada a lo que su destino personal les hubiera deparado. Y todo ello, pese a que, a buen seguro, su hora no estaba todavía fijada en el personal calendario que todos tienen de abandonar la vida, y que si no hubiera sido por este mal lo hubieran hecho mucho más tarde.

Sin embargo, este maldito virus, que ha aparecido todavía no sabemos por qué razón, en qué circunstancias y cómo se ha podido gestar, está dejando unas graves secuelas en la población con la pérdida de vidas, sobre todo, al juntarse con pequeñas patologías previas que tienen algunas personas por la dureza de sumar a estas el virus y, por ello, las graves consecuencias que deja la elevada carga viral en algunas personas, que, ya de por si tenían algún problema, y que el virus lo ha agravado de forma exponencial. Pero, además, en otros casos, sin existir esa patología previa el virus ha actuado de forma tan letal que se los ha llevado sin ninguna previsión de que esa circunstancia mortal pudiera darse en las mismas por la dureza con que esa carga viral ha entrado en ellas. Y lo peor es que nos estamos acostumbrando a escuchar la impresionante escalada de cifras de personas que fallecen cada día, asumiéndolo sin darnos cuenta al drama que hay detrás de cada una de estas muertes con parejas que les pierden para siempre, hijos que ya no les verán nunca, ni volverán a pasar con ellos un fin de semana, unas Navidades o simplemente hablar con ellos de lo que les pasa en su día a día. Y que ya no podrán recibir los consejos que la vida les ha permitido experimentar y trasladar a los suyos.

En efecto, no hay cosa más cruel que la pérdida de la vida, que puede ser una expresión más suave que la palabra muerte que solo escucharla te produce escalofríos. Pero más aún en la forma y manera en que ésta se está produciendo, al llevarse a cabo en la más absoluta soledad, y sin la compañía de tus seres más queridos y cercanos, lo que agrave el hecho mismo de la muerte, ante la imposibilidad de que tus familiares se puedan despedir y de que quien fallece pueda estar rodeado de las personas que más quiso en vida.

Si lo pensamos bien, no hay cosa más cruel que la situación que han tenido que vivir muchas personas que, de esto de lo que ahora estamos escribiendo, han conocido muchas de ellas en persona y que difícilmente podrán olvidar. Porque no hay nada más doloroso que una muerte precipitada y anticipada que, por inesperada, no se podía prever, ni calcular, y que nadie puede esperar, por un lado, y soportar, por otro, la desaparición de un ser querido que todavía gozaba de salud, pese a su edad, y al que previsiblemente se le calculaban todavía más años de vida, pero que este coronavirus ha querido cortar cualquier esperanza de esa prolongación y se los ha llevado de la forma más cruel que la muerte puede actuar. En la soledad más despiadada.

Cuando esto acabe, que acabará, habrá que tomar buena nota de las enseñanzas acerca de cómo hay que rearmarse bien ante estas tragedias, aunque, por lo que ya se ha vivido después de miles de años, parece que la humanidad no acaba de aprender que lo más importante siempre es la salud, y que la sanidad es la primera línea que hay que fortalecer para que el resto de servicios públicos y privados puedan seguir interactuando con normalidad. Porque la muerte es despiadada y actúa sobre lo que detecta más débil y donde sabe que puede hacer más daño. No sabe ni conoce de esperanzas ni deja lugar a tomar precauciones. Cuando decide actuar es inflexible y no se corta ante el dolor que deja en todos. La inmisericordia es su mayor “virtud”. Por ello, el refuerzo a la investigación científica para proteger más y mejor a la salud y la potenciación de los medios materiales y humanos en la sanidad es la mejor palanca para que la humanidad se sienta protegida ante la eficacia y eficiencia de la muerte. Porque ésta se alimenta de las debilidades del sistema y sabe dónde están los flancos de los seres humanos para actuar ante ellos, sin importarle lo que deja detrás. “Vive” de eso y se refuerza con ello. Los que han vivido de cerca este drama saben del dolor que ha dejado y el drama de la muerte si llega cuando nadie le había invitado ni se le esperaba.

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