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Juan José Millas

También yo

Trabajadores de una funeraria en una imagen de archivo.

Trabajadores de una funeraria en una imagen de archivo.

Ayer despedimos a un amigo de la infancia cuyo último deseo fue que expusieran su cadáver con la cabeza completamente rapada. Tras afeitarle el cráneo, la familia descubrió con sorpresa que bajo su abundante mata de pelo, sobre el cuero cabelludo, tenía tatuada la siguiente frase: “Siempre fui un extraño”. Al principio los hijos intentaron hacerlo pasar por “una de esas bromas de papá”. Pero la viuda comprendió desde el primer momento el sentido terrible del mensaje.

-Papá, nunca fue uno de los nuestros -reveló a sus hijos, los tres casados ya.

Yo, que estuve presente en la rasuración del cráneo porque soy como de la familia, no sabía qué decir y no dije nada hasta que me sus miradas se volvieron a mí.

-Nunca se integró -respondí-. A mí me decía con frecuencia que no había logrado cogerle el punto a esto de la vida, pero que procuraba disimularlo para no amargar la de quienes le rodeaban.

- ¿Y por qué esa necesidad de confesarlo después de muerto, y de este modo tan siniestro? -insistieron.

-Eso no lo sé.

Nos hallábamos ante el cadáver la viuda, los tres hijos y el tanatopractor, todavía con la cuchilla de afeitar en la mano. En el suelo, se amontonaban los cabellos grises del difunto. Tras unos instantes de silencio, la mujer se preguntó cuándo se habría practicado aquel tatuaje, pues no recordaba que se hubiera cortado el pelo al cero nunca. Se especuló con la posibilidad de que se lo hubiera hecho de joven, antes de conocerla y que lo hubiera llevado grabado allí toda la vida, como una tara inconfesable, pero también con la idea de que hubiera aprovechado uno de sus largos viajes de trabajo para llevar a cabo la operación.

Enseguida, la discusión giró en torno a cómo mostrarlo frente al resto de los familiares y amigos. Decidieron ponerle una peluca y me solicitaron que les guardara el secreto, que he decidido romper por una cuestión de fidelidad quizá mal entendida. No dejo de pensar en ese cráneo, encerrado en un nicho, con esa brutal verdad bajo la cabellera falsa: “Siempre fui un extraño”. También yo, querido amigo, descansa en paz.

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