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Antonio Agredano

Antonio Agredano

Escritor

Empate

Cumpleaños

Cumpleaños

Las fiestas de cumpleaños son armisticios con la muerte. Para no llorar cortando cebollas hay que meterlas en el congelador un poco antes. Sirve para el corazón también, para cuando tengamos la intuición de que nos lo van a hacer añicos. El jueves cumplí 41 años. Hay bosques más jóvenes. Cuando soplé las velas tuve un deseo: que en el futuro, no me reconozca en el pasado. Nada me hace más ilusión que mirar atrás y decir «madre mía, madre mía» con la mano apoyada en la frente. Reivindico el error, el arrepentimiento y la catástrofe. No hay gloria sin desorden. No hay acierto sin escombrera frente al portal.

Quiero una hoguera de confrontación conmigo mismo. Que haya más imágenes para mí. Un cementerio de besos. Pizza fría. Domingos en el hall del infierno. Que la vida va en serio, empiezo a comprenderlo; pero tampoco nos pongamos estupendos. Nuestro mundo tiene más del circo de Teresa Rabal que del carnaval de Venecia. Hay más peluche polvoriento y descosido que encaje y pan de oro. Soy Remedios Cervantes poniendo cinco mil euros a la trampilla del azúcar. Soy la nube que descargó su lluvia sobre Letizia en el día de su boda. Soy Chenoa en chándal. Soy el Cristo de Borja. Soy Chabelita bailando canciones de Franz Ferdinand en la Fun Club. Soy Spasic rematando contra su propia portería. Soy un Spectrum. Soy Aznar con los pies sobre la mesa. Soy los ratones que pelean en el metro de Londres. Soy el cartel de Se Traspasa en tu bar favorito. Soy el politono de tu primer Nokia. Soy el sorbete de limón en el convite. Soy el perrito de Terelu que a veces pasea su madre. Soy los aseos del Automático. Soy el DS-1 de Boss. Soy la canción de echar a los borrachos. Nunca soy lo que está, siempre soy lo que falta.

Llevo una estampita de Fray Leopoldo en la cartera, me persigno antes de coger el coche, achino los ojos para ver mejor lo que está lejos, salgo a pasear algunos domingos por la mañana con un polar del Decathlon, cubro el teclado del cajero con la cartera cuando pulso mi clave, tengo una cubertería guardada que sólo uso en las grandes ocasiones, es decir: nunca. A los 41 me evito en los espejos, me busco las estrías, noto como se me engurruñe la piel en torno a la mirada. Colecciono cremas del Mercadona que siempre olvido untarme. Me tamborileo la barriga después de comer. Mi vida es un balón que sale lentamente por la banda, que el central deja correr, que el delantero persigue con poco entusiasmo. Un cuero que no besa la red, que ni siquiera palpa el terciopelo del travesaño. Que muere ahí, en un costado, en una zona tibia, con dejadez roma, con rabia diminuta.

¿A qué juegan los niños que juegan solos? ¿En qué batallas pierden sus tardes? ¿Qué queda del chaval que pintaba bigotes y dientes mellados a las modelos del catálogo Venca? ¿Pensáis alguna vez en lo antojadizo que el tiempo? ¿En su intachable miseria? ¿En cómo nos mengua, nos castiga y nos expulsa de esta tierra sin mirar lo que dejamos, ni lo que fuimos, ni empaqueta nuestras pasiones para que nos acompañen en el viaje? Que simplemente da una palmada y otra palmada y suma años y años para luego batir por última vez y decir: hasta aquí llegó el aplauso. Y luego el silencio en una butaca templada, tras el fin del espectáculo. Una ovación de tinieblas. Y nuevos actores sobre tablas viejas. Y el telón siempre recogido y la luz nadiral y los móviles vibrando en el bolsillo.

«Todas las habitaciones de mi vida me habrán estrangulado con sus muros», escribió Louis Aragon. «Cuarenta y uno… quien los pillara», me dijo mi abuela cuando me llamó para felicitarme. Y luego fui a casa y velando el juego de mis hijos pensé «quién fuera ellos». Pero todos ocupamos el espacio preciso. Los dientes de leche y la rotura de menisco. El amor, como la báscula de precisión de Rafael Amargo, da la medida exacta de las cosas. En él confío para hacer más transitable este camino lleno de ojos de búho y ramas que parecen garras. Los cumpleaños me recuerdan que los fuegos minúsculos se pueden apagar a soplidos, que todos los libros tienen contraportada, que el empate no es mal resultado si la vuelta se juega en casa. 

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