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Daniel Capó

Precios imposibles

Archivo - Imagen de archivo de una vivienda en alquiler. EUROPA PRESS - Archivo

Europa ha sufrido, de forma más o menos consecutiva, el impacto de tres shocks económicos, con una gran tendencia de fondo: la globalización unida al despliegue de las nuevas tecnologías de la información. La primera crisis, que tuvo lugar entre 2008 y 2011, respondió al mix de las subprime y de la deuda soberana. La segunda -en 2020- fue nítidamente pandémica, forzó el confinamiento de la población, el cierre de las empresas y disparó el endeudamiento público hasta niveles difíciles de imaginar hace unas décadas. La tercera es consecuencia de las dos anteriores y se traduce en el agresivo despertar de la inflación, que minará aún más la capacidad adquisitiva y los ahorros de los trabajadores. La primera ronda inflacionaria resulta ya perceptible en los precios disparados de la luz, los carburantes y el gas. No sólo se encarece la cesta de la compra, sino que empiezan a escasear determinados productos dependientes de las materias primas. Más grave aún –y nunca bien valorado– es el precio de la vivienda, seguramente la mayor inversión que realiza una persona a lo largo de su vida y la que abre de una forma más inmediata el acceso a las clases medias.

Dicho de otro modo, sin propiedad –o alquiler de calidad a precios asequibles– no existen las clases medias. Desde un punto de vista meramente financiero, en la España de hoy es preferible heredar una casa que disponer de un posgrado universitario. Con los salarios deprimidos desde hace décadas, ninguna subida por encima del IPC compensa el quebranto causado por la burbuja de la vivienda. Se dirá que es el resultado de años y años de mala asignación del capital público –¿por qué no se han construido más viviendas públicas de alquiler?–, de una legislación urbanística demasiado restrictiva –quizás haya que construir más en altura, especialmente en las ciudades–, de la concentración de las oportunidades laborales en muy pocas regiones llamadas de éxito y de unos tipos de interés negativos que alientan la especulación. Y de todo ello hay un poco, en efecto, aunque también confluyen más factores. A largo plazo, sin agresivas políticas públicas, sin un mejor marco urbanístico y sin fuertes mejoras salariales, no hay salida posible al cuello de botella de la vivienda.

Una segunda consecuencia de la inflación -ya en el 4% en España- sería la subida los tipos de interés en los bancos centrales, lo cual produciría efectos sísmicos en una sociedad hiperendeudada. Las autoridades monetarias intentarán evitar cualquier subida, a la espera de que la inflación se regule sola. Como siempre, el diablo se esconde en los detalles: lo que en dosis moderadas sería incluso bueno –ya que reduciría el peso de la deuda–, fuera de control puede alentar una nueva crisis económica. Ya se verá si llegamos o no a ese punto, pero mientras tanto la realidad pone en evidencia la erosión del poder adquisitivo de una población, que en su mayoría tiene difícil acceso al alquiler o a la propiedad inmobiliaria, cuenta con escasa capacidad de ahorro y se encuentra a menudo subempleada o pasa largas temporadas en el paro.

Al final, la sucesión de shocks económicos explica en gran medida el malestar creciente de la ciudadanía y el retorno de los populismos. Más pronto que tarde habrá que encarar estos problemas, porque el tiempo juega en nuestra contra. 

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