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Fernando Ull

El ojo crítico

Fernando Ull Barbat

El precio de la soberbia

Felipe VI, en su visita a Abu Dabi. EFE

Finalizado el reciente viaje a España del anterior jefe del Estado la primera conclusión que se puede obtener es el empeño que desde siempre han tenido los miembros de la familia real española por terminar lo más pronto posible con la monarquía en España. En la actualidad el principal problema que tiene Felipe VI es la capacidad innata de sus familiares en quedar como arrogantes, aprovechados e incultos. Desde los tiempos de Fernando VII, a principio del siglo XIX, un cobarde que cuando regresó de Francia después de haber entregado España a Napoleón se dedicó a encarcelar a los liberales que gracias a su lucha contra los franceses facilitaron su vuelta a España, se podría decir que ninguna de las personas que ha ostentado la jefatura del Estado siendo España una monarquía ha sido una persona normal. Tanto Isabel II como los Alfonsos y los Juanes fueron reyes que utilizaron su posición para hacerse millonarios, ayudar a la implantación de dictaduras militares y acostarse, gracias a su posición y su dinero, con todos los hombres y mujeres posibles a pesar de que fueron más feos que Picio.

La camarilla de aduladores que se ha organizado alrededor del Rey Juan Carlos le impide ver cuál es la realidad española. Que el Rey emérito se carcajease al ser preguntado si pensaba pedir disculpas a la ciudadanía española demuestra que se trata de una figura que no solo forma parte del pasado de España sino de su peor pasado, de la España que debe quedar atrás para conseguir entre todos un país más justo y solidario. Que el jefe del Estado entregase a su amante 65 millones de euros - que no se sabe de dónde salieron - en una época en la que en España se suicidaba todos los días alguna persona que iba a ser desahuciada por impago de la hipoteca de su vivienda, demuestra qué lejos de la realidad se encontraba este hombre y lo poco que le importaban las necesidades de los españoles.

Sorprende que los que deberían ser los principales interesados en que el Rey emérito diera explicaciones sobre el origen de su dinero en paraísos fiscales, es decir, los partidarios de la monarquía en España, sean al mismo tiempo los más críticos con aquellos que la exigen. La derecha mediática y española no ha dudado en atacar a los miembros del Gobierno que han hecho declaraciones sobre la necesidad de que Juan Carlos I aclarase, antes de regresar a España de manera más o menos definitiva, el origen del dinero que recibió de países árabes y dónde lo ha tenido guardado. Ya puestos podría contar porqué regaló los 65 famosos millones de euros a su ex pareja y de qué vive en la actualidad. Sin embargo, la derecha española se ha enrocado en el silencio y en el negacionismo a cualquier clase de explicación, culpando al Gobierno y al resto de los partidos políticos de crear una cortina de humo para no hablar de otros temas. Resulta evidente que los españoles tenemos otros asuntos por resolver mucho más importantes que las andanzas sentimentales y financieras de un exrey, pero la democracia y sus instituciones se basan en unos principios morales y éticos que nunca deben ser violentados por sus principales representantes por cuanto suponen el espejo en el que deben mirarse todos los ciudadanos.

La necesidad de que se aclaren todos los actos ilícitos cometidos por el Rey emérito no reside en una voluntad de terminar con la monarquía, como aduce la derecha más reaccionaria, sino por constituir uno de los ejes imprescindibles del sistema democrático actual. La inviolabilidad del Rey reconocida en la Constitución Española no se refiere al hecho de que la persona que en un momento dado ostente la Jefatura del Estado pueda hacer lo que le venga en gana, como, por ejemplo, amasar una fortuna a base de comisiones ilegales y esconderla en paraísos fiscales. Fue una manera de proteger a Juan Carlos I de posibles ataques judiciales del postfranquismo resentido por cuanto creyeron al entonces joven Rey que les aseguró que bajo su reinado iban a seguir vigentes los principios del Movimiento, ese atajo de normas absurdas, rancias y dictatoriales que el franquismo utilizó para crear un fantasma de Estado moderno que cubriese lo que en realidad fue: una dictadura militar que asesinó, torturó y encarceló todo lo que pudo con el apoyo de la jerarquía católica y la burguesía.

Felipe VI ha entendido que la España actual difiere mucho de la de su padre. Comportamientos que su padre llevó a cabo hoy en día provocarían el cambio de una monarquía parlamentaria a una República. Pero no porque los españoles estemos pensando continuamente en el advenimiento de la República, sino porque con todos los problemas en los que España está inmersa no estamos dispuestos a aguantar que una familia de personas sin oficio conocido se comporten como señoritos de cortijo que viven gracias al dinero que el abuelo consiguió burlando las leyes españolas. Así de simple.

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